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LA ESTAFA DE UN SUEÑO

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 21 de julio de 2017

     La ciudad de Colón, que es la entrada por el mar Caribe al Canal de Panamá, fue construida a partir de 1850 por la compañía del ferrocarril, que necesitaba una terminal en esa parte de nuestra geografía, en la isla de Manzanillo. De apenas una extensión de 263 hectáreas, es la tercera concentración de población del país, después de las ciudades de Panamá y el distrito de San Miguelito.  Fue oficialmente inaugurada en 1852 y al principio se le quiso llamar Aspinwall, por el apellido de uno de los ingenieros que regentaba la compañía ferrocarrilera, pero prevaleció la voluntad de los panameños en nombrarla en honor al descubridor de América, Cristóbal Colón.

     Se le ha llamado “La tacita de oro” y ese apodo no tiene nada que ver con el libro del escritor estadounidense John Steinbeck, “La taza de oro”, que se refiere al corsario Henry Morgan y que llama a Panamá Viejo de esa forma.  Puede que la explicación de este apodo esté en que la ciudad de Colón es una de las ciudades mejor trazadas de Centro América y el Caribe, y que su arquitectura, aún hoy que está como si le hubiera caído una bomba atómica, resalta entre todas las urbes por ser una riquísima combinación de estilos colonial español, francés, antillano y colombiano.

     Una de sus más bellas características, en los tiempos en que la ciudad florecía, es la consideración para con los peatones, ya que los balcones cubren las aceras, para protegerlos de la lluvia.  Cuando gozaba de esplendor, allá estaban las mejores tiendas y los sitios donde la juventud iba a divertirse.

     Hoy día todo es diferente.  El día que Juan Carlos Varela asumió la presidencia de la república, hace cinco años, realizó un acto frente a la Casa Wilcox, el símbolo más emblemático que tiene la ciudad, prometiendo no solo restaurarla sino sacar a la ciudad del olvido y la pobreza mediante una renovación urbana.  Se planificaron 5 mil viviendas y el cambio de todo el alcantarillado sanitario y la inversión de 569 millones, además del rescate de sitios históricos.  Todo esto, a pesar de lo golpeada que ha sido la población colonense, despertó tanto esperanzas como entusiasmo.

     Hoy día, nada se ha terminado, no sé exactamente cuántas casas se han entregado y en qué condiciones, pero el rescate de la ciudad está lejos de ser una realidad, por el contrario, cada vez está peor esta importante puerta de entrada al país, que tiene la mayor cantidad de puertos en las terminales del Canal de Panamá y una zona libre que no deja casi nada a la población colonense.

     El estudio de impacto ambiental del proyecto de restauración de la Wilcox la señalaba como de interés histórico.  La manida promesa de renovación urbana estuvo a cargo de las empresas Odebrecht y Cusa.  La Casa Wilcox pasó un buen día de querer restaurarla a demolerla, a lo que los orgullosos colonenses se opusieron.  La cercaron con vallas, con lonas de protección y de repente, empezaron los incendios, que deterioraron aún más las condiciones precarias de las que ya sufría.  Una columna estructural obligó a realizar estudios de sus fundaciones, pero en ninguna circunstancia se debe permitir que la demuelan.

     Debe haber una fórmula para que la Casa Wilcox siga en pie con orgullo y como testimonio de los tiempos de auge que ha tenido la ciudad de Colón.  En muchos casos, los inmuebles cuyos interiores están muy deteriorados, se permite remodelarlos y adaptarlos a las necesidades y servicios actuales, pero respetar el estilo de la fachada.

     En estos días, el tema ha tomado beligerancia porque a pesar de que se cambiaron las tuberías, la ciudad sigue inundándose.  A inicios de mayo visité Colón para mostrársela a una amiga extranjera y me dolió verla tan deteriorada.  Es una ciudad con un alto índice de desempleo, mucha delincuencia y lo peor, sin esperanzas, porque el sueño que se les vendió el 1 de julio de 2014 no se cumplió.

     Si nos ponemos a analizar que esta ciudad, que además tenía un puerto de cruceros, es la primera cara que ofrecemos al turista que nos visita, imaginemos qué pensará ese visitante ante el decepcionante espectáculo que presenta la otrora “tacita de oro”.  Pobreza, suciedad, peligro y lo peor, ningún atractivo.      Yo espero que se audite el proyecto de renovación urbana en estricto derecho, que se conozca la verdadera razón de por qué se ha dejado en el abandono el casco antiguo de Colón, y que, de una vez por todas, la Casa Wilcox sea restaurada de manera científica y coherente.  Al gobierno anterior le quedará siempre pendiente esa deuda que no cumplió, como muchas o casi todas que vendieron como un sueño.

LO QUE NECESITAMOS

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 23 de junio de 2019

Puerto de Santa Maria, Andalucía, España — Después de un periplo que me ha llevado al Sahara profundo, apreciando las manifestaciones culturales de los pueblos Hassani, tribus nómadas del desierto, y evaluar la forma en que una nación como Marruecos ha escogido la diplomacia cultural a la del enfrentamiento, puedo hacer una lista de las falencias que tenemos como país, empezando por el aeropuerto de Tocumen.

No sé cuál ha sido el tema de las concesiones aeroportuarias pero nuestro grandioso “hub” de las Américas carece de lo básico.  En el más remoto aeropuerto de Marruecos (ni qué decir de España o muchos otros países) hay, por lo menos, una farmacia o un puesto de revistas y libros.  Estos dos establecimientos son indispensables para los usuarios de tráfico aéreo ya que es muy común que uno necesite, por lo menos, un alivio a un malestar estomacal o un dolor de cabeza.  De igual forma, todos los implementos que uno tiene que llevar en los viajes (como cepillo y pasta de dientes, tapones para los oídos y hasta mascarillas para que no se nos pegue el resfriado de otros) son a veces de uso urgente y no necesariamente hemos dispuesto en nuestro equipaje de ellos.  O puede ocurrir también que las maletas se pierdan y entonces es cuando más necesitamos estos artículos de limpieza y bienestar.

Por otro lado, las revistas y libros, crucigramas y hasta Sudokus son indispensables porque a veces se puede uno pasar muchas horas en tránsito por culpa de vuelos retrasados.  Somos pocos los que prevemos viajar con libros o películas bajadas en un dispositivo móvil. 

El tema de los maleteros en Panamá ya está colmando la paciencia de muchos y de ello vengo hablando desde hace años.  En cualquier aeropuerto que se precie de ser moderno los carritos para colocar las maletas son gratis o se paga mediante tarjeta de crédito. Nuestros sublimes maleteros controlan ese negocio de manera chabacana y que deja muy mal al glamouroso “hub” ya que se tiene que pagar en dólares y no necesariamente todo el que arriba a Panamá tiene esa moneda.

En términos de atención al turista o extranjero la cosa se pone peor.  El transporte público, la atención en restaurantes están lejos de ser ideales en nuestro país.  En España, donde me encuentro ahora de vuelta de Marruecos, —donde también recibí un trato amable, precios justos y orientación desprendida en todo sentido, aun cuando a veces entre el árabe y el francés no puede uno entenderse—, la disposición al servicio y la atención prevalecen por encima de cualquier cosa.  Ahora que se ha revivido el Fondo de Inversión Turística y de que tendremos un nuevo director de la Autoridad del Turismo – el actual no ha servido para nada solamente para que la ocupación hotelera haya caído a niveles nunca vistos – debemos ser muy agresivos en esa industria que bien manejada puede ser uno de los mayores atractivos de nuestra nación.  Es urgente definir la marca país: Panamá.

En vísperas del inicio de un nuevo gobierno, un buen gobierno como promete el candidato electo, debemos empezar con pie derecho no solo a enderezar lo que ha dejado una década de mal gobierno sino adecentar la gestión pública.  Que el ser funcionario no sea sinónimo de vago, coimero o irresponsable.  Nos dejan un país lleno de minas, con las finanzas en los huesos, con las calles hechas polvo, con la institucionalidad resquebrajada y la auto estima muy lastimada.  No hay margen de error para el “buen gobierno”. O lo hace bien o lo hace bien.