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NUESTRAS EFEMÉRIDES PATRIAS

Por Mariela Sagel, El Siglo, 5 de octubre de 2018

Estamos en el mes de noviembre, que es un mes donde se celebran muchas fiestas, la mayoría en torno a nuestra constitución como república en 1903.  Hace 115 años nos separamos de Colombia, a la que nos habíamos unido voluntariamente una vez que nos independizamos de España (también un 28 de noviembre de 1821) detrás del sueño americano de Simón Bolívar.  Fueron 321 años de ser colonia española y el primer movimiento para consolidar esta independencia se proclamó el 10 de noviembre de 1821 en la Villa de los Santos, de allí que se conmemora el “grito”.

Al tomar voluntariamente la decisión de unirnos a Nueva Granada, que era como se conocía, nos sumábamos a Venezuela y Ecuador, persiguiendo los ideales bolivarianos.  Para fines del siglo XIX, a pesar de que el istmo le había dado a Colombia grandes riquezas y triunfos (la construcción del ferrocarril y el inicio de los trabajos del Canal por los franceses) la provincia o estado que éramos estaba sumida en la desidia y el olvido de los gobernantes de turno, y ya habíamos sufrido la guerra de los Mil Días.

Fueron 82 años de unión voluntaria que terminaron sin grandes luchas, pero sí con la alineación de varias circunstancias que dieron ventaja tanto a los “conjurados” (grupo de panameños que estaba planeando la separación) como a los Estados Unidos, que veía en la quiebra de la Compañía del Canal Francés una oportunidad para hacerse de un paso marítimo en lo más estrecho de la cintura de América.

En estos días de los símbolos patrios, de la bandera y de marchas de los jóvenes estudiantes muchas leyendas pululan por los medios y las redes, como la leyenda negra de que Wall Street nos creó.  Una buena manera de explicarla la aportó el historiador Oscar Vargas Velarde en un escrito reciente: “La separación de Colombia fue el resultado de la audacia panameña, la ambición estadounidense, la codicia francesa y la miopía colombiana”.

 

CELEBRANDO EL DIA DE LOS MUERTOS

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 4 de noviembre de 2018

La muerte es lo único seguro que tenemos en la vida.  Nos tiende a intimidar y nos angustia su realidad, especialmente cuando vemos partir a seres queridos.  Sin embargo, el tema de la muerte no debe ser tratado como algo al que hay que temer, sino aprender de cómo culturas antiguas la han recreado y por medio de esa recreación, hacen ritos sobre ella y fortalecen su carácter, en base al punto de vista religioso, o desde el punto de vista filosófico.

Los mexicanos, oriundos de ese orgulloso país que ha marcado rutas en el pensamiento y los sentimientos de todos los latinoamericanos, tienen una visión muy diferente a lo que nosotros pensamos sobre la muerte, y celebran el 2 de noviembre, más por el hecho de morir, por lo que sigue después de eso.

            La fiesta de los muertos en México está muy relacionada con la cultura azteca, que se regía por el calendario agrícola prehispánico, ya que tradicionalmente ésta se celebraba cuando empezaba la cosecha.  Representaba el primer banquete después de la temporada de sequía o escasez, y se compartía hasta con los muertos.  En la cultura náhuatl se adopta la muerte como el destino de todos.  Los aztecas ofrecían sacrificios a los dioses y éstos en retribución, derramaban luz y lluvia.

El culto a la muerte es uno de los elementos básicos de la

religión de los antiguos mexicanos. Creían que la muerte y la vida constituyen una unidad. Para los pueblos prehispánicos la muerte no es el fin de la existencia, es un camino de transición hacia algo mejor. Esta celebración conserva mucha de la influencia prehispánica del culto a los muertos.

En los altares que se dedican a los muertos se encienden velas de cera, queman incienso en pebeteros de barro cocido, colocan imágenes cristianas: un crucifijo y la virgen de Guadalupe. Se colocan retratos de sus seres fallecidos. En platos de barro cocido se colocan los alimentos, estos son productos que generalmente son consumidos por los difuntos, platillos propios de la región. Bebidas alcohólicas (no podía faltar el tequila) o vasos con agua, jugos de frutas, panes de muerto adornados con azúcar roja que simula la sangre. Galletas, frutas de horno y dulces hechos con calabaza.

El sacrificio de la muerte no es un propósito personal; en

esas poblaciones de México la muerte se justifica en el bien colectivo, la continuidad de la creación; importa la salud del mundo y no entraña la salvación individual. Los muertos desaparecen para volver al mundo de las sombras, para fundirse al aire, al fuego y a la tierra; regresan a la esencia que anima el universo. Los sacrificios humanos se consideran como el tributo que los pueblos vencedores pagaban a sus dioses, y ellos a su vez alimentaban la vida del universo y a su sociedad.
Cuando alguien muere, se organizan fiestas para ayudar al

espíritu en su camino. Los antiguos mexicanos enterraban a sus muertos envueltos en un “petate”, les ponían comida para cuando sintieran hambre, ya que su viaje por el Chignahuapan (del náhuatl: nueva apan, en el río; o “sobre los nueve ríos”), parecido al purgatorio, era muy difícil de transitar porque encontrarían lugares fríos y calurosos.

En el México contemporáneo existe un sentimiento especial

ante el fenómeno natural que es la muerte y el dolor que produce. La muerte es como un espejo que refleja la forma en

que se ha vivido y si se da el arrepentimiento. Cuando la muerte llega, se ilumina la vida. Si carece de sentido, tampoco lo tuvo la vida, “dime cómo mueres y te diré cómo eres”. Haciendo una confrontación de los cultos prehispánicos y la religión cristiana, la muerte no es el fin natural de la vida, sino otra fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección son los estadios del proceso que nos enseña la religión cristiana. De acuerdo con el concepto prehispánico de la muerte, el sacrificio de la muerte -el acto de morir- es el acceder al proceso creador que da la vida. El cuerpo muere y el espíritu es entregado a Dios (a los dioses) como la deuda contraída por habernos dado la vida.

La creencia de la muerte es el fin inevitable de un proceso

natural. Lo vemos todos los días, las flores y los animales nacen y después mueren. Nosotros nacemos, crecemos, nos reproducimos en nuestros hijos, después nos hacemos viejos y morimos. Es un hecho que la muerte existe, pero nadie piensa en su propia muerte. Entonces, para los mexicanos, la muerte se vuelve jocosa e irónica, la llamamos “calaca”, “huesuda”, “dentona”, la “flaca”, la “parca”. Al hecho de morir de damos definiciones como “petatearse”, “estirar la pata”, “pelarse”, morirse.

El embajador de México en Panamá celebró una exposición en SoHo Mall, con altares de muertos, dedicada a Mario Moreno “Cantinflas” en el 25 aniversario de su muerte, donde no faltaron las calaveritas de azúcar, recortes de papel, esqueletos coloridos, piñatas y dibujos en caricaturas o historietas, con toda una explicación de todos sus elementos.