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318 MILLONES DE RAZONES

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 30 de abril de 2017

     La Contraloría General por fin ha empezado a mirar para donde debe y encontró, ¡oh sorpresa! que en cinco de las mega obras de infraestructura que inició la gestión de Ricardo Martinelli junto con Juan Carlos Varela, entonces vicepresidente, hubo sobrecostos de 318 millones de dólares.  Y digo ¡oh sorpresa! porque la semana pasada que estuvo el periodista Jon Lee Anderson en Panamá, me comentó que mientras él visitó Panamá en el quinquenio pasado, estaba en boca de todo el mundo que el gobierno robaba a manos llenas y que las licitaciones por esas –y otras— obras de infraestructura que aún no ha auditado el Contralor (y que esperemos que lo haga pronto) estaban amañadas y adjudicadas a los coimeros y demás acólitos.  Y eso era lo que más le sorprendía, que todo el mundo sabía pero nadie hacía nada.

Sí hacíamos los que permanentemente denunciamos en esta tribuna (que más parece trinchera) que algo olía podrido en Dinamarca, recordando a Shakespeare en el aniversario 401 de su muerte y su obra Hamlet.  Los Minsa-Capsi que fueron construidos con tecnología de punta en lugares donde no había ni agua ni luz eléctrica, la cadena de frío que se congeló en su inauguración, la ciudad hospitalaria ubicada en un sitio inaccesible para la mayoría de la población necesitada de servicios de salud y un largo etcétera no dejan duda de que honraron el refrán con que llegaron al poder: entran limpios y salen millonarios.  Pero estos entraron ricos y salieron billonarios.  Si no, asomémonos nada más a las propiedades que le han cautelado en Madrid a uno de los hijitos del ex mandatario refugiado en Miami.

La semana pasada circularon los resultados mensuales de la encuesta de Dichter y Neira del mes de abril, y aunque esa firma perdiera mucha credibilidad por lo desacertado de sus predicciones en el torneo electoral, no deja de medir cómo va la aceptación del gobierno y de las políticas que implementa, mes a mes.  Recordemos que no podemos fiarnos de las encuestas, pues hay ganadores de ellas y perdedores de elecciones, pero en las mediciones de aceptación, todavía aciertan en algunos o en la mayoría de los casos.  Ya van varias entregas que la titulan “Una fiesta inolvidable y sin aparente fin” y muestra el desarrollo de la gestión presidencial, la del gobierno y de los ministros.  De igual forma, el índice de transparencia y el desmadre de la gestión de la asamblea y de la Corte Suprema.  Se muestra claramente que aunque el Presidente y el Ministro de Seguridad aseguren que es pura percepción, la sensación de inseguridad que tiene la mayoría del panameño –por lo menos el de la ciudad— es que empeorará o se mantendrá igual.

En cuanto al encarecimiento de los precios de los productos de la canasta básica y el costo de la vida, hay pocas esperanzas que la situación va a mejorar, por más que el presidente diga en sus intervenciones que plata hay.  El único que sale bien librado en esta encuesta es el Metro de Panamá, del que la mayoría de los encuestados manifiestan sentirse satisfechos.  Es abrumadora la condena contra del fallo de la Corte Suprema de Justicia en no admitir la investigación a los diputados por el llamado escándalo de las donaciones de los diputados.  Se ve a leguas que los panameños que fueron tomados en cuenta no están a favor de las uniones de dos personas del mismo sexo y tampoco se decantarían por un candidato independiente en las próximas elecciones.  A lo mejor por falta de divulgación o por estar distraídos en otras cosas, casi la mitad de los encuestados  muestra opiniones divididas (y hasta ambiguas) sobre las reformas electorales.

Y así nos vamos, como quien dice, a paso de tortuga, con subsidios, señuelos y tapa aquí para que se destape allá.  Una pomposa notificación en la Avenida Brickel debe estar recibiendo agua y sol y los que pidieron que los partiera un rayo si mentían, están a buen recaudo en su casa, con las instrucciones de que no digan la verdad en política bajo ninguna circunstancia.  Y con agradecimientos a la Virgen por si acaso.  Falta ver si hay más de 318 millones de dólares en sobre costos en las obras que le falta auditar al Contralor.

 

¿CUAL PUEBLO PRIMERO?

Por Mariela Sagel, El Siglo, 17 de abril de 2017

     El slogan de campaña del actual gobierno era “El pueblo primero”.  Hasta ahora, han estado primero sus intereses y preservar los entuertos que venían del gobierno anterior (del que formaron parte casi la mitad del mandato).  Seguramente todos recordarán el acto inusual del presidente Varela, el día de su toma de posesión, delante de la casa Wilcox, esa misma que hoy quieren tumbar sin asco, prometiendo mejores días para Colón, que aún ni se avizoran en el horizonte que llegarán.

El pueblo fue primero para respaldar supuestamente a los empleados de Félix B. Maduro, una tienda elite, y asegurarse que se pudieran hacer transacciones por medio de tarjetas de crédito.  ¿Cuánta gente de pueblo compra en esa tienda, y cuántos pueden hacerlo por tarjeta de crédito?  Les interesaba que ese establecimiento fuera comprado por una décima parte de lo que valía, seguramente por algún testaferro de su círculo cero.  Pero no les ha importado con los cientos de empleados que han perdido sus puestos en las otras empresas que la caprichosa lista Clinton ha condenado al cierre y mucho menos a los clientes de Balboa Bank que tienen sus ahorros allí metidos, sin esperanza de que se solucione la intervención de que han sido objeto.  Me contaba una fuente bien informada que durante diez meses esa oscura oficina del departamento del Tesoro no le ha dado una sola cita al bufete de abogados contratado para desvirtuar todo el ensañamiento que se ha vertido sobre las empresas del grupo Waked.

Como si fuera poco, en la Asamblea Nacional hay más de 17 mil contratos y no hay que ser un genio para darse cuenta que no caben esa cantidad de escritorios en el Palacio Justo Arosemena o en las oficinas provinciales de los diputados. A todas luces, esos “donativos” que recientemente se destaparon fueron utilizados para hacer campaña y comprar votos en la pasada elección de dirigencia del PRD.  Y los mayores orquestadores fueron los que gritaban, en el 2014, “el pueblo primero”.