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El Día de los Muertos

La muerte es lo único seguro que tenemos en la vida. Nos tiende a intimidar y nos angustia su realidad, especialmente cuando vemos partir a nuestros seres queridos. Pero el tema de la muerte no debe ser tratado como algo a lo que hay que temer, sino aprender de cómo culturas antiguas han recreado la muerte y, por medio de esa recreación, hacen ritos sobre ella y fortalecen su carácter, muchas veces en base al punto de vista religioso, otras desde el punto de vista filosófico.

Los mexicanos tienen una visión muy diferente a lo que nosotros pensamos sobre la muerte y celebran el 2 de noviembre, más que por el hecho de morir, por lo que sigue después de eso. Pues no se puede imaginar cómo es la vida después de la muerte, el inicio de ese camino lo representan por medio de símbolos. La fiesta de los muertos en México está muy relacionada con la cultura azteca, que se regía por el calendario agrícola prehispánico, que tradicionalmente coincidía con el inicio de la cosecha. Representaba el primer banquete después de la temporada de sequía o escasez, y se compartía hasta con los muertos. En la cultura Náhuatl se adopta la muerte como el destino de todos (y de hecho, así es). Los aztecas ofrecían sacrificios a los dioses y éstos en retribución, derramaban luz y lluvia para hacer crecer la vida.

En los altares que se dedican a los muertos se encienden velas de cera, se queman incienso en pebeteros de barro cocido, se colocan imágenes cristianas: un crucifijo y la Virgen de Guadalupe. Se colocan retratos de las personas fallecidas. En platos de barro se colocan los alimentos, los preferidos por los difuntos y platillos de la región. Bebidas alcohólicas (el irremplazable tequila) o vasos con agua, jugos de frutas, panes de muerto adornados con azúcar roja que simula la sangre. Galletas, frutas de horno y dulces hechos con calabaza. Por supuesto, las calaveras son simbólicas. Muchos escritores se han ocupado de estas tradiciones, como Octavio Paz y Carlos Fuentes; también artistas plásticos como José Guadalupe Posada, célebre por sus dibujos y grabados sobre la muerte. El artista era un apasionado del dibujo de caricatura política. Desarrolló nuevas técnicas de impresión a través de su arte, especialmente el grabado en madera (xilografía). Trabajó y fundó periódicos importantes. Consolidó la fiesta del día de los muertos por sus interpretaciones de la vida cotidiana y actitudes del mexicano por medio de calaveras actuando como gente común.

En el México contemporáneo hay un sentimiento especial ante el fenómeno natural que es la muerte y el dolor que produce. La muerte es como un espejo que refleja la forma en que se ha vivido. Cuando la muerte llega, se ilumina la vida. Si carece de sentido, tampoco lo tuvo la vida, “dime cómo mueres y te diré cómo eres”. A la muerte la tratan en forma jocosa e irónica, la llaman “calaca”, “huesuda”, “dentona”, la “flaca”, la “parca”. Al morir le dan definiciones como “petatearse”, “estirar la pata”, “pelarse” o “morirse”.

En ocasión del 2 de noviembre la embajadora de México, Yanerith Morgan, invitó a una exhibición del Día de los Muertos en el Museo del Canal, en honor a María Félix, “La Doña”, esa artista inolvidable que estuvo ligada a dos grandes de la música, Agustín Lara y Jorge Negrete y también al pintor Diego Rivera. En tan inusual aquelarre se dió una suscinta explicación sobre los altares de muertos, y no faltaron las calaveritas de azúcar o papel, esqueletos en forma de piñatas, títeres, caricaturas o historietas. El 2007 se habían dedicado esos altares a la pintora Frida Kahlo, durante el año conmemorativo de su centenario. Más aún, la embajadora nos sorprendió con las siguientes coplas, que enmarcaron la celebración:

Por andar de laboriosas la flaca se las llevó
Panameñas, mexicanas, todas sin dilación,
Anduvieron muy activas para poner el altar
Y la muerte llegaría en el Museo del Canal.

Ya cansadas y bailadas por la fiesta nacional,
La Cultural y las Damas al hoyo fueron a dar
Muy elegante y hermoso, así les quedó el altar
en honor de Maria Félix nuestra Diva sin igual.

Con las chicas del Museo Rodrigo* arribó tenaz
Con puntualidad llegaron, con la lluvia pertinaz
Pero el costo fue muy alto, la promoción cultural
tuvo serias consecuencias, se petatearon fugaz.

Angeles Ramos Baquero** en Cartagena quedó
solo dijo buena suerte la parca se las llevó
yo prefiero desde lejos observar la situación
no sea que por reflejo me lleven hacia el panteón.

Enhorabuena por los intercambios artísticos que nos hacen crecer y educarnos, y recordamos con cariño el paso de nuestros amigos por esta vida, como Ramón Oviero y Raúl Vásquez, recientemente fallecidos y por el recuerdo de los seres que queremos y quisimos, que están siempre presentes en nuestras oraciones y en nuestros pensamientos.

*Rodrigo Mendivil Ocampo, Agregado Cultural de la Embajada de México

**Ángeles Ramos Baquero, directora del Museo del Canal Interocéanico

Basura auditiva

Quiero culminar el ciclo de artículos sobre la basura señalando el deplorable ruido que nos afecta a todos a diario. La agresión que los cláxones de los autos, la música a todo volumen en los diablos rojos, la permanente televisión encendida, la radio, el celular, la estridencia, no nos dejan vivir en paz. Mucho ruido, tanto ruido, como dice Serrat, que enajena, que nos mantiene en otra constante
zozobra, la cual no necesitamos para mantener nuestra sanidad mental.

La buena música y la buena plática son esenciales para el crecimiento emocional. La estridencia, por el contrario, llega a afectarnos a tal punto que, además de perder audición (está comprobado que la receptividad de altos decibeles nos deja sordos) nos acostumbramos a estar siempre escuchando algo
y le damos sin misericordia al teléfono celular, con tal de escuchar a alguien o que alguien nos escuche. En el camino dejamos las ganas y los reales en esas llamadas. Al buscar ese refugio, hablamos (gritamos) a través del maldito teléfono, como si no supiéramos que las ondas telefónicas
magnifican nuestra voz. Y las cajas registradoras de las empresas proveedoras ven subir sus ganancias.

La mayoría de los panameños no sabemos enfrentarnos al silencio, que está asociado con la soledad, “esa amante inoportuna” como dice Joaquín Sabina. Sabina menciona que suele recostar su cabeza en el hombro de la luna para hablarle de la soledad. Pero es necesario hacerlo, escucharnos a nosotros
mismos. Nos dormimos con la televisión, estamos adictos a la cajita de los pendejos, escuchamos cualquier cosa con tal de no estar en silencio o rodeados de silencio. En fin, huimos de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos. ¡Qué difícil es poder sentarnos a leer un libro en completo
silencio! Eso parece reservado solo a los pseudo intelectuales, si hemos de buscar un nombre para los lectores, entre los que me cuento y a mucho orgullo. Entramos a un almacén y la música no nos deja hablar, entramos a un bar y no podemos hablar del ruido que producen las horrorosas canciones que
allí ponen. Incluso vamos a la iglesia, y en vez de recogernos en silencio, preferimos las celebraciones con música y pregones, que se nos convierten en mantras para que condicionen nuestras mentes. No encontramos paz en el silencio, y eso es muy negativo. Subimos el tono de voz sin darnos cuenta y
todo el mundo lo percibe como que estamos histéricos. O si damos una orden, levantamos la voz para imbuirnos de autoridad, sin saber que no es lo que gritemos, sino la actitud de mando la que debe imponer respeto.

Está comprobado que los altos decibeles producen contaminación y ésta a su vez afecta el entorno en todos los sentidos: los monumentos históricos no pueden estar expuestos a altos decibeles, porque se pueden resquebrajar. Los hospitales y centros de atención a enfermos no permiten sonidos que alteren
la salud de los pacientes que allí reposan. Las escuelas y universidades deberían llevar un control estricto del grado de ruido que se genera, puesto que mucho ruido afecta la concentración de los estudiantes. En la Ciudad del Saber, porque fue concebida como un faro del conocimiento, no se pueden instalar ni siquiera torres de enfriamiento que emitan ruido mayor de cierta cantidad de decibeles y eso aleja la instalación de industrias pesadas, para fortuna de los polos de sabiduría que allí se dan.

Lo más contaminante en la ciudad son las máquinas de los automóviles, escapes, carros de basura y todo lo que se genere en la calle: cláxones, pitos, gritos y a eso contribuye la mala educación, la falta de cortesía y el descontento que todo esto genera. Aunado a este ruido que entra y sale por todos lados, están los jingles o estribillos, que ya identifican a las diferentes campañas políticas prematuras, algunos mejores que los otros, pero que contribuyen a no dejarnos en paz ni siquiera en los momentos de solaz, cuando debemos quizás tomar la decisión de por quién votar.

Apostemos por una ciudad amigable, que no ahuyente a sus residentes con sus ruidos, sino que los atraiga con el sonido de los pericos al atardecer, el canto de los pájaros en las mañanas y el mecer de las ramas de los árboles que cubren las aceras y permiten que nuestro planeta no se siga calentando.