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EL INSTITUTO NACIONAL Y EL 9 DE ENERO


Por Mariela Sagel, 13 de enero de 2019, La Estrella de Panamá

     El miércoles 9 de enero se realizó, como todos los años, un acto solemne en el aula máxima del Instituto Nacional de Panamá, en conmemoración de la gesta patriótica que aconteció hace 55 años y que marcó el despegue definitivo por la recuperación del Canal de Panamá que, desde su inauguración en 1914 había estado en manos estadounidenses.  Al entrar en ese recinto tuve un sentimiento de “déja vu” que no era otro que el de sentirme en uno parecido al del Palacio de Gobierno (desde donde funciona el Ministerio de Gobierno) que está adosado al Teatro Nacional, en el Casco Antiguo.

     Si bien este edificio fue diseñado un año después que el complejo de San Felipe fue el mismo arquitecto italiano el que lo concibió, Genaro Ruggieri.  Su estilo se ciñe a la arquitectura neoclásica que también ostentan sus parientes en el Casco Antiguo y que fue la tónica en los inicios de la república.  En el caso del “Nido de Águilas”, dos esfinges se erigen a cada lado de la entrada principal, que en la mitología simbolizan la sabiduría y la genialidad.  Es así como la cabeza de estas esfinges representa el razonamiento, el cuerpo la fuerza, y las alas la libertad.  Estas esculturas en bronce son obra del escultor italiano Gaetano Chiaremonte. En el vestíbulo está ubicada una placa de bronce grabada con la frase del poeta Ralph Waldo Emerson “sólo los que construyen sobre ideas, construyen para la eternidad”.  Cuna de líderes y patriotas, esta frase ha inspirado a varias generaciones de institutores en sus luchas.

     Fue grato volver a ver al fotógrafo Emilio Gastelú, peruano, reportero de un diario local que captó el momento en que los estudiantes trepaban la cerca que dividía la Zona del Canal de la ciudad.  Con 86 años a cuestas, se le entregó un reconocimiento, pero el que él está esperando, la nacionalidad panameña, aún no llega. También pude ver grupos de jóvenes estudiantes recitar y cantar, henchidos de amor patriótico, temas alusivos a la gesta nacionalista.

     El orador de fondo de tan emocionante acto fue el profesor Luis Navas, director del Instituto del Canal, quien con su verbo firme y sin estridencias enumeró el significado de la fecha y señaló, sin titubeos, el reto que se le presenta a Panamá apenas pase la Jornada Mundial de la Juventud: la escogencia del nuevo administrador de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP).

     Desde que asumimos el control de esa entidad, que ha sido la empresa más exitosa del país porque ha sabido gestionar nuestro más valioso recurso, la posición geográfica, hemos tenido tres administradores que han dado lustre a la gestión panameña: Gilberto Guardia, Alberto Alemán Zubieta y Jorge Luis Quijano.  Ahora, con una Junta Directiva seriamente cuestionada, mermada por uno de sus miembros que renunció para correr para la presidencia de la república, y dos (o tres) señalados de severos delitos de corrupción, –y el agravante de que hay dos a quienes se les vence su período en marzo–, la selección se hace mucho más delicada, especialmente si se hace en forma apresurada y sin visión.  Soy de la idea de que el nuevo (o la nueva) administrador/a debe salir de las filas de esa compleja entidad porque solamente quien la conoce por dentro la puede entender (hay toda una cultura intrínseca en la ACP) y debe mantener el balance como empresa gubernamental independiente.  Ya la ACP vivió días aciagos en que llegaba un ministro del Canal y algunos de sus secuaces a ver cómo podían hacer negocios con lo que allí estaba en juego (la época de Martinelli y sus amiguetes).  La mentalidad empresarial está bien para los responsables de desarrollar negocios, en el caso del/la administrador/a debe tener una perfecta mezcla entre lo técnico, el liderazgo personal y la figura emblemática.  Si nos ponemos a ver, el administrador es casi un embajador de Panamá ante el mundo marítimo y logístico y como tal debe comportarse.

     También es una magnífica oportunidad para incluir, en la Junta Directiva, tanto mujeres profesionales probas como estudiosos del tema canalero como el profesor Navas, por ejemplo. 

     Es una lástima que a pesar de los fondos que se han destinado al Nido de Águilas, el mismo siga estando marginado en su localización original, sin campus de juego para los estudiantes.  Si se hubieran adquirido, por parte del estado, los edificios a los alrededores se hubieran podido establecer tanto dormitorios como áreas para el desarrollo de tecnologías diversas.  El glorioso edificio de corte neoclásico está metido en un callejón sin salida que, ni las potentes alas de las esfinges lo pueden elevar para que siga iluminando las mentes de quienes por sus aulas han pasado.

LA MAESTRA DE TÍTERES


Por Mariela Sagel, 

Vida y cultura, La Estrella de Panamá, 6 de enero de 2019

     La escritora uruguayo-española Carmen Posadas, experta en encontrar esas “pequeñas historias” (petite histoires) que están en el inconsciente colectivo del ser humano, nos deslumbra con su nuevo libro “La maestra de títeres”, que presentó en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).  Tal como expuso en el acto, se le ocurrió esta intrincada historia releyendo en el verano –cuando tiene tiempo de leer libros clásicos y largos— “La Feria de las vanidades”, novela inglesa cuyo título original es “Vanity Fair: A novel without a hero”, escrita por William Makepease Thackeray, que se publicó en 1847 y en la que hace una crítica satírica a la sociedad inglesa de inicios del siglo 19.  Esa novela, que dio paso al título de la famosa revista estadounidense, es considerada un clásico y se le ha llamado, por la BBC de Londres, la “novela más querida” del Reino Unido.

     Ya en anteriores ocasiones Carmen Posadas –que además de haber ganado el Premio Planeta en 1998, es la Presidenta del Jurado de ese galardón, considerado el Premio Nóbel de las letras españolas— nos había sorprendido con libros que rescatan pequeñas historias de grandes protagonistas o escenarios, como lo son la XIII Duquesa de Alba (su libro anterior es “La hija de Cayetana”), la Revolución Rusa (“El testigo invisible”), la vida de Teresa Cabarrús, la dama española que, según cuentan, logró acabar con el terror en la Revolución Francesa (“La cinta roja”) o Carolina Otero (“La Bella Otero”), una de las figuras más destacadas de la “Belle Époque”.  En “La maestra de títeres” Posadas no solo rescata personajes de unos años sumamente convulsionados en España y los países que consideraban, los conquistadores, “las Indias” (las colonias americanas) sino formas de hablar, modismos y costumbres que nos subyugan por la fina y evanescente entelequia con que están adheridos a la historia de Beatriz Calanda, una dama que se casó cuatro veces y tuvo cuatro hijas.

La maestra de títeres

LA GRAN ORQUESTADORA

Se marcan tres épocas bien diferenciadas en la novela, los años 50, los 70 y la actual y se desgrana la vida y miserias de diferentes hombres y mujeres.  Beatriz es una mujer que podría llamársele en el argot de hoy “influencer” porque su vida gira en torno a lo que ella quiere proyectar, a cómo vive, su familia, hasta el tamaño de calzado que usa.  Es el retrato de una sociedad. Dentro de esa pantalla hay críticas a esa sociedad y a la transición española en su momento. 

     El ejercicio del autor de la “Feria de las Vanidades” de Thackeray fue tomar un personaje y de alguna manera introducirlo en la corte inglesa, de manera que la pudiera retratar.  A Carmen se le ocurrió hacer algo parecido con un personaje de nuestra época, que no ha hecho nada de mucho mérito pero que siempre está en las revistas del corazón.  Esa es Beatriz Calanda, y a partir de ella fueron surgiendo los personajes de su entorno familiar como Ina, su madre, que es todo lo contrario a ella, que es soñadora, que se enamora de los hombres (que para la autora es una calamidad, según dijo entre risas en la presentación).  Ina nace en Bolivia y es adoptada por unos “indianos”, españoles que hicieron fortuna en el llamado “nuevo mundo” y se mudan a España cuando la chica tiene 18 años.  Beatriz, por su lado, también tiene una historia detrás, nace en Inglaterra y se va a España, donde sus abuelos, a la misma edad que su madre, coincidiendo con los años 70, fin de la época franquista y marcada por la transición del país.

Todas las historias se van entrelazando y al final todas convergen.  Se nota una profunda documentación y así lo corroboró ella en la presentación. Dice Carmen que andaba con una libretita apuntando lo que pudieran decirle personas de esa época, cómo se vestían, qué comían y cómo se comportaban.  Lo que cambia es el decorado de cada época que ella recrea, pero en la vida de sus protagonistas se reivindica el dicho de que “siempre tropezamos con la misma piedra”.

A pesar de que todo estaba expuesto, porque Beatriz Calanda vivía de eso, de ventilar su vida, nada es lo que parece y el final es el más inesperado.  Vendía una vida perfecta que estaba muy lejos de ser tal.

La autora es una experta en mirar qué hay detrás de la máscara que todos llevamos.  Según aseveró, ahora nada se puede ocultar, estamos a un “click” de conocer las interioridades de todo el mundo.  Los mentirosos tienen ventajas ahora porque se fabrican y se venden como lo que no son.

En cuanto a la historia, Ina tiene un pretendiente guapísimo y otro que es un maqui* y al final se va con el último.  La escritora tenía que contar cómo era esa España que se recuperaba después de la guerra, con el gran peso que suponía el franquismo, donde la gente no quería saber ni opinar sobre Franco, pero había una gran oposición.

Carmen Posadas en la presentación de los ganadores del Premio Planeta

Los que no hemos estado sumergidos en esa época podemos entender perfectamente lo que vivían los protagonistas a través de sus descripciones.  En el caso de las novelas de Carmen Posadas, los hombres son personajes importantes.  Todos aportan, y en el caso de Beatriz, además de una hija, –cada una adopta una personalidad del padrastro que la cría— un estilo de vida diferente.  Según ella, “Las mujeres tenemos ventajas sobre los hombres, porque tenemos la óptica de ellos”.  Aquí los personajes masculinos no son dependientes de los personajes femeninos.

Es importante lo que se deduce, de que no hay familia que no guarde secretos.  A las hijas de Beatriz les toca descubrir los secretos de sus padres.  Carmen es fanática de las simetrías, todas tienen su protagonismo a la misma edad.

Los procesos históricos están bien representados en cada época en la que vivían.  En los años cincuenta había costumbres condicionadas por el peso de la religión.  Y los matrimonios eran concertados, no existía un gran amor y estaba aceptado que, al cabo de unos años, cada uno tenía sus amantes.  Carmen rescata costumbres o dichos como lo que se llamaba “la fila de los mancos”, en los cines, cuando se iba con chaperón.  Igual, las chicas que marcaban “penalties”, o sea las que quedaban embarazadas y después tenían “sietemesinos”.

Cuidadosa de sus fuentes e investigaciones, en esta novela encaja con hechos ocurridos, como que en los años 70 ETA hizo varios atentados y uno de sus personajes muere en un vuelo.  Otro de sus personajes, Estela o Lita, es clave para el desenlace y durante toda la historia va muy velado. 

Es una novela que, para escribirla, fue muy complicado, porque tenía muchas ventanas abiertas, al final, mientras la leía, le preguntaba cómo cerraría esa historia tan intrincada, y realmente el cierre es magistral, de lo más inesperado pero que deja todos asombrados y complacidos. Y mejor que sea así porque cuántas buenas historias se estropean por un final precipitado y que no deja a nadie satisfecho.

No es una historia lineal, pero todos los planos están perfectamente encajados en el cuerpo de la novela.  Carmen nunca sabe qué va a pasar (dice que es una escritora ciega), y a veces se le va tejiendo una red que va dándole pistas de por dónde seguir. No hay ningún personaje que no sea importante.

Las voces y los modismos tienen una razón, porque como ella mismo dijo, es “sudaka” y vive en España y se fija mucho en cómo hablan las personas.  Por eso los diálogos tienen sus variantes, dependiendo de dónde o en qué época están.  Para entender los modismos de la España de los años 50 le ayudó mucho la novela “La Colmena” de Camilo José Cela.

Carmen Posadas en la presentación de su libro

“La maestra de títeres” es una historia fluida, no puedes dejar de leerla y no te imaginas cómo va a terminar esa complicada trama, que es un deleite.  Beatriz Calanda quería que su vida fuera perfecta y estaba siempre como en una vitrina, nunca bajaba la guardia.  Fabrica la verdad. Carmen Posadas nos ha entregado una novela fuera de serie y la vendrá a presentar en Panamá en abril.

*Se les dice maquis a los guerrilleros antifranquistas que siguieron luchando después de que se terminó la Guerra Civil.