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EL CENTENARIO DE GALDÓS

Por Mariela Sagel, Vida y cultura, 1 de marzo de 2020, La Estrella de Panamá

     El pasado 4 de enero se cumplió el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, escritor de origen canario, que ha sido considerado, por algunos especialistas, como el más grande novelista después de Miguel de Cervantes Saavedra.  Dejó una vastísima producción, que incluye más de cien novelas, unas veinte obras de teatro, una cantidad similar de cuentos, memorias, ensayos, diarios de viajes y otras publicaciones, además de que fue un prolífico periodista, desde sus años en el archipiélago de las Islas Canarias, donde fundó, en 1862 el periódico La Antorcha.  Fue colaborador de otras publicaciones tanto en España como en otros países.  Pero veamos los mejores aspectos de su vida.

     Murió de 77 años, casi ciego así que dictaba al final de sus días porque no podía escribir.  Hizo su escuela primaria y secundaria en Las Palmas y viajó a los 19 años a Madrid para estudiar Derecho, carrera que no terminó.  Desde pequeño su padre le aficionó a los relatos históricos y anécdotas sobre la guerra de la independencia, en la que su progenitor había participado.  Tenía una gran destreza en el dibujo, así como una memoria privilegiada.  Colaboró con crónicas satíricas, poesías y cuentos en su tierra natal insular.  En Madrid era asiduo a las tertulias, se codeó con algunos escritores de fama y llegó a cultivar la amistad, ya entrado en años, de León Tolstoi.

Retrato de Benito Pérez Galdós pintado por el artista valenciano Joaquín Sorolla

     En 1867 viajó a París como corresponsal para cubrir la Exposición Universal y entró en contacto con las obras de Charles Dickens y Honoré de Balzac, traduciendo del primero, desde el francés, lo que considera su obra más cervantina, Los papeles póstumos del Club Pickwick, que se publicó por entregas.  Su ausencia a clases obligó a la universidad a eliminarlo de los cursos de Derecho.  Su segundo viaje a Francia coincidió con lo que se conoce como la revolución de 1868, que destronó a la reina Isabel II y que se caracterizó por la consigna de “Abajo los Borbones”, que fue pobremente organizada y no duró mucho.  Don Benito estaba volviendo de Francia a Canarias, pero se bajó del barco en que viajaba en Alicante y pudo presenciar la entrada en Madrid de los generales Francisco Serrano y Juan Prim, principales cabezas de la sublevación.

LA OBRA DE GALDÓS

     Con una vida intensa, de viajes, reuniones en cafés, tertulias, Benito Pérez Galdós fue un hombre que fumaba mucho pero no bebía.  Dejó una obra inmensa, que inició con “La Fontana”, publicada en 1870.  De las novelas más conocidas están “Fortunata y Jacinta”, donde maneja con realismo una trama complicada de un triángulo amoroso de dos mujeres de diferentes clases sociales con un mismo hombre.  Se le considera un texto que refleja el mejor concepto del Madrid galdosiano.  También resaltan “Doña Perfecta” y “Misericordia”, esta última que, según los entendidos, está hecha de ironía, optimismo y bondad al soñar un futuro mejor para la sociedad española.

     La serie “Episodios Nacionales”, que consiste en cinco entregas, es una de las más conocidas de Benito Pérez Galdós, que inicia en 1873 con “Trafalgar”.  Las series se consideran una crónica monumental del siglo XIX a fin de recoger la memoria histórica de los españoles a través de su vida cotidiana y la forma en que se relacionaban con los hechos históricos que marcaron ese país.  Recogen 46 episodios, 10 en cada una menos la última, que quedó inconclusa.  El inicio de estas series recoge las incidencias de la batalla de Trafalgar, una de las más importantes libradas por la coalición formada por el Reino Unido, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia con el fin de derrocar a Napoleón Bonaparte y ahuyentar la influencia francesa que persistía en Europa.  Tuvo como escenario las costas de Cabo Trafalgar, frente al municipio gaditano de Barbate.  Es una de las batallas más importantes del siglo XIX y se verificó en 1805.  La plaza londinense que lleva su nombre fue erigida en su honor.

     Benito Pérez Galdós es considerado un maestro del realismo y el naturalismo, reconocido por diferentes creadores, como el español Luis Buñuel, los mexicanos Carlos Fuentes y Sergio Pitol y el venezolano Rómulo Gallegos, autor de Doña Bárbara.  Hispanistas de renombre lo han reconocido como un gran escritor, entre ellos el estadounidense Hayward Keniston, que lo llamó un “intérprete de la vida”.

     En una España sumamente católica, el anticlericalismo y posturas liberales de Galdós le sabotearon tanto su obra como su fama, al punto de que, a pesar de ser propuesto para el Premio Nobel de Literatura en 1912, elementos oficiales y reaccionarios, incluyendo la Real Academia Española (RAE), –a la que pertenecía desde 1897 — hicieron una gran campaña para impedir que lo recibiera, lo que ocurrió también en 1913 y 1915.  No es la primera o la única vez que el sesgo conservador de la Academia Sueca se impone, le ocurrió al noruego Henrik Ibsen, el ruso León Tolstoi, el francés Emile Zola y a Johan August Strindberg, escritor y dramaturgo sueco.  Aun así, Benito Pérez Galdós se erigió en una de las tres o cuatro figuras máximas de la literatura española, hasta el día de hoy.

EL AÑO GALDÓS

     El pasado mes de febrero la comunidad de Madrid dio a conocer el calendario que llevará a cabo para conmemorar el centenario de este valioso y prolífico escritor.  Las actividades son amplísimas e incluyen espectáculos teatrales, exposiciones, conferencias y visitas guiadas por el Madrid galdosiano bajo el lema “Galdós vive, vive Galdós”. 

     Parte del planteamiento que ha esgrimido la consejera de cultura de la comunidad madrileña para realizar todos los actos programados mensualmente para celebrar a don Benito es por el “gran conocimiento que el autor tenía de los diferentes ambientes de Madrid: del Madrid más popular al más intelectual, de los cafés más elegantes a las tabernas más populares. Por ello, desde la Comunidad de Madrid queremos hacerle un homenaje transversal, tenerlo presente en todos nuestros festivales y actuaciones. Y es que la obra de Galdós es tan rica que encuentra encaje en todas las artes”.

     Así mismo, en su tierra natal existe la Cátedra Pérez Galdós, dentro de la Universidad de La Palma de Gran Canaria que desde el año 2005 ha publicado sus obras completas en varias ediciones.

Escultura en honor de Benito Pérez Galdós en el parque El Retiro de Madrid

     Galdós tenía una curiosidad incansable, además de que era un lector voraz.  De allí que desarrolló un estilo que se aleja del academicismo en narraciones, se le lee en forma natural y sigue el modelo cervantino, tanto culto como callejero.  Reboza humor e ironía y su forma coloquial de abordar los escenarios si bien le granjeó muchos lectores, los críticos puristas lo tildaron como populachero. Pio Baroja, sin embargo, llegó a decir que Galdós “sabía hablar al pueblo como nadie”.

     Tenía gran habilidad en la construcción de personajes femeninos.  Nunca se casó, aunque tuvo una hija y varios idilios conocidos con distinguidas damas.

     Al final de sus días, ya casi ciego, lo llevaron ante una escultura que se exhibe en el parque madrileño El Retiro y se emocionó hasta las lágrimas al palpar el mármol y darse cuenta de su apego a la realidad de su fisonomía.  A pesar de que a su sepelio asistieron 30 mil personas, no se reflejó en la prensa el obituario y homenaje que merecía, al punto de que el filósofo José Ortega y Gasset denunció el olvido oficial, institucional y político ante su muerte en una encendida nota que publicó, e igual hizo Miguel de Unamuno quien dictaminó que, habiendo leído su obra, «nos daremos cuenta del bochorno que pesa sobre la España en que él ha muerto».

     Así como muchos escritores de renombre, como Almudena Grandes, han reclamado la influencia que tiene Galdós en sus obras, valdría la pena hacer una jornada o al menos una conferencia, durante este año, por parte de la Embajada de España, para resaltar este importante centenario.

UN JUSTO RECONOCIMIENTO

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 16 de febrero de 2020

     Hace unos días se dio a conocer que la revista de prestigio internacional National Geographic, fundada en 1888, había elegido, en su edición del próximo mes, a Reina Torres de Araúz, como una de las 20 mujeres que, a nivel mundial, abrieron el camino de la exploración en sus respectivos campos.  Esta noticia cobra relevancia en estos momentos, en que un patronato privado está gestionando la reapertura del Museo Antropológico que lleva su nombre, y que tiene años de estar cerrado.

     Reina Torres de Araúz fue una pionera en el campo de la antropología y etnografía, y una dama que en la década de los 70 e inicios de los 80 sentó precedentes en la investigación patrimonial de nuestro país.  Era una humanista a carta cabal y, junto a su esposo y científicos de National Geographic formó parte de una expedición que se internó en lo más profundo de la provincia de Darién.  En ese entonces, la espesura de la selva limitaba con el pueblo de Chepo.

Reina Torres de Arauz

     La antropóloga, que tuvo una vida corta pero muy fructífera (apenas vivió 49 años) fue la primera en dirigir la Dirección de Patrimonio Histórico una vez fue creado el Instituto Nacional de Cultura (INAC).  También ejerció como profesora de antropología en el Instituto Nacional (su alma mater) y en la Universidad de Panamá.  Había estudiado filosofía y letras con especialización en antropología en la Universidad de Buenos Aires, donde se doctoró.  Ejerció la dirección de Patrimonio Histórico por una década, sentando pautas en una ciencia que era incipiente en Panamá.

     Fue autora de numerosos trabajos de investigación, que fueron publicados tanto en inglés como en español, así como en varios países del mundo y que principalmente versaban sobre las etnias indígenas locales.  Mientras estuvo a cargo de la Dirección de Patrimonio Histórico logró que se aprobara la Ley 14 del 5 de mayo de 1982, por la cual se dictan medidas sobre la custodia, conservación y administración del patrimonio nacional.  Era una feroz defensora de los objetos que nos identifican como nación y eso la llevó a denunciar a los panameños y estadounidenses que practicaban la huaquería (el robo de huacas precolombinas y piezas arqueológicas en sitios donde hubo asentamientos humanos, especialmente culturas indígenas y su salida del país).  De forma personal y muy directa exigió a museos estadounidenses la devolución de esas piezas que forman parte de sus colecciones.

     También fue una gran gestora cultural en el campo museístico, pues bajo su dirección se fundó el Museo del Parque Arqueológico El Caño, en Coclé, el Museo de la Nacionalidad, en la Villa de los Santos, el Museo de Arte Religioso Colonial, el Museo Afroantillano, el Museo de Ciencias Naturales, el Museo de Historia y el Museo del Hombre Panameño, en la antigua estación del ferrocarril, en la plaza 5 de mayo, construcción que data de 1912, de estilo neoclásico.  Debido a esta circunstancia, la Dra. Araúz peleó como una leona una locomotora del siglo XIX (la No. 299) que estaba frente al edificio, y que fue removida en 1979, dos años después de la firma de los tratados Torrijos-Carter, y enviada a un museo en New Jersey.  La pieza estaba incluida en la lista de patrimonio histórico nacional y se había establecido que la misma reposaría en la estación ferrocarrilera.  Describió, en su momento, la acción del gobernador que tomó la iniciativa de removerla como “una flagrante violación a todos los instrumentos internacionales sobre el patrimonio histórico de la humanidad”.

La antigua estación de ferrocarril donde debe funcionar el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz

     La revista National Geographic la describe como una mujer que ayudó a preservar la historia de Panamá, que ayudó a instituir media docena de museos en Panamá.  Hace también mención de que, en 1961, una compañía estadounidense demolió un edificio colonial llamado La Pólvora, para dar paso a una carretera.  En ese entonces, Reina Torres de Araúz tenía 29 años y, muy disgustada, se quejó con el entonces presidente, Roberto F. Chiari, quien la escuchó y tuvo la iniciativa de formar la Comisión Nacional de Arqueología y Monumentos Históricos y la puso al frente para asegurarse de que los sitios patrimoniales fueran preservados.  Ya era una persona conocida como defensora de la herencia cultural y había participado de la expedición que identificaría la mejor ruta a través de Panamá por la que pasara la carretera interamericana, que en teoría uniría Alaska con Chile.

     Pasó su luna de miel con su esposo, Amado Araúz, recorriendo esos agrestes caminos, expedición que fue documentada ampliamente por la revista que ahora la honra.  Salieron de ciudad de Panamá en dos vehículos y llegaron a Colombia cuatro meses después, completando la primera incursión entre norte y sur América.  Su hijo, Hernán Araúz, tiene un interesante video en YouTube sobre su vida y su obra.

     El mejor homenaje a esta panameña ilustre, que dejó entre sus alumnos más destacados quienes han preservado su legado a Julieta de Arango, Directora del Patronato de Panamá Viejo, es que se reabra cuanto antes el museo que lleva su nombre, con la colección completa, que es parte de su acervo.