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DE LA PAUSA A LA ACCIÓN, CON PAUSA

Por Mariela Sagel, 25 de mayo de 2020, El Siglo de Panamá

     Ya entraremos esta semana en la segunda fase de lo que se insiste llamar “la nueva normalidad”, que no es otra cosa que la realidad que de ahora en adelante nos regirá, con el reinicio de las labores de construcción de infraestructura pública, industrias, minería no metálica, parques, áreas deportivas, lugares de culto, áreas sociales de edificios (a solo un 25% de su capacidad), después de que hemos pasado dos semanas con la apertura de ventas en línea, servicios técnicos, clínicas privadas, pesca industrial y talleres de mecánica.  Y la salida a ejercitarse que tanto ha dado de que hablar.

     Lo más interesante que se puede y debe evaluar de este desconfinamiento, o desescalada, como le dicen los españoles, es que la ley seca, que llegó a su fin con algunas condiciones, no solamente fue innecesaria, sino que no se ha visto un incremento en casos de violencia (por el contrario, la abstinencia puede que la exacerbara) y se han calmado los ánimos de los que reclamaban ayudas gubernamentales.

     Nos ha tranquilizado que se puedan hacer las reparaciones que eran, algunas, impostergables en nuestras casas o vehículos de transporte, así como el poder comprar cosas necesarias, sin caer en el consumismo desmedido, que es algo endémico de la sociedad panameña. Con el tema de los lugares de culto hay una doble realidad: si bien es cierto que, para muchas personas, el acercarse a sus iglesias, capillas o centros es necesario, para una persona de fé no debería ser urgente ir a estos centros, porque uno puedo orar desde todos lados y hoy día existen tantas formas de participar en misas, pregones, rosarios, que no hace falta salir de casa para rezar.  Ojalá que se guarden las distancias debidas para que no haya un rebrote de los contagiados, como ha pasado en otros países en los que se han tenido que aplicar estrictas medidas después de haber sido éstas relajadas.

DEMOCRACIA EN CUARENTENA

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 24 de mayo de 2020

     Mi buen amigo Manolo Alcántara, catedrático en ciencias políticas de la Universidad de Salamanca y gran conocedor de Panamá y del resto de los países de América Latina, me mandó un artículo que publicó recientemente en Latinoamérica.21, portal electrónico que reúne a respetables analistas sobre el devenir de la región.  Su título era “De democracias fatigadas a democracias en cuarentena” y ponía como ejemplos a Guatemala, Honduras, Venezuela y Nicaragua, aunque estas dos últimas no sean precisamente ejemplo de democracias.  Argüía Alcántara que “La democracia fatigada se reflejaba en el malestar imperante en las sociedades y en la crisis de las instituciones representativas. El primero se expresaba en la presencia de movimientos de protesta en un clima de conflicto social con radicalización de narrativas, no necesariamente políticas, y de polarización. Su origen residía en el mantenimiento de patrones de desigualdad y de exclusión social, así como por la explícita corrupción”.

     El caso panameño, a mi entender, no es el de una democracia fatigada, aunque se siguen manteniendo patrones de desigualdad, exclusión y corrupción, porque estábamos subidos en una especie de ola de optimismo, toda vez que hacían casi 9 meses de que había cambiado el gobierno y se tenían muchas esperanzas en que, por fin, tras la década perdida que significaron los dos gobiernos anteriores, se harían las cosas bien.  La pandemia nos explotó en la cara a todos, gobierno y gobernados, y las acciones que se tomaron fueron rápidas, drásticas y en algunos casos traumáticas.

     A diario leo y escucho voces de agotamiento, desaliento y pesimismo sobre cómo será lo que insisten en llamar “nueva normalidad”, así como una exigencia a que se relajen las medidas que nos rigen hace más de 70 días.  Me pregunto cómo sería nuestra realidad si no se hubieran tomado esas medidas, tildadas por algunos de autoritarias.  Si bien ciertas acciones de altos funcionarios han empañado el buen manejo de la crisis por parte del ejecutivo, es mi percepción de que, aunque nos quejamos de todo, la situación se ha manejado de manera apropiada para que el COVID no nos haya afectado más de lo que pudo.

     En países donde los presidentes se han mofado del virus, menospreciando su peligrosidad, como son Estados Unidos, Brasil, México y en donde los gobernantes han actuado lentamente y sin seguir los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como han sido España, Italia, Inglaterra, vemos que la cifra de contagiados y muertos es alucinante.  Que el país está en una difícil por no decir peligrosa situación económica no hay que dudarlo ni un segundo.  Pero de que podremos salir de ésta, como siempre lo hemos hecho, tampoco tengo dudas.

     Primero se criticó el que a diario se llevaran a cabo conferencias de prensa para dar la información veraz y estadísticamente confiable sobre el progreso de la pandemia.  Muchos se quejaron del tono en que el viceministro de salud se dirigía al público, sintiendo como que regañaba en vez de informar.  No todos los funcionarios en altos cargos han tomado clases de hablar en público ni todos tienen la virtud de saber dirigirse a él.  Es cuestión de estilo.  Ahora que no hay conferencias diarias, entonces se alega de que el gobierno está escondiendo las cifras. 

     En Alemania, con una canciller (figura máxima del gobierno) tan fuerte y con tantos años en el poder, los ciudadanos de ese país sintieron, siendo tan alemanes, de que Angela Merkel tomaba las riendas del asunto casi como una mamá grande, y arropaba a todos con un abrazo para protegerlos del virus.

     Aquí lo que está en cuarentena es la forma de ejercer la gobernanza, que es el término que se usa desde la década de 1990 para designar la eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del Estado, que proporciona buena parte de su legitimidad en lo que a veces se define como una “nueva forma de gobernar” en la globalización del mundo posterior a la caída del muro de Berlín.  La división de los poderes, entre el ejecutivo, legislativo y judicial se ha mantenido intacta porque éstos dos últimos, tan desprestigiados e inoperantes en los últimos años, poco han incidido en que el ejecutivo pueda manejar con decisión la crisis.  Pero esto no es para siempre, por lo que urge adoptar políticas públicas acorde con la “nueva normalidad” pero que perduren, que no sean simplemente para paliar una crisis.  Nos enfrentamos a un escenario de abismal depresión económica, altísimo desempleo y un incremento de la precarización.  Según Alcántara, “el Covid-19 perjudica a las economías latinoamericanas bloqueando a sus poblaciones, dañando sus ingresos de exportación y disuadiendo al capital extranjero”. No podemos dejar que esto nos afecte más de lo debido, aprender que se le debe dar prioridad a la investigación y la ciencia, así como a la cultura (que nos ha salvado a muchos en este confinamiento) y mirar con objetividad lo hecho hasta ahora y cómo coadyuvar a levantarnos de este letargo impredecible.