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Una y no más

MARIELA SAGEL*
La Estrella de Panamá, 30 de Mayo de 2010

La frase que utilizo como título se le atribuye a Santo Tomás de Aquino, religioso italiano que se destacó por aplicar el pensamiento aristotélico a la filosofía cristiana y la reflexión teológica. Anteriormente era común que los filósofos tendieran al pensamiento platónico (o de Platón). Pero no pretendo que lean en esta columna una disertación de filosofía o de pensamiento cristiano, sino aplicar esa frase que lo ha hecho famoso al resultado de dos eventos que se realizaron recientemente en Panamá: el censo de población y de vivienda y la marcha por la paz.

Todos pusimos todas nuestras expectativas en ambos y hemos visto cómo, prácticamente, se burlaron de las mismas. Los censos son algo muy importante y es imperativo que se realicen con seriedad, pero lo que resultó fue un relajo. Teniendo toda esa infraestructura montada y todo ese caudal de factor humano, se pudo haber obtenido mejor y más información.

El énfasis en buscar la afrodescendencia debió haberse extendido para conocer qué nacionalidades o procedencias tiene este “ crisol de razas ” que es nuestro país, qué porcentaje de la población es cristiana, católica, budista, musulmana o atea. De la misma forma, se pudo incluir un factor de hábitos que señalarían los patrones o tendencias de consumo: si se comen vegetales, frutas o enlatados es más necesario que saber cuántos televisores, cuántos teléfonos celulares tienen los que habitan una casa, porque ese dato lo maneja al detalle la entidad reguladora.

No faltó, por fortuna, la nota jocosa, que nos hemos pasado escuchando por dos semanas en radio y leído en medios impresos: que si en un apartamento en Punta Paitilla se preguntó si tenía cría de gallinas o cuántas cabezas de ganado poseía. A una amiga le preguntaron, —a lo mejor puso nervioso al empadronador—, si era negra o afrodisíaca. Y la tardanza y desorganización fueron la tónica en todo el proceso. Una verdadera lástima que las nuevas autoridades de la Contraloría no se tomaran en serio semejante responsabilidad.

El otro evento fue la Marcha por la Paz. Con gran entusiasmo muchos acudieron a la cita, a pesar de la lluvia y el sol, una vez que el primer conato antipaz —que fue la división que ocurrió entre los magnates de la televisión— fue subsanado, en su fachada. Hábilmente, y eso hay que reconocerlo, el Gobierno Nacional se tomó el evento e hizo lo que le dio la santa gana, anulando cualquier agenda que tuviera la mentada sociedad civil y los resultados han sido, como todo, un show mediático que se usará, posiblemente, en el próximo comercial en que el señor presidente haga la locución sin tener licencia para ello.

Pero es que de tontos útiles está lleno este país. Como no acostumbramos (o acostumbran) hablar de frente, sino en voz baja y por detrás, se hacen de cualquiera que tenga una pluma medianamente buena (o una columna fija, que no necesariamente es lo mismo), o de un programa de diatribas, para criticar sin fundamento. La ética y la educación cívica están ausentes en casi todos los casos de los llamados “ elegidos ” para opinar sobre un tema.

Los organizadores del censo, las fallas que hubo en el mismo, así como los que se dejaron robar el mandado de la Marcha por la Paz deben reclamar sus derechos y hacer sus mea culpa y no dejarse utilizar para subir o bajar en las encuestas. Ya podemos alardear de haber conseguido otro grado de inversión y dejar de repetir hasta el cansancio que después de 40 años se realizaron los juegos centroamericanos en nuestro país. ¿Para qué montarse en el show ajeno?

De ya pa’ ya

MARIELA SAGEL
El Siglo, 10 de Mayo de 2010

A fines del mes de abril se formó una corredera de parte de los que somos dueños de propiedades porque, sin apenas darnos cuenta, el último día de ese mes teníamos que pagar un impuesto sobre la tierra en que está erigido el edificio o casa en que vivimos. Poca fue la información que se tenía y mucha la ansiedad porque cualquier desembolso, por mínimo que sea, causa estrés a los ya menguados bolsillos de los panameños.

Lo malo no fue que se impusiera ese impuesto sin que apenas nos diéramos cuenta, lo peor fue que había que correr a pagarlo. La Ley 8 del 15 de marzo de 2010, que modificaba una regulación anterior del impuesto de terraje (Ley 49 de septiembre de 2009) hizo apenas bulla y nadie se enteró que, como ahora le toca al pueblo , todos tenemos que pagar no importa si cuando compramos nuestras propiedades, estaban exentas de impuestos por 20 años.

La información vía internet es deficiente y complicada así que hay que armarse de valor para acercarse a la Dirección General de Ingresos y en la sección de atención al contribuyente, hacer una fila de zigzag donde un señor, con un chaleco dentro del cual se siente militar, gritaba “siéntense, avancen”, pues la fila pasaba por otra fila de sillas.

Más parecía el juego de las sillas musicales que otra cosa. Aunque era fluida la circulación, no faltó quien preguntara si había fila de jubilados y otro que, lleno de angustia, decía que no sabía de dónde sacaría para pagar ese súbito impuesto. Cualquiera que tuviera una cámara indiscreta podría habernos filmado y pensaría que estábamos en una clase de “steps”.

Antes de eso, uno debe saber que tiene que “apersonarse”, como se dice en el argot del monstruo burocrático, con el número de la finca de tu departamento o propiedad y la cédula o RUC del contribuyente, para no hacer perder tiempo a los eficientes funcionarios que en tres patadas te dicen cuánto debes, te imprimen los montos y te indican si pagas en el banco, cómo debes hacerlo y si lo haces en el MEF, cuál es su modalidad.

La verdad es que ya uno no sabe si echarse a reír o ponerse a llorar de tantas sorpresas. Ahora se habla de cobrar mantenimiento a los apartamentos que no se han vendido, lo que trae de cabeza a los promotores, que han visto cómo la burbuja se ha ido desinflando de a poco y, al final, afecta que se emprendan nuevos.

Lamentablemente, tal parece que al final estamos casi como los argentinos, quienes acuñaron un dicho que me parece excelente: “Las crisis no son terminales y las oportunidades nos encargamos siempre de perderlas”.