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UNA CONDENA TARDÍA

Por Mariela Sagel, El Siglo, 19 de noviembre de 2018

A fines de la semana pasada se dio a conocer que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha condenado la invasión cruel e injusta de los Estados Unidos a Panamá, en diciembre de 1989 y lo señala como responsable de “violentar los derechos a la vida, a la libertad, a la seguridad e integridad de las personas durante la operación militar que tenía como objetivo derrocar al gobierno dictatorial de Manuel Antonio Noriega”.

Hay quienes dicen que justicia tardía no es justicia, pero en este caso es importante el precedente que ha sentado la CIDH para que futuras acciones de este tipo, en países pequeños e indefensos como el nuestro no se repitan.

Desde el año 2016 se formó una comisión que busca esclarecer el número de víctimas afectadas y la identidad de muchas de ellas, que murieron o desaparecieron durante la invasión, que fue pedida y aplaudida por algunos malos panameños, pero condenada por la mayoría y por casi todas las naciones.

Es la primera vez que una instancia internacional aborda el tema y ese hecho fortalece la tesis que esgrime la comisión, de que hubo grandes afectaciones al país, en vidas y propiedades.

Este fallo llega casi 30 años después de perpetrada la infame invasión, y la embajada de los Estados Unidos se apresuró en salir a defender la acción militar con la excusa de que Panamá tiene ahora una robusta democracia con instituciones sólidas, lo que no es cierto. De igual forma habla de los $420 millones de dólares que puso a disposición del gobierno de Endara para la reestructuración del país, dinero que no llegó a entregarse porque para ello era indispensable hacer ajustes estructurales que esa timorata gestión no se atrevió a hacer.

Pero mientras esto se dilucida, debemos aplaudir el tesón de la abogada Gilma Camargo, que interpuso la demanda en 1990 y de los que han estado empujando a que se le diera el curso necesario a la misma.  Más de una generación de panameños le estamos agradecidos.

 

 

HACE CIEN AÑOS

Por Mariela Sagel, El Siglo, 12 de noviembre de 2018

Ayer 11 de noviembre se cumplieron cien años del armisticio que puso fin a la primera conflagración mundial, la I Guerra Mundial, también llamada “la Gran Guerra”. El inicio de esta fue el 28 de julio de 1914 y el detonante aparente fue el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria, en Sarajevo.  Se le llamó la Gran Guerra en ese entonces porque no se esperaba que otra similar y más devastadora la superara en muertes, armas, atrocidades y secuelas, y esa fue la II Guerra Mundial, entre 1939 y 1945, que definitivamente reacomodó los roles de los países dominantes.

La Gran Guerra fue el anticipo de la caída de varios imperios:  el austrohúngaro, el otomano, el alemán y el ruso.  La Revolución industrial había definido los predominios europeos sobre la mayor parte del mundo, que se basaba en una superioridad técnica e intelectual sobresaliente. Sin embargo, dos países tenían el control del 70% de la mano de obra calificada (Francia e Inglaterra) y por ende la capacidad industrial del continente.  Londres era el centro del comercio mundial.  Pero ya emergían tensiones por el dominio de otras potencias, y la entrada en el juego de países como Japón y Estados Unidos.

Jugaba un papel importante el tema ideológico, la influencia del marxismo y la permanente agitación de la clase obrera, que amenazaba al capitalismo liberal.

En esta guerra se usaron bestias metálicas, tanques, aviones y también los bombardeos desde el cielo.  Surgían los incipientes submarinos y el uso de gases venosos.  La revolución rusa, que se concretó un año antes, fue producto del hartazgo y la autocracia zarista, al igual que la dinastía alemana (el Kaiser Guillermo II abdicó dos días antes del armisticio) también sucumbió durante el conflicto.  El imperio otomano cayó definitivamente en 1923 bajo el liderazgo del líder turco Ataturk.

Según un historiador británico, “el único objetivo de guerra que importaba era la victoria total, que era absurdo y destructivo”.