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LARGO PÉTALO DE MAR

Por Mariela Sagel, Vida y cultura, 2 de junio de 2019, La Estrella de Panamá

     La última novela de Isabel Allende, que salió a la venta a nivel mundial el pasado 21 de junio es sencillamente magistral.  La autora chilena, que es un fenómeno de ventas, y que tiene 76 años, nos sorprende con un relato que arranca en 1938 en plena Guerra Civil española y termina en el año 1994, en el Chile actual, post Pinochet, una historia de exilios, migraciones, segundas oportunidades y el proceso de envejecer.  De igual forma, cómo, “si uno vive suficiente, todos los círculos se cierran”.

     “Largo pétalo de mar” es su título y así fue como describió el poeta Pablo Neruda (agregándole “y nieve”) al país austral, tan angosto y largo como lejos de todo y de todos “aferrado a las montañas para no caerse al mar”.  Sus protagonistas llegan a enamorarnos, especialmente Roser Bruguera, la pianista, que con una voluntad inquebrantable pasa de ser cuidadora de cabras a concertista y Víctor Dalmau, leal, trabajador y estoico y que se convierte por puro tesón en médico, después de haber curado en los espantos de la guerra a muchos heridos, incluso a un soldadito al que le revivió su corazón y el chico después se pintó un tatuaje con el nombre de él.

     Son trece capítulos que nos llevan, como en una montaña rusa, por la narrativa pícara y recursiva de una autora que se ha ganado su fama con disciplina y maestría y es hoy día la escritora más leída en lengua española, con setenta y cuatro millones de ejemplares vendidos y varias de sus historias adaptadas al cine.  Algunas de ellas han sido estelarizadas por Antonio Banderas, del que confiesa le parece guapísimo y que acaba de ganar un premio en el festival de Cannes por la última película de Almodóvar, “Dolor y gloria” donde actúa junto a Penélope Cruz y con el que sueña recurrentemente, según dijo en la presentación del libro en Madrid.

EL WINNIPEG, LA NAVE DE LA ESPERANZA

     Lo valioso de esta novela es que las circunstancias existieron y hace cuarenta años Isabel Allende escuchó hablar de un barco que trajo refugiados españoles a Chile gracias a las gestiones del poeta Pablo Neruda, en ese entonces cónsul especial para la inmigración española en París, que destacó como el gestor del proyecto Winnipeg, la nave que llevó a cerca de 2000 inmigrantes españoles desde Francia a Chile (y pasaron por el Canal de Panamá, donde presenciaron medidas de protección extraordinarias contra sabotajes, redes de arrastre y buzos para recoger posibles bombas dejadas en las esclusas).  Es una historia poco conocida, pero ella tuvo el privilegio de escucharla de boca del protagonista en Venezuela, quien no alcanzó a leer su manuscrito porque murió a los 103 años una semana antes de que ella se lo enviara. En el inicio de cada capítulo de esta novela, Isabel Allende reproduce un poema de Neruda, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971, a quien el crítico literario Harold Bloom se refirió como a que «Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él».  Neruda murió 12 días después del golpe militar que derrocó a Salvador Allende en septiembre de 1973 y que permitió una larga dictadura donde aún hoy no se sabe cuántas personas fueron ejecutadas. El Winnipeg llegó a Chile el mismo día en que estalló la II Guerra Mundial, hace 80 años.

     Los Dalmau, que habían huido desde Barcelona a través de los Pirineos, fueron recibidos junto con el resto de sus compañeros con desagrado por los franceses, sometidos a infames condiciones. “Francia observaba con espanto cómo se iba juntando en la frontera una inmensa multitud abatida, que apenas lograba mantener a raya con militares armados y las temibles tropas coloniales del Senegal y Argelia, a caballo, con sus turbantes y sus fusiles y sus látigos”.  El país estaba desbordado por ese éxodo masivo de indeseables, como fueron calificados oficialmente. En el camino se había quedado la madre, que no quiso someterse a esos vejámenes, a la que encontraron años después en Andorra.  Gracias a la habilidad de Víctor Dalmau, Roser y él pudieron subirse al Winnipeg y llegar a Chile, donde iniciaron una nueva vida.

     Empieza entonces un relato fascinante, muy reflexivo de la sociedad chilena, especialmente de las familias ultraconservadoras, incultas y cerradas, que se casaban entre ellos, sin mezclarse con otra gente y sin interés por conocer las nuevas ideas del siglo y los nuevos ricos, que sospechosamente incursionaban en negocios no tradicionales.  Cómo se cruzan los Dalmau con la familia Del Solar y qué consecuencias derivan de ese encuentro es algo que desencadena la envolvedora trama de “Largo pétalo de mar”.

     Como todo en la vida, Neruda permitió que los Dalmau se embarcaran en ese barco de la esperanza y ellos, años después, lo tuvieron escondido en su casa, cuando lo perseguían por sus ideas políticas.  Allí cerraron su círculo.

EL EXILIO, LA MIGRACIÓN Y EL DESARRAIGO

     La familia Dalmau salió de España hacia Chile y, como consecuencia de la dictadura de Pinochet, se exilaron en Venezuela, después de que Víctor estuviera once meses en un campo de concentración.  Lo apresaron por la acusación de una vecina, que sabía que él y Salvador Allende eran amigos y se reunían para jugar ajedrez.  Roser, su mujer, se las ingenió para sacarlo gracias a la intervención del embajador de Venezuela, país al que ella iba con frecuencia por motivos culturales.

En Venezuela, donde vivieron once años, fueron ascendiendo en prestigio (Venezuela era en ese entonces un país privilegiado) -él como médico, ella como concertista- para decidir un día volver a España y darse cuenta de que nada los identificaba allí. Para la madre de Víctor, “patria es donde están nuestros muertos”, por lo que regresaron a Chile y decidieron retirarse a la campiña por lo complicado que se había vuelto el vivir en la ciudad capital.  Así como el hijo de los Dalmau encontró a su “àvia” (abuela en catalán) y ellos cerraron un círculo, Víctor también encontraría, de manera inesperada, cuando ya Roser había muerto, a una hija de la que no conocía su existencia ni mucho menos su concepción.  Y cerró así otro círculo.

ISABEL ALLENDE

     Me había acostumbrado a leer a la autora chilena que en sus agradecimientos siempre mencionaba a su madre, Panchita Llosa, su primera lectora. Sin embargo, en esta ocasión, fue su hermano Juan y su hijo, Nicolás, quienes se llevan el crédito.  Me puse a investigar y me enteré de que la madre de Isabel murió el año pasado, a los 98 años y su padrastro, a quien ella consideraba su verdadero padre, Ramón Huidobro, la sobrevivió apenas unos meses, falleciendo a los 102 años en enero de este año.  Su segundo marido, William Gordon, con quien estuvo casada 27 años también pasó a mejor vida en marzo.  Willie e Isabel se habían divorciado en el año 2016 y ella tiene un nuevo amor, un gringo de ascendencia polaca que se enamoró de ella escuchándola promocionar su libro anterior, “Más allá del invierno” y con quien se va a casar en julio.  Según dijo, su madre le aconsejó casarse porque los “amantes vienen y van” pero los maridos no.  Ella asegura que sus amores le duran 20 años, así que el nuevo cónyugue la pescará casi en la centuria.

     En esta novela, uno de los personajes más enigmáticos es Juana, el ama de llaves de los Del Solar, y según dijo Isabel Allende en la presentación de su libro en Madrid, está inspirado en la que cuidó a sus padres por cuarenta años.

     Con este relato, Isabel Allende vuelve a revolver tanto la memoria como las emociones, a la vez que hace justicia a la historia, de tres países, con sus falencias y bondades: España, Chile y Venezuela.  Un espléndido reestreno a su aguda e incisiva prosa, que a la vez que indaga, deleita, con vueltas inesperadas que nos hacen reír y también profundiza en los tiempos que recrea.  Un libro imperdible, memorable y necesario, tanto para cerrar círculos como para que no olvidemos los errores políticos que cometen los países.  

UNA REVELACIÓN CHECA

Por Mariela Sagel, Vida y cultura, 26 de mayo de 2019

     Mi primer contacto con una obra de Monika Zgustova fue a través de un libro que la escritora española Julia Navarro (autora de varias novelas memorables, la más reciente “Tú no matarás”) se empeñó en regalarme el año pasado en Madrid.  El libro se llama “Vestidas para un baile en la nieve” y narraba la historia de las mujeres rusas que sobrevivieron al “gulag” soviético, las que ella pudo encontrar y que todavía están vivas.  Su lectura me permitió conocer una voz vibrante, una narradora elegante y enérgica y después conseguí, aquí en Panamá, dos libros más de ella, “Las rosas de Stalin” y “La intrusa, retrato íntimo de Gala Dalí”, todos editados por Galaxia Gutenberg.

     Monika Zgustova nació en Praga, antes Checoslovaquia (hoy República Checa) hace 62 años y es considerada una de las especialistas en literatura e historia rusa más importantes de España, donde reside.  Además de novelista, es traductora del checo al español.  Generalmente sus libros profundizan en la vida de las personas que viven en el exilio y aquellas que han sido víctimas de totalitarismos.  “Las rosas de Stalin” es la vida desgarradora de la única hija mujer de Josep Stalin.  Vive en Sitges, una ciudad costera al sur de Barcelona, Cataluña.  Muy joven se fue a vivir a los Estados Unidos con su familia y allí estudió literatura comparada, en la Universidad de Illinois.  Chicago y Nueva York han sido ciudades donde ha recalado en ese país, y también en París, Francia.  Encontró su lugar en Barcelona, y gracias a su estancia en esa ciudad española aprendió español y se nacionalizó.

     “Vestidas para un baile en la nieve” no es una novela sino un libro de testimonios, publicado en 2017.  Le precedió “Las rosas de Stalin” el año anterior y más recientemente, “La intrusa”.  Por su novela “La noche de Valia” recibió en 2014 el premio Amat-Piniella como mejor novela del año y el premio Cálamo en 2018.  Además de novelas y libros de testimonios, ha publicado cuentos, obras de teatro y la biografía de Bohumil Hrabal, titulada “Los frutos amargos del jardín de las delicias” (2016).  Hrabal fue un destacado escritor checo que sufrió la censura del régimen comunista y fue apartado de la Asociación de Escritores Checos en los años setenta.  Después disfrutó de fama hasta su muerte, siendo su obra traducida a unas 27 lenguas.

     La obra de Zgustova ha sido a su vez traducida a una decena de idiomas, y es columnista de los diarios El País, La Vanguardia y otros.  Ha traducido más de cincuenta obras del checo y del ruso al español y al catalán, destacándose entre ellos las obras Hrabal, de Václav Havel, Milan Kundera, Fiódor Dostoyevski, entre los más conocidos.  Es la autora de la primera traducción directa del checo al español de “El buen soldado Švejk”, obra principal de Jaroslav Hašek en 2008, el escritor más destacado de su país de finales del siglo 19 e inicios del 20 y la temática es una sátira antimilitarista ambientada en la I Guerra Mundial. Esta obra está considerada la obra maestra de la narrativa en lengua checa.  Solamente se ha publicado una segunda traducción del checo de esta importante novela.

VESTIDAS PARA UN BAILE EN LA NIEVE

     Este libro testimonio recoge las impresiones de nueve mujeres que sobrevivieron al gulag ruso, el tiempo que allí pasaron y cómo enfrentaron la vida fuera de allí.  El nombre se refiere a que la policía secreta soviética se llevaba a sus víctimas en cualquier momento, incluso cuando estaban listas para salir a un baile.  Las recreaciones de sus moradas, de sus recuerdos, y, sobre todo, de las cosas que las ayudaron a sobrevivir, son muy elocuentes.  Estas mujeres viven en Moscú, Londres y París y contrario a lo que uno pudiera pensar de sus recuerdos, el relato es un canto a la vida, a la literatura, a la amistad.  Fueron varias las circunstancias que las ayudaron a sobrevivir, especialmente lo que escribían estando recluidas y lo que siguieron escribiendo después, las lecturas que intercambiaban, la importancia de la literatura y el apoyo entre ellas.  Son científicas, actrices, maestras, matemáticas, poetas, apenas un ejemplo contundente de superación y de profunda humanidad.

     Anna Caballé, en el suplemento cultural Babelia, de El País, dijo de ese libro “El mar de sufrimiento se convierte gracias a Monika Zgustova en un mar de memoria.  Solzhenitsyn se sentiría satisfecho”.

LAS ROSAS DE STALIN

     Svetlana Allilúyeva fue la única hija mujer del dictador soviético Josep Stalin.  Conmocionó al mundo cuando se asiló en los Estados Unidos, estando en la India, donde había ido a llevar las cenizas de su marido, un intelectual de ese país con quien se casó en Moscú.  Svetlana sufrió muchísimo, pues su madre se suicidó cuando apenas ella contaba con seis años, por culpa de la convivencia con su marido.  Antes del indio, se enamoró de un cineasta judío a quien su padre mandó a un gulag. También tuvo otros amores y dos hijos.  El indio residía en Moscú, era de izquierda y la entendía muchísimo, lo conoció en un hospital donde ambos se restablecían.  Aparentemente fueron los mejores años de ella, fue feliz, pero él murió prematuramente y dispuso llevar las cenizas a su país de origen.  Después de muchos trámites logró que en 1967 le dieran permiso para viajar y una vez allí siguió todos los rituales y se vistió con todos los vestidos que exige la religión hindú para tirar las cenizas en el río Ganges.  Cuando iba a regresar (siempre vigilada por la embajada rusa en Delhi) se asiló en la embajada de Estados Unidos y de allí protagonizó un espectacular viaje a Nueva York, en los momentos más álgidos de la guerra fría.  Por esta razón, se convirtió también en objetivo de los servicios secretos estadounidenses, pues debían dilucidar si era una espía bajo la apariencia de una mujer desquiciada.  La CIA quiso aprovechar sus testimonios para su conveniencia. En Estados Unidos Svetlana fue sometida a otro tipo de vigilancia, más sutil.

     Una vez allí, publicó su famoso libro “Veinte cartas a un amigo”, que le dio mucho dinero.  Se casó otra vez y tuvo una hija, Olga, pero no fue feliz, se divorció, tenía a sus otros hijos en la Unión Soviética y ellos no le brindaron gran comprensión a sus desajustes.  Volvió a su país en 1984, y le devolvieron su ciudadanía, para salir otra vez dos años después y establecerse de vuelta en Estados Unidos y residir un tiempo en Inglaterra.

     El relato de Monika Zgustova sobre la vida de Svetlana Allilúyeva es fascinante y enriquecedor, toca las fibras más sensibles de una mujer marcada por el peso del accionar de su padre.

LA INTRUSA

     Gala Dalí, originalmente Elena Dmítrievna Diákonova, nació en Kazán, Rusia, una ciudad junto al río Volga en 1894.  Era una mujer muy atractiva y, sobre todo, muy sensual.  Fue la musa de Paul Éluard, poeta francés de la corriente del surrealismo y el dadaísmo, Max Ernst, otro seguidor de esas corrientes, pero en pintura y Salvador Dalí, artista que cultivó muchos géneros y por quien Gala dejó a sus anteriores amantes.

     En este retrato biográfico de una mujer única, Gala es mostrada como la mujer decidida, valiente y apasionada, que supo perseguir con determinación sus anhelos y acompañar a los tres grandes artistas que, junto a ella, llegaron a ser importantes figuras de la poesía y el arte universales.

     La autora saca magistralmente a la luz aspectos hasta ahora poco conocidos sobre Gala, como su relación con su padre adoptivo y el resto de su familia, sus relaciones amistosas y cómo la marcaron la revolución bolchevique y los años previos a ella.  Gracias a Monika Zgustova conocemos una mujer más rica y apasionante, que rompió con los estereotipos de su época y que influyó de forma decisiva en el arte y la literatura del siglo XX.