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Culpable por titulares

Opinión, 27 de Septiembre de 2009, La Estrella de Panamá

Es costumbre en Panamá que cualquier caso donde se señale a un político –o a alguien cercano a uno, no importa de qué partido— primero se denuncia en un medio impreso, se juzga y se condena y posteriormente se averigua si es cierto o tiene asidero el caso que se discute. Hemos creado, por esta malsana costumbre, un culto a la Corte Suprema de la Prensa Escrita.

Esto ha sido mucho más evidente en forma reciente, por los “ sonados ” casos de ensañamiento contra candidatos y figuras políticas, gracias a la “ acuciosidad ” de las pseudo llamadas unidades investigativas. Un ejemplo elocuente es el del candidato a alcalde de la ciudad de Panamá que, ahora dicen, lo van a sobreseer de las acusaciones que se le hicieron en cuanto a que tuvo tratos con un apresado narcolavador. Fue tan abrumador el cambio de simpatías y efecto que tuvo esa campaña que ahora tendremos que vivir por los próximos cinco años con un burgomaestre que no solo mete a diario la pata, sino la mano y todas sus extremidades, de forma estrepitosa y lamentable y, que encima, cierra salas de cine a su antojo para su uso privado y anda con el doble de escoltas que un jefe de la Policía.

Esta cultura de ser culpable por titulares está tan arraigada que los lectores de los medios impresos acusan el conocimiento o siquiera la comprensión de un tema con solo leer el titular. De este sensacionalismo, generalmente cultivado por los tabloides de mucha circulación y con fotos pecaminosas en sus portadas, no han escapado los más conspicuos diarios de “ prestigio ” en este país.

Y precisamente sobre la comprensión de lo que se lee, mi artículo anterior tuvo muchos comentarios que no se ven reflejados en la página web, sino en correos que mis lectores me mandan. Uno de ellos fue el uso que dí a la palabra “ comprehensivo ”, que en el DRAE significa lo mismo que comprensivo, pero que para mí tiene mayor peso por el hecho de entender y comprender lo que se está leyendo. Tal fue el productivo debate que sostuve con una lectora y amiga que llegué a consultar con un par de filólogos, uno de los cuales, mi querido Pedro Altamiranda, me absolvió de una posible falta en la que pude haber incurrido.

También mi definición de “ segundo mundo ” produjo el comentario de un distinguido abogado que me señaló, acertadamente que los países que se consideraban de ese mundo eran aquellos que, en teoría, eran afectos al bloque comunista, y en términos conceptuales, los que tienen una economía estatizada o de planificación central, con una participación mayoritaria del Estado.

Todos esos aportes son ampliamente bienvenidos, especialmente porque en mi infinita ignorancia lo que trato es de opinar sobre los signos de deterioro que muestra nuestra sociedad y la vorágine que hemos caído en esta carrera interminable por ser los más modernos de la Región, pero no los más cultos. Una connotada periodista y con un libro recién publicado me externó que cómo hace uno para vender la idea de que la cultura y la educación son importantes en un país en donde ha quedado ampliamente demostrado que el progreso — económico — se puede dar sin éstas. Y adicionó que Panamá es uno de esos países donde se puede alcanzar el “ éxito ” sin tener cultura y educación. Es más, diría que hay cierto desprecio hacia ambas. Para muestra, un botón: tenemos funcionarios de alto nivel que ni diploma tienen y su “ éxito ” es totalmente mediático, al igual que el del alcalde.

Pero los medios televisivos no ofrecen mejores panoramas. En un noticiero recientemente escuché a un periodista diciendo, textualmente, que la Policía, en contubernio con la comunidad, estaba haciendo un operativo tal. La definición de esta palabra es “ cohabitación ilícita o alianza o liga vituperable ”. Yo supongo que el periodista no quería decir esto, sino que la acción se había tomado en coordinación con la comunidad. En manos de estos usurpadores de la palabra estamos.

Presos de la tecnología

Leí hace un par de semanas al periodista mexicano Jorge Ramos relatando su intento de desconectarse del correo electrónico, del BlackBerry o celular, de los demás “gadgets” durante unas vacaciones familiares. Es apenas un relato de lo que nos puede llevar a hacer la tecnología, sin la que no podemos vivir, pero que no nos deja vivir. Dice el periodista de Univisión que fracasó en su intento, y que ahora necesita unas vacaciones de sus vacaciones. Sus incursiones por el Facebook, el Twitter, el messenger, el Outlook y el chateo no le dejaron disfrutar de la Riviera Mexicana. Y es que de verdad, todos estos aparatos y permanente conexión están haciendo que, a pesar de estar cada día más cerca, nos alejemos más.

Yo estaba feliz hace poco, porque en un descuido se me quedó mi teléfono celular descansando en una hamaca en Coronado. Creí que estaría totalmente en paz —y de verdad que casi que lo estuve— sin esa extensión forzosa que tenemos hoy día, gracias a la privatización de las telecomunicaciones, que llegó el momento en que me sentí no como en otro sitio, sino en otro planeta. Eché mano de un celular prepago para por lo menos estar pendiente de mis más allegados, pero lo peor fue que no sabía cómo ingresar una tarjeta, no tenía los teléfonos (ya nadie se los aprende de memoria) y peor aún, al maldito aparato no le entraban las llamadas, así que a pesar de que envié a mi círculo íntimo un mensaje electrónico avisándoles la discapacidad tecnológica temporal que estaba sufriendo y dándoles el número donde me podían llamar, no pasó nada, nadie me podía conseguir.

Lo malo cuando te llaman es que la cortesía se ha perdido a tal punto que el interlocutor arranca a hablarte —más cuando te llaman de los “ call centers ” con acento extranjero— sin siquiera preguntarte si te está interrumpiendo o si tienes tiempo para escuchar su perorata.

Así las cosas, anduve navegando cuatro días, como diría García Márquez, feliz e indocumentada, sin celular que me perturbara. Pero otras dependencias tecnológicas te marchitan la tranquilidad que puedas estar disfrutando en determinado momento: los cambios o mejoras en los programas de computadoras son apenas un atisbo por el cual asomarse. No terminas de dominar uno que ya salió una versión mejor y vuelve a empezar, a aprender todo de nuevo. Si contabilizamos el tiempo que invertimos en dominar el lenguaje tecnológico, nos daremos cuenta de que hemos dejado de disfrutar con la familia —como le pasó a Jorge Ramos—, de leer un libro, ver una película o siquiera estar atentos a un debate en el que participamos. Si no me creen miren los programas en vivo, no hay quien se despegue de su BlackBerry. Y en las fotos de los diputados siempre hay uno que tiene clavadas las gafas concentrado en su mini pantalla. Como en los tiempos de antes, que era casi un estatus posar para una foto colgado de un bejuco telefónico.
Opinión, 13 de Septiembre de 2009, La Estrella de PanamáPerritos en la computadora

Cuando tomamos vacaciones debemos prescindir de conectarnos, para que podamos gozar de las mismas. Recientemente me fui a New York a encontrarme con mi hermana y a pesar de estar en una ciudad tan cosmopolita y fanática de las estrellas de cine, no nos enteramos sino dos días después de que Michael Jackson había muerto (y nos habíamos encontrado hasta con Batman frente a la Biblioteca Nacional, hablando de MJ). Por la insistencia de las noticias, especialmente de CNN y Larry King, dedujimos que el tipo había pasado a mejor vida. Tratamos, por todos los medios, de no estar presos de la tecnología. No es fácil, pero se puede.