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“NO PUEDO RESPIRAR”

Por Mariela Sagel, 7 de junio de 2020, La Estrella de Panamá

     Esa frase se le escucha a los que se contagian del Covid-19 y fue lo que clamaba desesperadamente el afroamericano George Floyd cuando el policía blanco le estaba apretando con el pie su garganta, hasta que lo condujo a la muerte en Minneapolis, hace más de una semana.  Este hecho, el que un individuo de raza negra haya sido pisoteado violentamente y fallecido por un agente policial, fue la gota que derramó el vaso en Estados Unidos, un país que ha tenido un presidente negro y donde uno esperaría que ya se ha superado el racismo que tanto dolor causó por la segregación que sufrió la población negra.

     La muerte de Floyd, cuyo supuesto delito fue pagar con un billete falso, fue la chispa que encendió una hoguera que no necesitaba mucho para que explotara.  El manejo que le ha dado el presidente Trump a la crisis sanitaria que atraviesa el mundo ha sido deplorable, al punto de que en ese país es donde más casos se registran en el mundo.  Y después de las protestas en las ciudades más importantes, con la consecuente aglomeración, no dudemos que las cifras irán en ascenso exponencial.  Uno de sus exfuncionarios más sensitivos, el que fue secretario de defensa, James Mattis, un general de la Marina estadounidense que renunció en 2018 a seguir en ese demencial gobierno ha denunciado públicamente a su antiguo jefe por dividir el país y lo ha acusado de ordenar a las fuerzas armadas a violar los derechos constitucionales de los ciudadanos estadounidenses.

     En su largo alegato, Mattis señala que es la primera vez que un presidente de Estados Unidos ni siquiera pretende hacer ver que quiere unir a los estadounidenses, por el contrario.  El camorrero que llegó a la Casa Blanca con el slogan “Let’s make America great again” (Hagamos a América (Estados Unidos) grande otra vez) lo que ha conseguido en su belicosa dirección de tres años es pelear con el mundo entero, amenazar, amedrentar y construir un muro, pero no en la frontera con México, sino alrededor de la Casa Blanca.  Ordenó que se le tirara gases lacrimógenos y arremeter contra los manifestantes que estaban frente a la iglesia episcopal de San Juan, cerca de la Casa Blanca, para él hacerse una foto con una Biblia en la mano.  Y en algunas de las ciudades donde las protestas han sido más fuertes se ha impuesto un toque de queda.

     Y aún así pretende reelegirse en noviembre.  Mattis le señala carencia de un liderazgo maduro.  Y es grave que el presidente de la más grande potencia del mundo sea un inmaduro.  En su desesperado intento de pelear con todo el mundo e imponer su estilo belicoso, amenazó con cerrar Twitter, por medio de un Twitter, que es lo único que sabe hacer.  Las protestas de miles de indignados se escenificaron desde California hasta Nueva York, Illinois, Texas, Minnesota, donde ocurrió la muerte de Floyd y el estado de Washington y se desarrollaron en forma pacífica al principio, derivando en saqueos y actos de violencia, quema de banderas y fotos del mandatario.  Se calcula que hay más tropas de la policía en las calles combatiendo estas manifestaciones, que la cantidad de tropas enviadas a Siria, Irak y Afganistán.  Trump exigió a los gobernadores mano dura y amenazó con llamar a las Fuerzas Armadas si no cesaban las protestas.

     Algo inédito, tanto como la pandemia, pero con el agravante de que el pelirrojo de la Casa Blanca ha convertido ambos escenarios, el del Covid y las protestas contra la muerte de Floyd, en su estandarte de campaña, lo que augura que no se reelegirá, y si lo hace, entonces ese país merece que no sea grande otra vez, y se hunda cada vez más en el pantano de los desaciertos y la sin razón.

     Según datos de la Universidad de John Hopkins, Estados Unidos es el país más afectado, llegando a 1,851,520 casos y 107,148 fallecidos.  No es de extrañar que después de más de 8 días de protestas, estas cifras se disparen, y todo por la prepotencia e inmadurez de un presidente decrépito.

Brasil es el cuarto país del mundo en número de muertos y segundo en número de contagios, registrando un récord de 1,349 muertes por coronavirus en 24 horas, y 584,016 casos confirmados, la segunda mayor cifra de infecciones del mundo por detrás de Estados Unidos.  Las cualidades que unen a los presidentes de ambos países son sus personalidades, populistas de derecha, que desestimaron la enfermedad al punto de que Bolsonaro se expuso ante una multitud en un caballo como burlándose de las medidas de confinamiento. 

Brasil es una bomba que estallará también en cualquier momento y, siendo el país tercer país más grande del continente, y el más grande de América del Sur, puede causar un daño irreparable en la economía mundial, así como en su población.

DESPUÉS DE 30 AÑOS

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 20 de octubre de 2019

     El próximo 20 de diciembre se cumplen 30 años de la injusta, innecesaria, cruel, y muchas otras palabras más que la descalifican como un acto de solidaridad con el pueblo de Panamá, la invasión a Panamá por parte de los Estados Unidos.  Si bien la situación política era insostenible porque el exgeneral Manuel Antonio Noriega, que ostentaba el mando del gobierno ya había perdido toda noción del clamor inmenso de una población atenazada por el miedo y repudio, no había necesidad de que nos mandaran 26 mil hombres para capturar a uno que, al final, no lograron encontrar.

     El año 1989 fue muy incierto, se realizaron unas elecciones generales que luego fueron canceladas, en abierta violación al mandato de la gran mayoría del pueblo panameño que quería que se terminara el mandato del gobierno militar, aunque hubiera un presidente civil que era impuesto por la cúpula castrense.  Veníamos de un año convulso, de una crisis económica que nos devolvió a la edad del trueque, y las elecciones fueron un referéndum que dijo alto y claro que ya era hora de que dejaran el poder.

     Noriega no era un santo, el haber manejado la inteligencia del estado lo hacía poderoso y sus muchas debilidades dejaban al descubierto una personalidad ambiciosa, déspota y cruel.  Eso quedó ampliamente demostrado a inicios de octubre, cuando un grupo de militares, liderado por el mayor Moisés Giroldi, que era su compadre y del cual el general había sido su padrino de bodas, se confabuló contra él por el innegable descontento tanto de la institución como de la gran mayoría del país.  Giroldi había sido encandilado por los gringos, que le prometieron respaldarlo cuando tuviera al general y al estado mayor sometido, y no le cumplieron.  Como consecuencia de esta traición, pagó con su vida y la de una decena de sus compañeros, en una ejecución que hoy día se conoce como la Masacre de Albrook.

     Muchas fueron las intentonas de los Estados Unidos de sacar a Noriega del poder, ofreciéndole una salida airosa, un retiro dorado, que él rechazó.  A fin de cuentas, era su creación, fue empleado de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) por muchos años y su estrella empezó a decaer cuando murió su mayor respaldo, William Casey, en 1987.  La decisión de invadir Panamá se tomó sin que esta agencia de seguridad supiera lo que iba a hacer el Secretario de Defensa, el ejército o el presidente.  George W. Bush, se había estrenado en la presidencia hacía menos de un año y el Secretario de Defensa también llevaba unos meses en su cargo (Dick Cheney).  Independientemente de todo el manejo interno que tuviera el gobierno estadounidense, la acción fue una violación al derecho internacional y un ataque censurable desde todo punto de vista.

     Destaco todas estas anotaciones porque al fin hay una comisión que está haciendo un inventario de cuántas personas murieron, dónde están enterradas, y tratando de esclarecer la verdad, después de 30 años.  Y también he estado leyendo opiniones de algunos conspicuos políticos que, irresponsablemente y sin ningún sentido de patria, alegan que ese día no debería ser declarado de duelo nacional, sino de liberación.  Tenemos 116 años de estar debatiendo sobre la leyenda negra de si la separación de Panamá de Colombia fue una concesión de los Estados Unidos y debemos aceptar que la acción de invadir Panamá en 1989 fue vil, innecesaria y una excusa del ejército estadounidense para ensayar sus nuevos juguetes bélicos en anticipo a la guerra del Golfo Pérsico, que se inició en agosto de 1990.

     Después de invadirnos, sin lograr capturar a Noriega, el ejército gringo dejó al garete al país, sin ley ni orden, y se desató un saqueo deplorable, que hizo muchísimo daño a la maltrecha economía nacional.  Fueron días aciagos, pero aún con eso, logramos resurgir de las cenizas.  Por eso no tenemos derecho a olvidar, y reflexionar, si bien otro día libre en diciembre no sería observado como de duelo nacional, porque el comercio encontraría como mantener abiertas sus puertas, por la inminencia de las fiestas navideñas.  Reflexiones que, así como dice la exposición “Last folio”, que se muestra en el Museo del Canal y se refiere a la II Guerra Mundial, nunca jamás, nunca olvidar (never again, never forget). La acción militar estadounidense perpetrada contra nuestro país no debió llamarse “Just Cause”, (Causa Justa) sino “Just Because”.