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“LOS DIVINOS” DE LAURA RESTREPO

Por Mariela Sagel, Facetas, La Estrella de Panamá, 27 de mayo de 2018

Hace año y medio un crimen atroz conmocionó a Bogotá, a Colombia y al continente entero.  Se trataba del secuestro, violación y asesinato de una niña indígena que perpetró el arquitecto bogotano, de clase alta, Rafael Uribe Noguera.  Yuliana Andrea Samboní, de apenas 7 años era de una familia de los desplazados por la violencia.  Esto ocurrió el 4 de diciembre de 2016, en el barrio marginal Bosque Calderón y los vecinos se alzaron y los gobernantes no pudieron proteger al chico de mamá y casi lo linchan.

Ese crimen enfrentó, según las noticias, las dos Colombias, la de las clases pudientes, que evaden la justicia comprando los que la administran, y los desplazados y pobres –que hay muchos en ese país – y el mismo presidente Juan Manuel Santos pidió que se investigara de manera expedita.  Se sospechó que los hermanos del sicópata, Francisco y Catalina estaban involucrados y el conserje o guardia de seguridad apareció muerto unos días después, aparentemente se suicidó.  El juicio se celebró, condenando a Rafael Uribe Noguera a 58 años de cárcel, y los padres de Yuliana se regresaron a su pueblo para nunca más regresar a la capital.  Su madre estaba embarazada de siete meses y durante el funeral de la pequeña se desmayó dos veces.

Laura Restrepo, ganadora del Premio Alfaguara con su obra “Delirio” en el año 2004 y autora de diez novelas, acaba de publicar “Los Divinos”, un libro que relata de una manera magistral el aberrante secuestro, abuso y asesinato de Yuliana Samboní.  Restrepo ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 1997, que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a historias escritas por mujeres por la novela “Dulce compañía”

LOS DIVINOS

     Así se titula su última novela, la primera que publica desde 2012 y se sintió impactada por la tragedia que conmocionó a toda la sociedad colombiana.  La ubica en Bogotá, en el ambiente de los privilegiados de la clase alta, que tienen de todo y que, siendo profesionales, se entregan a toda clase de desafueros.  La novela lleva un ritmo trepidante y no es hasta más allá de la mitad que va entrando en materia del secuestro y abuso de la niña.

Portada de Los Divinos

Laura Restrepo se revela en esta nueva novela como una escritora con muchísimo bagaje cultural, cuajada en el oficio periodístico y como estuvo involucrada en política y sufrió un exilio forzoso, es muy crítica de las clases pudientes colombianas, llenas de códigos de estatus y desprovistas de prejuicios.  También utiliza de manera preciosista el lenguaje, sobre todo el coloquial, y el humor al grado máximo, haciendo que un tema tan duro y escabroso se haga interesante y no horrorice más de lo necesario.

Los personajes de “Los divinos” son cinco amigos que vienen juntos desde la secundaria.  Cuatro de ellos son exitosos profesionales y el quinto, que es el protagonista, un maniático de la soledad, traductor y soltero.  Sus sobrenombres son de lo más sintomáticos, “El Muñeco” (que es el asesino), el Duque, Tarabeo, El Píldora y Hobbo, el que narra.  De esos sobrenombres derivan otros: El Muñeco es alias Kent, Milindo, Dolly-boy, Chucky.  El Duque es alias Nobleza y Dux.  Tarabeo es también Táraz, Taras Bulba y Rexona, entre otros; El Píldora es Piluli, Pilulo y Gorila, y el Hobbo es el Hobbit y Job.  Se llamaban a sí mismo los Tutti Frutti, y tenían unas formas de hablarse y comportarse muy particulares e hilarantes.

Los juegos de palabras con formidables, los retos intelectuales entre el Hobbo y El Píldora son a punta de versos. Hobbo está enamorado de la novia del Duque, pero nunca se lo dice.  Tarabeo está casado, pero tiene una “polverita” (un departamento para sus aventuras) y El Duque tiene una finca fastuosa donde a veces se reúnen los Tutti a jugar al póker.

Así se lleva la historia, con idas y venidas, juergas y bromas, puro hedonismo, con la advertencia de la novia del Duque de que El Muñeco estaba actuando raro, estaba obsesionado con un juego y que todo indicaba que algo iba a pasar, muy al estilo de “Crónica de una muerte anunciada” del Nobel García Márquez.  Cuando ocurre el fatal desenlace, uno de los amigos trata de ayudar a El Muñeco a huir del país, lo que no logra, y otro le pide al Hobbo –sin decirle el lío en que se metió su compañero de juergas – que borre de la computadora del asesino toda evidencia, que elimine los archivos que contengan pornografía.  Con la paciencia de Job el traductor se dedica a quitar fotos y videos no sin que antes vaya en ascenso su sorpresa de cuánta degeneración hay en esa Mac que le pidieron limpiar.  Cuando llega a las imágenes de niñas, queda horrorizado de que su amigo, El Muñeco, el niño de mamá, exitoso, bello, corpulento, esté metido a pederasta.  Y entonces le suena la campana: lo llama su hermana desde Australia para decirle que están buscando al Muñeco porque unas cámaras de seguridad lo vieron llevarse a la niña, que había sido reportada por sus familiares.  Hobbo es distraído y ensimismado y no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor.

De allí en adelante no puedes soltar el libro y Laura Restrepo logra, a partir de un crimen que aconteció y estremeció a la ciudadanía, construir una ficción, pero una punzante, que revela el oscuro andamiaje que habían tejido los Tutti Frutti.  Las vidas de la mayoría de ellos los va llevando, de manera inexorable, al camino de la transgresión intolerable. El más cercano a Hobbo, el Píldora, se suicida por lo que tuvo que hacer para proteger al Muñeco, personificando así al celador del edificio donde se perpetró el crimen.

La crítica ha dicho del libro que “Los Divinos” es un extraordinario ejercicio de comprensión y reinterpretación de los hechos, además de un relato perturbador contra el feminicidio.  “En esta novela, la autora trasciende el crimen narrado para llegar, a través de él, hasta los recovecos más oscuros de toda una cultura”.

LAURA RESTREPO

Su obra ha tenido una constante que no incluye esta recreación de un crimen tan espantoso, pero ha estado siempre vinculada con la política y los movimientos sociales en varios países.  Se graduó de Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes y tiene un post grado en Ciencias Políticas.  Ha sido profesora de literatura en la Universidad Nacional y del Rosario y posteriormente se activó en los temas políticos.

Laura Restrepo

Su activismo lo inició en su tierra natal, pero lo continuó en España, y siguió en Argentina, donde trabajó en la resistencia contra el gobierno militar.

Es una mujer muy sensible a la pobreza, la injusticia, la desigualdad y los abusos de poder que afectan a los más vulnerables, que generalmente son las clases bajas, los niños y las mujeres.  Se dedicó al periodismo y ha participado en zonas de guerra, viajando a lugares en conflictos, como el tiempo que estuvo entre Nicaragua y Honduras, a fin de escribir sobre las guerras entre los Sandinistas y los Contra.

Gabriel García Márquez fue su mentor en la revista Semana, donde lo conoció (ella estaba encargada de los acontecimientos políticos nacionales e internacionales) y formó parte, en 1983, de la Comisión de Paz, Diálogo y Verificación que debía negociar un acuerdo en el Movimiento M-19.  Se vio forzada a emigrar por las situaciones que vivió y de su experiencia es el libro reportaje “Historia de un entusiasmo”.  Vivió en México y trabajó en La Jornada y la Revista Proceso, viajando constantemente para sensibilizar a los diferentes países de que se volvieran a abrir los procesos de negociación para lograr la paz en Colombia, que le es tan esquiva.

De su narrativa se han expresado elogiosamente José Saramago, Gabriel García Márquez, Harold Bloom y ha tenido importantes reseñas en The New York Times Book Review. Sus novelas han sido traducidas a más de veinte idiomas.  Publica regularmente en el diario El País de España y da clases en la Universidad de Cornell, en el estado de Nueva York.

UNA EXPOSICIÓN DE DELACROIX EN EL LOUVRE

Por Mariela Sagel, Facetas, La Estrella de Panamá, 20 de mayo de 2018

      Desde el 29 de marzo y hasta el 23 de julio se muestra una magnífica retrospectiva del pintor francés Eugène Delacroix en el Museo del Louvre, que no es un asunto menor ya que la última que se organizó en torno a este genio pictórico fue en 1963, cuando se cumplía un siglo de su muerte.  La exposición, que tiene unos 180 cuadros, de lo más representativo de su obra y que se une con el hilo conductor de los momentos históricos que le tocó vivir al artista, se ha hecho en conjunto con el Metropolitan Museum of Art de la ciudad de New York.  Es un gran tributo a su carrera, que inició como exponente de los famosos salones que se realizaban en los años 1820 hasta las pinturas -menos conocidas- que estuvieron inspiradas en el misticismo religioso y paisajes.  Se puede apreciar en ellas la permanente tensión que siempre existió en su interior para mantener su individualidad y a la vez seguir los pasos de los maestros flamencos y venecianos de los siglos 16 y 17.

Durante el recorrido de la exhibición seguramente encontraremos respuestas a las preguntas que nos surgen por su larga y prolífica carrera y podremos apreciar facetas que atisbaban en sus cautivadoras manifestaciones artísticas: trotamundos e investigador, escritor culto y exquisito, dibujante meticuloso a la vez de curioso y crítico de las realidades que enfrentaba, y que estaba, hasta cierto punto, obnubilado con su fama, a la que se dedicaba por entero.

UNA REIVINDICACIÓN TARDÍA

      Leí en un artículo en El País, del crítico Alex Vicente, publicado en los días en que estuve visitando la exposición en el Louvre, que el director del departamento de pintura del museo parisino, Sébastian Allard y comisario de la exposición, declaró que a Delacroix se le conoce en forma fragmentaria, ya que pasada la primera década de su carrera artística, durante la cual produjo algunos de los cuadros que lo catapultaron a la gloria, el resto de su producción es desconocida y también incomprendida.

Faltaba un relato que diera unidad al conjunto de su producción”.

En el panel de bienvenida a esta gran muestra se lee “¿Qué queda por decir de uno de los artistas más aclamados de los últimos siglos, cuyos lienzos figuran entre los más visitados en esta misma pinacoteca, y cuya influencia parece extenderse de Monet a Van Gogh y de Cézanne a Picasso?”  Los esfuerzos por reunir estos 180 cuadros han valido la pena porque en su recorrido podemos apreciar el inmenso talento del francés que quedó fascinado con Tánger y que expresó del puerto marroquí al descubrirlo: “Vengo de recorrer la ciudad.  En este momento soy como ese hombre que sueña y ve cosas temiendo que se le escapen”.  Su obra, a partir de ese encuentro con el paisaje tangerino, sufrió una transformación innegable.  Hay una Galería Delacroix en la Rue La Liberté, que sube hacia el Gran Café de París, casi enfrente al mítico hotel El Minzah.  Estaba de paso en un viaje con el Conde de Mornay, entre enero y julio de 1832 y recalaron, entre otros lugares, en Sevilla y Argelia, además de Marruecos.  No llevaba un proyecto artístico definido, pero buscaba renovar su inspiración. En la cúspide de su fama, como solo lo pueden hacer los grandes genios, reinventa toda su experticia y se pone a pintar “cuadros de comedor”, —a juicio de uno de sus más fervientes admiradores, el poeta y ensayista Charles Baudelaire —bodegones y composiciones florales tan tétricas que nadie compra.  Pinta también duelos ecuestres que parecen traducir sus conflictos interiores, “pinturas religiosas repletas de figuras patéticas y cuadros a medio camino entre la realidad histórica y la ficción de la literatura más culta, denostados por el público de su tiempo”.

Cuadro de Delacroix con influencia árabe

LA EXPOSICIÓN

En unos pocos metros cuadrados se pueden apreciar los gigantescos lienzos del pintor, que fue considerado genio antes de su muerte y que alcanzó la fama muy temprano:  La barca de Dante, La matanza de Quíos y la famosísima “La Libertad guiando al pueblo”, un gran fresco sobre la Revolución de 1830 que pintó solo unos meses después de que se produjeran los hechos, vinculando la actualidad política a la pintura histórica.  El gobierno burgués de esos años consideró el cuadro demasiado vehemente y lo destinó a los sótanos del Louvre y no fue hasta cuarenta años más tarde, durante la Tercera República, que el gobierno napoleónico lo convirtió, junto a los otros tres, en íconos, ya que estaban sedientos de nuevos talentos. “Durante los primeros años de la Restauración, de manera paradójica, se tomaron más riesgos que bajo el Imperio. Los museos franceses se quedaron sin los cuadros expropiados durante las campañas del ejército. Y ese hueco se llenó con el arte contemporáneo”, explica Allard.

La libertad guiando al pueblo

En sus años de juventud, en los que participaba en los salones parisinos, Delacroix se impuso por encima de otros pintores como representante de la nueva pintura francesa.  Muchas veces la crítica se dividía en las opiniones sobre el artista: unos se escandalizaban, como lo hicieron ante el cuadro “La muerte de Sardanápolo” y las descripciones de objetos, telas, joyas y cuerpos mestizos, que se unen en un suicidio orgiástico.  Hasta uno de sus colegas envidiosos lo acusa de “masacrar la pintura” por el uso indiscriminado de los colores carnales y los exuberantes claroscuros.  Baudelaire, siempre avanzado en sus valoraciones artísticas, lo llamará, ante esos ataques, de “excelente dibujante, prodigioso colorista y compositor ardiente” capaz de producir “una mezcla admirable de solidez filosófica, ligereza espiritual y entusiasmo ardiente”.

La muerte de Sardanápolo

Se definía a sí mismo como romántico y, según Allard, decía que “Si entendemos por romanticismo la libre manifestación de las impresiones personales y la repugnancia por las recetas académicas, entonces debo confesar que no solo soy romántico, sino que ya lo era a los 15 años”.

En la segunda mitad de la muestra, que es también la de su trayectoria, está lo más interesante y lo menos conocido.  Allí es donde están los “cuadros de comedor”, arreglos florales y escenas ecuestres que no fueron del total agrado del público.  Como cualquier genio que vive para contarlo, el artista francés se pasó el resto de su vida, que fue larga y productiva, haciendo todo lo contrario a lo que se esperaba de él.  Se dedica a la experimentación, y “reafirma su singularidad y su originalidad confiando en la fuerza expresiva de su pintura”.

Sus cuadernos, diarios y correspondencia de viaje son parte importante en esta retrospectiva, por ejemplo, la amistad que mantuvo a través de cartas con el compositor polaco Chopin.  Para los comisarios de la exposición ha sido el artista “que más escribió”.  Los bocetos de su gran pintura decorativa para edificios como el del Senado y la Asamblea también son parte de esta exhibición.

La exposición cruzará el Atlántico al finalizar su tiempo en el Louvre con algo menos que los 180 cuadros exquisitamente reunidos para ser vistos en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el otro brazo ejecutor de esta muestra. A Delacroix se le considera a la par de Picasso, el otro gran pintor elevado a la categoría de genio.  El propio artista resumiría su misión como en una que consistía en enfrentarse a “la infernal comodidad que proporciona la brocha”.

“LA FRÍA EXACTITUD NO ES ARTE”

En su etapa madura, el artista desdeñó la nueva moda surgida de la mano de una nueva generación de pintores realistas, a los que encabezó Courbet, a quien Delacroix llegó a acusar de crear obras “vulgares e inútiles”. Para Delacroix, copiar la realidad no servía estrictamente de nada. “Todo el mundo visible es solo un almacén de imágenes y signos a los que la imaginación concede un lugar y un valor relativos. Es una especie de alimento que uno debe digerir y luego transformar”, reza otra de las frases de su diario. “La fría exactitud no es arte. El ingenioso artificio es el arte en su conjunto”.