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LOS PELIGROSOS CARNAVALES

Por Mariela Sagel, El Siglo, 17 de febrero de 2020

     En lo particular, nunca me han gustado las fiestas carnestolendas, especialmente por la aglomeración descontrolada que conllevan, y el desenfreno que produce.  Formé parte de la junta directiva del Carnaval Tropical que organizó estas fiestas en 1987 y aprendí mucho, tratando de entender por qué son las festividades que el panameño toma más en serio.  Sin embargo, respeto a los que las goza, desde la mañana hasta la noche, y aquellos que se entregan a ellas.

     Sin embargo, este año hay que ser muy cuidadosos, no solo por la amenaza mundial que representa el coronavirus, también por la inminencia del inicio de clases inmediatamente después que éstos pasen, por la eventualidad de que privaría a muchos estudiantes de tener listos tanto sus útiles como sus uniformes porque sus padres o acudientes dedicaron los recursos a gozar “el guaro y campana”.

     Tenemos que ser muy conscientes que en la vida hay prioridades y ponerlas en su justa proporción.  Veo que, como siempre, hay polémica entre los músicos por los contratos que ha extendido la Autoridad de Turismo y seguramente, esta semana, veremos toda clase de reportajes sobre las medidas que tomará la Policía Nacional y la Autoridad de Transporte para los traslados al interior y el desalojo de la ciudad capital.

     Debe privar, por encima de todo, la sensatez y valorar la vida humana, no solo la propia sino la ajena.  ¿Cuántos accidentes, algunos fatales, ocurren durante estas fiestas, así como cuántas vidas se conciben en medio del desafuero que produce el alcohol y otros estimulantes en estas fiestas?  Si le gustan los carnavales, pues que los gocen, pero con mesura, a fin de cuentas, se van a realizar todos los años.  No pongamos en riesgo la vida de uno y la de los demás por estos cuatro días.

UN PAÍS QUE NADIE ENTIENDE

Por Mariela Sagel, El Siglo, 19 de febrero de 2018

Cada vez que puedo y que mis circunstancias personales me lo permiten, me voy fuera del país durante las fiestas de carnaval.  La razón es muy sencilla: detesto ver cómo la gente pierde sus cabales y se entrega a la sinrazón por cuatro días, se mojan unos a otros con agua que tanto necesitan algunas comunidades e ingieren licor sin control con la única excusa de que “esto ser los carnavales” como cantó Pedrito Altamiranda hace unos años.

Más estupor me causan los que viven un año entero preparándose para estos cuatro días, e incluso las autoridades locales donde se celebran estas fiestas se presentan impertérritas ante los medios alegando que si una, dos o tres tunas, como si no estuviéramos lo suficientemente enredados para escuchar estos insustanciales argumentos.

Es así que este año tomé mi avión rauda y veloz y, además del placer de conocer nuevos horizontes, pude profundizar en temas históricos que nos enaltecen el espíritu y mejoran el intelecto.  Pero como no en todos los lugares la población se entrega a la sin razón, el martes 13 de febrero, la juez Cooke de Miami le otorgó a Ricardo Martinelli libertad bajo fianza, lo que desató una serie de emociones, algunas de júbilo y otras de pánico, ante la posibilidad de que pronto ese deleznable individuo vuelva a Panamá a enfrentar la justicia.

Curiosamente, la cancillería, tan displicente que se ha mostrado para defender algunos temas que afectan al país y sus ciudadanos, reaccionó en forma expedita y solicitó revisar el fallo, lo que revirtió, al día siguiente, la decisión de la juez y deja “bien Cuida’o” al capo que nos gobernó por cinco años y nos robó hasta la forma de caminar.

Es preocupante que se haya dado este cambio de sentencia en tan pocas horas. La distancia no me permite analizar qué fue lo qué pasó.  Pero de qué hay algo raro, lo hay.  Ya me enteraré de las verdaderas razones del cambio.