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Una novela policíaca en rosa

EL LADRÓN DE CÁLICES

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

20 de febrero de 2011

Para muchos de los lectores panameños – que cada vez son más -, el nombre de Laura Martínez Belli no suena mucho, aunque a veces me sorprendo cuando pienso haber descubierto a un autor y me escriben algunas personas que compraron su obra en uno de sus viajes, lo que me complace muchísimo. A Laura Martínez Belli no la descubrí yo sino mi hermana Rita, que en una visita que nos hizo el año pasado (ella vive en Indonesia) compró El Ladrón de Cálices en una librería local por lo atractivo del nombre, se lo leyó y luego me lo recomendó.


Pero resulta que la autora, de apenas 35 años, vivió su infancia en Panamá. Y ahora vive en México, donde ella misma dice que se siente como si estuviera en nuestra patria, la gran patria latinoamericana. Desde los 6 hasta los 14 años Laura Martínez asistió a un colegio privado de monjas y fue parte del ballet de Teresa Manns en la ciudad, residiendo en Altos del Golf, por motivos de trabajo de su padre. Dice que cuando regresó a Madrid (aunque es catalana) añoró cada día nuestro país y allá se le conocía como ‘la panameña’. Quería volver a este lado del Atlántico y así lo hizo cuando se le ofreció la oportunidad laboral de radicarse en México.

Laura estudió Historia del Arte y de protección al patrimonio cultural y ha trabajado en esos ámbitos. De allí que el tema de robo de obras de arte sacro no le sea ajeno. Esta novela, que batió records de venta cuando fue publicada, en 2010, es una mezcla perfecta de referencias históricas, artísticas, sensualidad y al reflejo de la más cruda necesidad de todo ser humano: el amor y la compañía, o dicho en otra forma, vivir una experiencia amorosa a plenitud y el miedo a la soledad.

EL ARGUMENTO

Una de las razones que me llevó a interesarme en el libro fue que tratara el tema del robo de obras de arte, toda vez que en un artículo anterior me imbuí en los leitmotiv que tienen los ladrones de arte para cometer sus fechorías, que no necesariamente son económicos, sino la necesidad o el placer de poseer algo cuyo valor es inconmensurable, y que muchas veces lo tienen bajo siete candados o detrás de complicadas claves de seguridad en una bóveda, sin poder exhibirlo, pero que les da el placer de recrearse ante ellos, a veces en total soledad (ver artículo ‘El robo del siglo’, publicado en este suplemento el 15 de Agosto de 2010). Pero me sorprendió mucho no solo la forma como trató el tema de los expolios (motivo iconográfico cristiano que representa a Jesús) sino también cómo la autora logra ensartarse en los acontecimientos que marcaron a la juventud de 1968 con la brutal represión que se dio en la Plaza de Tlatelolco, y de la cual las descripciones son abrumadoramente acertadas.

Contrario a lo que alega el título, el ladrón de cálices creado por Laura Martínez como un hombre exquisito, guapo, de modales cuidados, apetecible para cualquier mujer, no es el personaje principal sino su eventual esposa, Olga, cuya vida la lleva desde España, hasta el México de fines del año 68, donde se deleita en aprender los secretos de la comida mexicana y donde se enmancuerna con el lacónico mayordomo de su marido, un indio llamado Matagá que tiene los ojos azules. A pesar que su matrimonio fue por conveniencia –y, por qué no decirlo, por correspondencia – la protagonista se enamora poco a poco de su esposo y él a su vez de ella, aunque en su lista de valores no está el del amor. No falta tampoco el tangencial personaje que igualmente queda prendado de la sensual española –el detective Lombardo -, al punto de deshacer la unión de conveniencia que tenía hasta ahora (también sin que mediara compromiso, pero por miedo a la soledad). Habiendo finalmente intimado los esposos se sumergen en una pasión desenfrenada que los lleva a las más altas cúspides y la autora describe estos encuentros con gran destreza y sutileza, sin caer en puritanismos hipócritas.

Los antecedentes históricos son muy importantes en esta novela. Olga es producto de una etapa crucial en España, cuando acontecía la Guerra Civil y la dictadura de Francisco Franco, y llega a México para el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, bajo cuyo mandato ocurre la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Su padre, al principio idealista y apasionado de las ideas de Marx y Engels, quiso emigrar a Rusia en los años ’30 pero su madre se lo impidió y como la quería tanto, nunca se fueron. Posteriormente su escenario familiar cambiaría a tal punto de empujarla a casarse por conveniencia, sin tomar en cuenta el amor.

FANTASÍA Y REALIDAD

Sebastián, el ladrón de cálices, existe en la vida real y es conocido como Erick el Belga, que se dedicó a este tipo de robos, fue capturado, juzgado y jamás condenado. Tal parece que cuando la autora conoce la historia de este singular ladrón, encuentra la base de su propio relato.

No deja de maravillarme la cantidad de acontecimientos que suceden durante esta novela, y lo bien ensartados que los tiene la autora catalana residente en México, ‘la panameña’ como la llamaban sus compañeros al volver a España. En un intercambio que tuve con ella por correo electrónico me reiteró que nada le complacería más que volver a Panamá y presentar su libro. Estoy segura que tanto la editorial como sus ex compañeras del Colegio María Inmaculada podrían hacer un esfuerzo para que la autora de El Ladrón de Cálices’ pudiera echar el cuento en ésta, ya no su segunda pero sí tercera patria. Su primera novela, Por si no te vuelvo a ver fue publicada en 2007, también por Planeta. Como dice una de las reseñas críticas que la autora me mandó, ‘Laura Martínez Belli, hace verosímil lo increíble’.

Entre terror y hermosura

OTTO DIX


MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

En el Museo de Bellas Artes de Montreal se presentó, desde el 24 de Septiembre hasta el 2 de enero pasado, una fabulosa exposición del artista plástico alemán, Otto Dix, titulada Rouge Cabaret: The terrifying and beautiful world of Otto Dix (El terrorífico y hermoso mundo de Otto Dix), donde se mostraron 220 obras suyas bajo la perspectiva desgarradora y mirada perspicaz del renombrado pintor.
Sus representaciones de campos de batalla devastados, mostrando los horrores de la guerra, los combatientes física y moralmente reducidos a mendigos, y la miseria moral que ostentaban las prostitutas, aunado a un ambiente decadente y feo son reflejados en esta muestra, que tuvo una asistencia record en el museo que queda sobre una de las arterias más importantes de la ciudad de Montreal, la Rue Sherbrooke. Así como inquietantes, son fascinantes sus retratos de brutal realismo de tanto gente bohemia como intelectual, y el montaje estuvo ambientado por elementos que lo hacían aún más íntimo y envolvente.

ORÍGENES DEL PINTOR

Otto Dix nació en 1891 en Untermhaus, Alemania, de una familia de bajos recursos, y se educó en la Real Academia de las Artes de Dresden. Ingresó al ejército como voluntario y la Primera Guerra Mundial le afectó profundamente, al punto que fue adquiriendo una reputación escandalosa y se fue apartando del movimiento plástico que hasta entonces había abrazado, el expresionismo, y se acercó peligrosamente al nihilismo dadaísta. Dix fue una consecuencia de los tiempos turbulentos y nada saludables que se vivieron entre la primera y la segunda Guerras Mundiales. En Alemania se formó un movimiento plástico que se llamó Neue Sachlichkeit (Nuevo Objetivismo), que era crudo, cáustico, desdeñoso. Tanto su técnica como su estilo eran muy al estilo del Renacimiento Alemán y, teniéndolos como instrumento, pintaba las escenas más mundanas y los aspectos más crudos de la vida urbana, con extremado detalle. En ese período, entre guerras, Dix fue requerido con frecuencia como retratista, por parte de figuras icónicas de la intelectualidad y la bohemia.

Con la subida al poder del Führer, su arte fue catalogado como degenerado y su obra ridiculizada. A tal punto llegó la tirria de los Nazis que sus cuadros fueron removidos de museos, otros fueron confiscados de colecciones privadas y hasta destruidos, lo que explica por qué son tan raros en todo el mundo. Por su posición política fue obligado a renunciar de su puesto de profesor en la Academia de Bellas Artes de Dresden y aprovechó para iniciar un auto exilio hacia el interior de su país y se asentó con su familia cerca del Lago Constance, muy cerca de la frontera con Suiza. En esa llamada por él ‘migración interna’ se dedicó a pintar paisajes. En 1944 fue capturado y encarcelado en Francia y al finalizar la guerra, reivindicado como uno de los pintores alemanes más representativos del siglo XX. Murió en 1969.

LA ÉPOCA

Una vez terminó la primera guerra mundial, Alemania fue protagonista de un florecimiento en sus artes sin precedentes en el resto de Europa. Los escandalosos años veinte estuvieron aderezados del desenfreno festivo, así como de violencia, decadencia y pobreza, producto de una situación política y económica desastrosa. El ojo aguzado de Otto Dix no dejó escenario que analizar mediante su privilegiado dominio del dibujo y su acertada paleta.

Otto Dix escribió que él había estudiado de cerca la guerra, y que ésta debía representarse en forma realista para que el resto de las personas pudiera ver, a través de sus obras, lo que realmente pasó y los escenarios que acontecieron.

Su obra, además de devastadora y precisa, tiene un alto contenido filosófico, toda vez que Dix, junto a otros artistas de la época, era un ilustrado seguidor de Frederick Nietzsche. Su participación en la primera guerra, al principio entusiasta, lo desencantó al darse cuenta que una cosa eran las teorías y otra la crudeza de las batallas, lo que lo llevó a convertirse en un furibundo artista antibélico.

La supuesta supremacía de la República de Weimar y la época que se vivió durante la vigencia de la misma, llena de sobresaltos, se caracterizó por la omnipresencia de prostitutas en las principales ciudades alemanas. En sus obras, Otto Dix las recrea con gran fineza y atinados ángulos. También rescata las imágenes de aquellas mujeres que ya no tienen los senos turgentes, en contradicción con la obsesión que han tenido los alemanes por el cuerpo perfecto. Además de las que ejercen la profesión más antigua del mundo, en la muestra se destacan sus escenas de marineros, los paisajes que pintó cuando vivía cerca al Lago Constance, escenas con un alto contenido de erotismo y hasta crímenes pasionales y, finalmente, los retratos.

Después del fin de la primera guerra, y antes de la caída del mercado en 1929, las artes gozaron de una bonanza, conocida como la era dorada y de allí que Dix fuera requerido por los más importantes magnates para que les hiciera un retrato.

El retrato de Hugo Simmons, abogado judío, es una de las obras más valiosas del Museo de Bellas Artes de Montreal.

Uno de los cuadros que estuvieron exhibidos en esta muestra fue el retrato del doctor Henrick Stadelman, pintado en 1920 y que pertenece a la colección del Museo de Ontario, Canadá, y el de Hugo Simmons, abogado judío, considerado por los críticos uno de los cuadros más valiosos con que cuenta el Museo de Bellas Artes de Montreal. Hugo Simmons era amigo de Otto Dix en Alemania y lo asistió en algunos aprietos. Posteriormente Simmons emigró a Canadá (a Montreal) pero siempre mantuvo contacto con Dix. Dix pintó ese cuadro y lo tenía en su cuarto hasta su muerte. El abogado Simmons no pudo ejercer su profesión en Canadá pero al menos pudo vivir tranquilo y sus hijos prosperaron. Dix opinaba que esa situación era un desperdicio para alguien tan brillante como Simmons. A la muerte de Dix, los hijos heredaron el cuadro y en vez de venderlo al mejor postor, se lo vendieron al Musee de Beaux Arts de Montreal a mitad de precio en honor al padre.