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SENTADOS SOBRE UN POLVORÍN

Por Mariela Sagel, El Siglo, 23 de abril de 2018

Los recientes acontecimientos en Nicaragua, donde las protestas por el cambio en el sistema de pensiones en la institución de seguridad social han llevado a la población a alzarse, y donde se han producido casos de violencia, debe hacernos reflexionar sobre los señalamientos de un presunto desfalco en la Caja de Seguro Social.

Nuestra institución de seguridad social es quizás la única esperanza que tienen muchos panameños de tener algo seguro en vida, pues garantiza a los que han cotizado una jubilación, aunque magra, pero una pensión que al fin y al cabo será el sustento que tendremos seguro.  De igual forma, al cotizar en ella, estamos comprando por adelantado la atención médica que está supuesta a brindar, si bien deficiente y con muchas limitaciones, es la única alternativa que muchos panameños tienen para el resto de sus existencias.

El gobierno nacional debe enfrentar con determinación todas estas acusaciones, haciendo las auditorías necesarias, pero a tiempo y pronto, porque la dilatación de éstas conduce a la pérdida de esperanza, de credibilidad y al desánimo, sentimientos que están a flor de piel actualmente por todo lo que hemos pasado en estos últimos 9 años.  Es inaceptable que la Contraloría no haga su trabajo en forma puntual, como debe hacerlo.  Ahora está auditando donaciones legislativas de períodos anteriores.  Cuando llegue al actual, ya habrá cambiado el gobierno y “a Rey muerto, Rey puesto”, como dice el refrán.

Es inadmisible esta laxitud de parte del gobierno, sea el central, la Contraloría y la misma institución, en investigar y cortar de raíz algo que se produce gracias a la forma corrupta en que se comportan los funcionarios.  El ejemplo del hermano pueblo de Nicaragua debe servirnos para emprender cuanto antes una campaña de exigir una rendición de cuentas a quienes sean responsables y que se aclare todo el caso de la manera más transparente.

UNA CUMBRE FALLIDA

Por Mariela Sagel, El Siglo, 16 de abril de 2018

      Este fin de semana se llevó a cabo la VIII Cumbre de las Américas, que se celebra cada tres años y que con tanto éxito organizó Panamá en 2015, permitiendo el primer acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, con la participación de Barak Obama y Raúl Castro, que abrió el camino para lograr un acuerdo de poner punto final al bloqueo que pesa sobre la isla caribeña desde hace casi 60 años.

En esta oportunidad se ha llevado a cabo en Lima, Perú, y su organización se ha visto afectada por varias incidencias: el retiro de la invitación a Nicolás Maduro, con la intención de terminar de aislarlo; la cancelación del viaje de Donald Trump, demostrando que América Latina lo tiene totalmente indiferente, a menos que sea para jodernos, y la creciente oposición a las medidas cautelares que se le aplicaron al expresidente Lula Da Silva, de Brasil. Todo eso en un país que estrena presidente porque el anterior acaba de ser removido.

Desde el punto de vista organizativo se considera un fracaso que los protagonistas no hayan asistido, Maduro dejó con los crespos hechos a los que organizaron la “Cumbre de los pueblos”, que es una actividad paralela que llevan a cabo los países del ALBA.  Al final los presidentes de Cuba, Paraguay, Ecuador, El Salvador y Guatemala tampoco fueron.

Trump dejó plantado a todo el continente, en espera de saber qué planes tiene para la región, que está como quien dice, al borde de un precipicio.  Estados Unidos debe caer en cuenta que ya no son los amos del mundo, que China les está robando el mandado y que cuando se despierten ya el gigante asiático se los habrá devorado.  Nuestros países requieren de mucho financiamiento para poder cambiar el modelo de negocios y competir en igualdad de condiciones.

Veremos qué arroja esta cumbre, qué haremos en estos países para contrarrestar los efectos de la corrupción que se instaló definitivamente en nuestras instituciones.