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‘Annus horribilis’

Ya el año 2020 está llegando a su fin, pero no por eso el azote del virus que ha puesto al mundo de rodillas ha ido bajando de intensidad, sino todo lo contrario.

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 27 de diciembre de 2020

  • Ya el año 2020 está llegando a su fin, pero no por eso el azote del virus que ha puesto al mundo de rodillas ha ido bajando de intensidad, sino todo lo contrario. ¿Quién nos iba a decir a inicios de marzo que llegaríamos a las fiestas de Navidad en iguales o peores circunstancias? El virus ha tocado a las puertas de casi todas las casas de los habitantes del planeta, de manera directa o indirecta. Y ha dejado su secuela, ha cambiado nuestros hábitos de consumo, de saludarnos, de vestir, en fin, ha sido un año horrible.

“Annus horribilis” es una expresión latina, que puede traducirse como “año terrible”. Creímos que el 2016 había sido terrible, por lo del Brexit, el referéndum en Colombia y el triunfo de Trump, que llevó a expresar al escritor colombiano Héctor Abad Faciolince que habíamos pasado “del realismo mágico al realismo trágico”, pero éste ha superado lo que ni siquiera el Gabo, con su prodigiosa imaginación, hubiera pensado. La Reina Isabel II de Inglaterra, la monarca que tiene más tiempo en el trono y ya rebasa los 94 años, acuñó esta expresión para describir su año 1992, cuando su familia se vino al piso por separaciones, escándalos y divorcios de sus hijos. Pero esos acontecimientos no le llegan ni a la rodilla a lo que hemos pasado.

Muchos hemos encontrado en esta nueva realidad, muchas cosas nuevas, como amigos que siempre han estado allí, y no lo sabíamos, mezquindades de los que creíamos leales, situaciones casi surreales que nunca hubiéramos pensado que viviríamos. Y aquí seguimos, dando las batallas. No pudimos celebrar como quisimos el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós o los 250 años de haber nacido del compositor alemán Ludwig van Beethoven.

Yo me quedo con las canciones de Luis Eduardo Aute, el cantante español cuya vida fue de las primeras que se cobró el COVID, con esa voz aterciopelada que seduce (con las que pinta acuarelas de Dalí, el puto filipino, como le dice en una canción Joaquín Sabina). Nunca había valorado tanto sus letras y la tersura de su voz.

También me quedo con los libros del chileno Luis Sepúlveda, el autor de “Un viejo que leía historias de amor” que batalló contra el virus y perdió, en Asturias, su tierra adoptiva. El año también se llevó, aunque no fue el virus, a los inolvidables Quino, autor de Mafalda (Joaquín Salvador Lavado), a Eusebio Leal Spengler, el historiador de la ciudad de La Habana, y al escritor catalán Carlos Ruiz Zafón, que creó todo un mundo en torno a “La sombra del viento” y la Barcelona que recreó en sus magníficos libros.

Estas divagaciones van en torno a lo duro que debe haber sido ver morir a sus parientes y no poder despedirlos como Dios manda. Tantos hijos que estaban ausentes al morir sus padres y no pudieron acompañarlos en sus últimos momentos, los sepelios limitados en cantidad de asistentes (aunque siempre he creído que mejor son los íntimos y familiares), la impotencia de no poder visitar a un familiar en el hospital por el aislamiento al que ha obligado el maldito virus.

No quiero terminar el año sin agradecer a todos los que, en la distancia, han resistido los embates de la pandemia, han guardado las medidas sanitarias que con bastante coherencia ha tenido que imponer el gobierno para contenerla, que han sido solidarios con los canillitas a los que nadie les compraba los diarios, con los que venden billetes de lotería, que no tenían qué vender, con los conductores de transporte selectivo, que no tenían a quién transportar.

Todas estas lecciones tienen que producir una mejor sociedad, menos materialista, más humana y consciente del valor de la vida, de los amores, los valores y lo que realmente importa. Vimos cómo el virus no tiene discriminación, mata a ricos y pobres, no hay dinero que valga a la hora de una emergencia, de la necesidad de una cama para un contagiado. Y aplaudimos cosas tan simples como los conciertos que daban los oficiales de la policía en diferentes barrios, para alegrar a los confinados irremediablemente. Nunca habíamos llegado a valorar cosas tan pequeñas e insignificantes, como el gesto de una serenata dominical en media calle y a plena luz.

Termino haciendo votos porque logremos superar este “annus horribilis”, por lo menos ya sabemos que habrá un nuevo ocupante de la Casa Blanca, aunque el actual se niegue a aceptarlo y eso no nos afecte gran cosa. Que todos tengamos unas fiestas tranquilas y esperanzadoras.

31 años de la invasión

Por Mariela Sagel

El Siglo de Panamá, 21 de diciembre de 2020

Todos los años se da el debate en torno a la fecha, y aunque suene trillado, ‘No tenemos derecho a olvidar’

Ayer se cumplieron treinta y un años que el ejército más poderoso del mundo, el de Estados Unidos, invadiera nuestro país, con el solo propósito (según ellos) de buscar a Manuel Antonio Noriega. Pongo en tela de duda ese propósito porque durante esa acción militar, desproporcionada y asesina, se ensayaron equipos y armas que posteriormente servirían para entrar en una guerra. Panamá fue el ensayo de lo que vendría después.

Han pasado treinta y un años y, aunque se ha avanzado en las investigaciones por la comisión que se formó hace un tiempo, aún no se sabe cuántos muertos hubo ni dónde están enterrados, algo que sus familiares reclaman con justa razón.

Todos los años se da el debate en torno a la fecha, y aunque suene trillado, ‘No tenemos derecho a olvidar’. Los que vivimos esos aciagos momentos debemos mantener nuestro recuerdo del lado de los pobres habitantes del barrio de El Chorrillo, barrio mártir, donde se ensañaron tirando bombas por la simple razón de que allí estaba la comandancia de las Fuerzas de Defensa.

Si la invasión fue en la madrugada del 20 de diciembre, ¿a qué servicio de inteligencia se le puede ocurrir que en la comandancia iba a estar el hombre que buscaban? Tampoco consideraron, a pesar de los sofisticados reportes que deben manejar la CIA y compañía, que la marea en el Océano Pacífico varía hasta en 18 pies, y muchos paracaidistas cayeron en el fango, haciendo el ridículo pues pensaron que caerían en el mar.

Tanta tecnología no les sirvió de nada porque el ex general se les escondió hasta debajo de las lápidas y logró asilarse en la Nunciatura. Esa tecnología la usaron para montar unos altavoces con música estridente para agobio de los residentes del barrio donde estaba el edificio en el que buscó asilo.

Además de innecesaria, violenta, sanguinaria e injustificada, los Estados Unidos demostraron con esa acción su prepotencia e incompetencia. Ojalá que ningún otro país viva los que vivimos los panameños hace treinta y un años.

Diario El Siglo Panamá
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