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Situaciones inexplicables

MARIELA SAGEL*

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá,  20 de febrero de 2011

No se había secado la tinta que daba cuenta del regaño que emitió el presidente a sus ministros, metiéndolos en cintura y recordándoles que él era quien mandaba hasta el 30 de junio de 2014 —uff, ¡cuánto falta y cuánto tendremos que padecer hasta esa fecha!— que ahora el desbocado mandatario, totalmente a la defensiva, dice que siguió instrucciones del canciller Varela (a quien llamó burro antes de aliarse con él) y del embajador surcoreano y se apresuró raudo y veloz a llamar al presidente de esa nación oriental, para informarle que ya las condiciones estaban dadas para que vinieran las empresas a llevarse la riqueza minera de nuestro territorio.

A veces pienso que los que nos gobiernan creen que somos tontos o que nos hacemos. Estaban enardecidos los representantes de los pueblos indígenas en las calles, no solo de las áreas aledañas a sus comarcas, sino en la capital, camino a Pacora y en toda la geografía y como una bofetada sale esta noticia.

Encima, enviaron al menos querido dentro del Gabinete a negociar con los ngäbes —menos querido es apenas un decir, cuando en público y en privado son conocidas las desavenencias que ha tenido con su jefa inmediata— y al pobre lo agarraron a trompicones, porque, dicho en buen panameño, nada se podía negociar ya, si todo estaba dicho: la ley sancionada y la advertencia dada que la misma no sería derogada. Ahora el sufrido vice se ha postulado para defensor del Pueblo. Nada me extrañaría que le dieran de premio de consolación el puesto, por los golpes recibidos. A lo mejor logra levantar una institución que prácticamente ha desaparecido durante la gestión del actual titular, al punto que ya nadie sabe si existe o no.

Una de las sorpresas que me he ido encontrando en las profundidades en que me he sumergido para poder entender el tema minero y opinar con propiedad es que, además de hacer mucho daño al ambiente, algo que quizá hace treinta años no era tan prioritario ni estaba tan de moda como ahora, margina mucho a la población femenina. Los daños que sufren las mujeres son inmensos: primeramente, no hay plazas de trabajo para las de nuestro género, lo que las hace perder independencia económica y depender de sus parejas. Si consiguen trabajo, es en labores menores, con muy bajos sueldos y son las primeras en ser despedidas. Por estar en un medio primordialmente machista, sufren de acoso, sectarismo, violencia doméstica, alcoholismo (si lo dudan, léanse El Arte de la Resurrección, de Hernán Rivera Letelier) y ni hablar que su medio ambiente se ve afectado grandemente, lo que representa inclusive una amenaza a su forma de vida, porque muchas de ellas cultivan los alimentos que ingieren sus familias. En el peor de los casos son desplazadas de sus lugares de orígenes y por ende, desarraigadas de su tierra. Y todos sabemos lo orgullosas que, por lo menos las mujeres ngäbes, lo son.

Ellas fueron las que le entraron a cachiporrazos al viceministro mártir —para darle un mérito, que reciba algo, además de los golpes— y son las que en las protestas y en las marchas y en los podios elevan su voz de denuncia ante el peligro que se cierne sobre esas poblaciones.

Que no se diga que todo esto no estaba previamente pactado con las empresas multinacionales que tenían sus ojos puestos en Panamá y era urgente por obsoleto modificar el Código Minero. Que se nos hable claro y se exponga que en vez de turismo y biodiversidad, vamos a ofrecer un panorama devastador de minería rampante y depredadora.

Y como de situaciones inexplicables estamos hablando, todavía no hay respuesta ni manifestación de ninguna instancia del gobierno sobre quién pagará los gastos de recuperación, tanto física como sicológica de los dos menores que sobrevivieron a la masacre del Centro de Cumplimiento. Un grupo de personas que exigimos que en Panamá se respete la dignidad humana hemos dispuesto que sean atendidos por médicos privados para determinar si deben recibir tratamientos que no están al alcance de los bolsillos de sus familiares. Y luego le pasaremos la cuenta al Estado. Si no, la pagaremos real a real, como se pagó la multa de la procuradora Gómez. Adherentes nos sobran.

Una novela policíaca en rosa

EL LADRÓN DE CÁLICES

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

20 de febrero de 2011

Para muchos de los lectores panameños – que cada vez son más -, el nombre de Laura Martínez Belli no suena mucho, aunque a veces me sorprendo cuando pienso haber descubierto a un autor y me escriben algunas personas que compraron su obra en uno de sus viajes, lo que me complace muchísimo. A Laura Martínez Belli no la descubrí yo sino mi hermana Rita, que en una visita que nos hizo el año pasado (ella vive en Indonesia) compró El Ladrón de Cálices en una librería local por lo atractivo del nombre, se lo leyó y luego me lo recomendó.


Pero resulta que la autora, de apenas 35 años, vivió su infancia en Panamá. Y ahora vive en México, donde ella misma dice que se siente como si estuviera en nuestra patria, la gran patria latinoamericana. Desde los 6 hasta los 14 años Laura Martínez asistió a un colegio privado de monjas y fue parte del ballet de Teresa Manns en la ciudad, residiendo en Altos del Golf, por motivos de trabajo de su padre. Dice que cuando regresó a Madrid (aunque es catalana) añoró cada día nuestro país y allá se le conocía como ‘la panameña’. Quería volver a este lado del Atlántico y así lo hizo cuando se le ofreció la oportunidad laboral de radicarse en México.

Laura estudió Historia del Arte y de protección al patrimonio cultural y ha trabajado en esos ámbitos. De allí que el tema de robo de obras de arte sacro no le sea ajeno. Esta novela, que batió records de venta cuando fue publicada, en 2010, es una mezcla perfecta de referencias históricas, artísticas, sensualidad y al reflejo de la más cruda necesidad de todo ser humano: el amor y la compañía, o dicho en otra forma, vivir una experiencia amorosa a plenitud y el miedo a la soledad.

EL ARGUMENTO

Una de las razones que me llevó a interesarme en el libro fue que tratara el tema del robo de obras de arte, toda vez que en un artículo anterior me imbuí en los leitmotiv que tienen los ladrones de arte para cometer sus fechorías, que no necesariamente son económicos, sino la necesidad o el placer de poseer algo cuyo valor es inconmensurable, y que muchas veces lo tienen bajo siete candados o detrás de complicadas claves de seguridad en una bóveda, sin poder exhibirlo, pero que les da el placer de recrearse ante ellos, a veces en total soledad (ver artículo ‘El robo del siglo’, publicado en este suplemento el 15 de Agosto de 2010). Pero me sorprendió mucho no solo la forma como trató el tema de los expolios (motivo iconográfico cristiano que representa a Jesús) sino también cómo la autora logra ensartarse en los acontecimientos que marcaron a la juventud de 1968 con la brutal represión que se dio en la Plaza de Tlatelolco, y de la cual las descripciones son abrumadoramente acertadas.

Contrario a lo que alega el título, el ladrón de cálices creado por Laura Martínez como un hombre exquisito, guapo, de modales cuidados, apetecible para cualquier mujer, no es el personaje principal sino su eventual esposa, Olga, cuya vida la lleva desde España, hasta el México de fines del año 68, donde se deleita en aprender los secretos de la comida mexicana y donde se enmancuerna con el lacónico mayordomo de su marido, un indio llamado Matagá que tiene los ojos azules. A pesar que su matrimonio fue por conveniencia –y, por qué no decirlo, por correspondencia – la protagonista se enamora poco a poco de su esposo y él a su vez de ella, aunque en su lista de valores no está el del amor. No falta tampoco el tangencial personaje que igualmente queda prendado de la sensual española –el detective Lombardo -, al punto de deshacer la unión de conveniencia que tenía hasta ahora (también sin que mediara compromiso, pero por miedo a la soledad). Habiendo finalmente intimado los esposos se sumergen en una pasión desenfrenada que los lleva a las más altas cúspides y la autora describe estos encuentros con gran destreza y sutileza, sin caer en puritanismos hipócritas.

Los antecedentes históricos son muy importantes en esta novela. Olga es producto de una etapa crucial en España, cuando acontecía la Guerra Civil y la dictadura de Francisco Franco, y llega a México para el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, bajo cuyo mandato ocurre la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Su padre, al principio idealista y apasionado de las ideas de Marx y Engels, quiso emigrar a Rusia en los años ’30 pero su madre se lo impidió y como la quería tanto, nunca se fueron. Posteriormente su escenario familiar cambiaría a tal punto de empujarla a casarse por conveniencia, sin tomar en cuenta el amor.

FANTASÍA Y REALIDAD

Sebastián, el ladrón de cálices, existe en la vida real y es conocido como Erick el Belga, que se dedicó a este tipo de robos, fue capturado, juzgado y jamás condenado. Tal parece que cuando la autora conoce la historia de este singular ladrón, encuentra la base de su propio relato.

No deja de maravillarme la cantidad de acontecimientos que suceden durante esta novela, y lo bien ensartados que los tiene la autora catalana residente en México, ‘la panameña’ como la llamaban sus compañeros al volver a España. En un intercambio que tuve con ella por correo electrónico me reiteró que nada le complacería más que volver a Panamá y presentar su libro. Estoy segura que tanto la editorial como sus ex compañeras del Colegio María Inmaculada podrían hacer un esfuerzo para que la autora de El Ladrón de Cálices’ pudiera echar el cuento en ésta, ya no su segunda pero sí tercera patria. Su primera novela, Por si no te vuelvo a ver fue publicada en 2007, también por Planeta. Como dice una de las reseñas críticas que la autora me mandó, ‘Laura Martínez Belli, hace verosímil lo increíble’.