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Los placeres de la vida (II)

Continuando con el recuento de libros leídos, gracias a mi sobrina Melissa, que siempre me trae las novedades cuando me entero que los lanzan en los destinos a los que su trabajo la lleva, me agencié “La hermandad de la buena suerte”, premio Planeta 2008, de Fernando Savater, famoso filósofo español del que solamente había leído una novela, hace más de 15 años, “El Jardín de las Dudas”, un recuento apócrifo de las cartas de Voltaire, figura emblemática del siglo XVIII. Este libro es una fascinante historia de una partida de hípicos que andan detrás de un “jockey” para asegurarse que un caballo gane en una carrera, pero en el apuro de empacar y regresar a Panamá a principios del año, se me quedó en el hotel. Sin embargo, otra víctima de mis obsesiones literarias, mi amigo Lucho Rodríguez, me lo dio de Reyes tardío. Aún tengo que terminarlo.

El escritor humorístico colombiano, Daniel Samper Pizzano, también visitó nuestro país el año pasado para hablar de todo y de nada, en una agradable plática que se verificó en la Universidad Latina. Entre una y otra broma, acicateado por los panelistas, Fernán Mulinos, Jorge Ritter y Rubén Darío Murgas, Samper dio cátedra de conocer su negocio (el del humor) y las realidades tanto políticas, sociales como lingüísticas, porque el destacado autor es también académico de la lengua. En el ahora malogrado Mosaico nos deleita con sus columnas dominicales muy bien tituladas “Mirando un chispero”.

Me quedaron pendientes muchos títulos, que emprenderé con bríos estos primeros meses, entre ellos “Pecar como Dios Manda”, de Federico Andahazi, autor argentino, que sé que lee esta columna, cuyo ejemplar me lo trajo mi sobrino Arturo Manuel desde Buenos Aires; “Instrucciones para Salvar el Mundo”, de Rosa Montero; “El Caso Neruda” (que me lo recomendó Mitchell Doens) de Roberto Ampuero y “Hombre Adentro”, de Francisco Pérez de Antón, que aunque no lo venden en Panamá, me lo pidió Lorena Roquebert a Guatemala, por recomendación de Lali Carrizo y del magistrado Adán Arnulfo Arjona.

En el camino leí otros libros, más pequeños y menos sonados, algunos ligeros, otros no tanto, pero literatura, al fin y al cabo y me hicieron falta títulos de autores nacionales, aunque ya empecé el último de Luis Pulido Ritter, “¿De qué mundo vienes?”. También cumplí con la lectura de las memorias de mi tío Jorge Rubén Rosas, “Huellas de mi Andar”, obligado recuento político de nuestra historia republicana. Entiendo que tanto Rosa María Britton como Gloria Guardia, escritoras panameñas, se quedaron esperando sus ediciones por parte de la editorial.

Nada de esta persecución obsesiva que tengo por la lectura y los libros sería posible sin mis amigos y familiares a los que torturo solicitándoles que me traigan o me encarguen libros, o a Grupo Santillana, representante del sello Alfaguara, por los libros que me envían para mi revisión, al igual que al Círculo Internacional. Mis lecturas son como una catarsis, porque de lo contrario me sumiría en este “mundo que parece un manicomio, manejado y atendido por sus propios pacientes”. Y esta frase, que le leí a Danilo Arbila, periodista que fue presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, cobra más valor en nuestro entorno nacional, ante la triste perspectiva que se nos abre para los próximos cinco años.

Las delicias de una liliputiense

portada-de-chiquitaEn Septiembre de este año se presentó en Panamá el ganador del último Premio Alfaguara de Novela 2008, Orlando Antonio Rodríguez, con su obra Chiquita.El veredicto se dio en febrero, como es costumbre, casi siempre coincidiendo con nuestras fiestas de carnaval. El jurado estuvo compuesto, entre otros, por Sergio Ramírez Mercado, quien lo presidió, y dotado de una suma nada desestimable de $175,000 y una escultura de Martín Chirino, escultor nacido en las Isla Canarias.

Los premios Alfaguara se han convertido en un referente de los galardones literarios de calidad, otorgados a una obra inédita escrita en castellano. Permiten difundir, en nuestro idioma, obras a nivel internacional, muchas veces de escritores noveles, ya que son impresas para España y Latinoamérica. Obras como Delirio, de Laura Restrepo (colombiana), Son de Mar (Manuel Vicent, español) y Abril Rojo (Santiago Roncagliolo, peruano) han lanzado a la fama a sus autores, pues el galardón lleva como mandato una gira extenuante por todos los países de habla hispana.

Y Panamá, gracias a Dios, no está exenta de esa gira, pero para muchos ha pasado casi desapercibida. Editorial Santillana, que es la representante del sello Alfaguara, hace una promoción intensa y ejemplar de sus autores, ofreciendo conferencias de prensa, cócteles y toda clase de agasajos cuando viajan los escritores a Panamá y somos apenas unos pocos los que nos damos cuenta.Los medios no se hacen eco de tan delicado banquete intelectual, porque no es amarillismo, no son titulares que venden.

Chiquita es una novela sobre una liliputiense cubana, de apenas 26 pulgadas y 18 libras, nacida en Matanzas y que luego de esmerados cuidados de su familia para que todo se adaptara a su estatura y a su pequeño mundo, se fue a Nueva York con la cabeza calentada por un hermano que la quería lanzar a la fama en el mundo del vaudeville, como bailarina y cantante. A pesar que Espiridonia Cenda (así se llamaba) de veras existió y el autor fue tan cuidadoso de incluir todas las referencias de ella en el libro, la biografía de esta enanita es imaginaria, llena de fábulas de aventuras y desventuras, a quien cataloga como una mujer seductora e independiente, que llegó a ser considerada como una de las celebridades mejor pagadas de su época.

La novela es entretenida, chispeante, llena de humor, erotismo y peripecias, a veces un poco depravantes, que van acorde con la época en la que vivía el personaje central, cuando mataban presidentes, se daban crisis económicas y se producían milagros tecnológicos, cuando las potencias se disputaban territorios y las curiosidades humanas, como podría ser una liliputiense, ejercían una extraña atracción sobre las multitudes.

Chiquita, la muñeca viviente, como se le catalogó en su época, es protagonista de amores tempestuosos, dueña de un talismán mágico con poderes más allá de lo explicable y metida en un intríngulis de vida diplomática fascinante.

Los liliputienses tienen su origen, por lo menos, en la imaginación de autores como Jonathan Swift en su obra Los Viajes de Gulliver. Pero de que existen, igual que las brujas, existen. Representan en teoría una nación situada en Tasmania, parte de Oceanía, que pertenece a Australia. Son personas diminutas pero perfectamente formadas, todo su cuerpo está proporcionado y su entorno, flora y fauna es similar a ellos. La cultura de Liliput (hasta cierto punto ridícula) ha sido descrita minuciosamente por el capitán Lemuel Gulliver, en el libro citado. Para nosotros es común llamar a esas pequeñas criaturas “enanos” pero no lo son, ya que éstos últimos son deformes, tienen miembros más desarrollados que otros y aspecto grotesco. Quienes hemos tenido la oportunidad de ver el Cirque Du Soleil recordamos en Corteo a Valentina, una liliputiense con un parejo igual de perfecto que ella, al lado de un gigante, como suelen diseñarse los espectáculos circenses. Así mismo era Chiquita, todo estaba hecho a su medida, hasta los cubiertos de mesa que usaba.

El autor del libro, Antonio Orlando Rodríguez, también es cubano. De una manera muy amplia explicó la inversión de cinco años que le demandó esta novela por toda la investigación que hizo y mostró toda la memorabilia que existe de liliputienses famosos y de Chiquita en particular, fotos que se reproducen en el libro. Con una prístina sobriedad –un poco alejada del cubano típico o por lo menos del que tratamos normalmente— orientó a la audiencia que se congregó en la Biblioteca Nacional para escuchar lo que le motivó a escribir sobre “la muñeca viviente”. Es un libro para leer y degustar.


Ilustración de los Viajes de Gulliver

Existe una película, producida en Argentina, titulada De eso no se habla, en 1993, que se escenifica en un pueblito de ese país, de los años ’30, donde una millonaria mujer hizo esfuerzos insólitos para evitar que su hija tomara conciencia de su condición de enana. Eso incluyó eliminar libros que aludieran a enanos y comprometer a los vecinos en un voto de silencio. La farsa amenazaba con romperse cuando un viejo seductor local pone sus ojos en la muchacha. La descripción de la película termina con que nostalgia y comedia son la tónica. Los actores fueron Marcello Mastroianni y Luisina Brando y su directora, María Luisa Bemberg.