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La voz de los sin voz

09 de mayo de 2010 

MARIELA SAGEL*
La Estrella de Panamá

Así llamó a los medios de comunicación Monseñor Oscar Arnulfo Romero, según las palabras de mi apreciado amigo Guillermo Antonio Adames, quien tuvo a bien invitarme a la toma de posesión de la Junta Directiva, que a partir del martes él preside, del Consejo Nacional de Periodismo, que reúne gremios, empresas periodísticas, la academia y la sociedad civil para fomentar el periodismo de calidad, libre y responsable y fortalecer la democracia y la libertad de expresión.

Precisamente el día anterior (3 de mayo) se celebraba el Día de la Libertad de Expresión y el evento al que asistí estaba lleno a más no poder, con las figuras representativas de todas estas corrientes e, inclusive, invitados internacionales. Ñito, como todos conocen a Guillermo Adames, fue honrado con la asistencia del señor presidente de la República, Ricardo Martinelli, y con el recién estrenado Arzobispo, Monseñor José Domingo Ulloa (que el presidente llamó José Dimas, pero yo la metí hasta el fondo cuando le saludé y le dije Monseñor Laboa).

De su discurso, que me pareció una pieza magistral de sapiencia y saber decir las cosas como son sin herir a nadie, destaco aquello que los medios hoy día son menos obsecuentes con el poder, es decir, no están sumisos a él. Que se ha disfrutado de una opinión pública autónoma y bien informada, que es la base de la legitimidad de la democracia. Y que la democracia de un régimen se mide por el grado en que se ejerza la libertad de prensa, que es la vara para medir la democracia.

El periodismo, dijo Adames, es una profesión, un oficio, que basa su credibilidad en la independencia. “ Y es que sin crítica y reportajes confiables e inteligentes el gobierno no puede mejorar su forma de gobernar… ”.

La responsabilidad de los medios está en hacer un periodismo crítico, de denuncia, pero ecuánime y equilibrado, señaló Ñito Adames. Y finaliza con una alegoría muy entusiasta: “ al edificio de la transición panameña a la democracia, le faltan pisos por construir ”.

Pero no solo les toca a los medios hacer un periodismo crítico, también a los lectores, a los bisoños, a los que queremos emitir nuestras opiniones sin cortapisas. En Panamá, como asumo quiso decir el presidente Martinelli en su atropellado discurso en el acto de toma de posesión, todo el mundo tiene una epidermis muy corta (supongo que debió decir delgada o sensible) no solo los políticos, también los escritores, los pintores, los artistas, no resisten una crítica, y se ensañan por nuestras opiniones públicas y lo hacen a través de todos los medios que pueden, sin darse cuenta que, rechazando lo que nos atrevemos a señalar con valentía lo que es nuestro humilde criterio, nos catapultan a la fama.

En Argentina, Federico Andahazi ganó en 1997 un premio por su novela “ El anatomista ” y cuando la presidenta de la Fundación que otorgaba el galardón leyó el manuscrito, se lo retiró. Lo siguiente fue la fama inmediata y más recientemente, con su “ Historia sexual de los argentinos ”, (una serie de tres libros) hasta han solicitado excomulgarlo y hordas enardecidas han pedido su cabeza. Lo único que ha conseguido es que sus libros se vendan como papas fritas.

Como me manifestó mi profesora de Historia del Arte del Colegio de Las Esclavas, Ángela de Picardi, “ Lamento que vivamos aún en Panamá este criterio de que las críticas literarias o artísticas sean para definirse en el plano del insulto personal y no en el de las ideas o argumentos ” en respuesta a un virulento ataque de una autora – a la que ni siquiera criticaba, nada más como referencia que debía apartarse del grupo literario en que “militaba” — como consecuencia de un artículo que publiqué en una revista internacional. Y como si fuera poco, esos mismos comentarios los dicen los que hoy me quieren crucificar, pero en voz baja y con palabras soeces y gestos aún más deplorables.

En fin, este es Panamá, donde las pasiones se enfocan en pequeñeces y las mismas no permiten que se crezca, como se ha elevado mi querido amigo Ñito al lanzar un discurso que debe hacer pensar a toda la clase periodística panameña y recapacitar a la clase política, que ha dado tantos golpes a la independencia de los que opinamos sin complacencia.

Darle la oportunidad a la esperanza

MARIELA SAGEL

2 de Mayo de 2010

El asesinato frío y calculador de un individuo que siempre estuvo rodeado de polémica ha causado estupor y rechazo a la creciente ola de violencia que sigue en aumento en nuestro país. Si la semana que acabó con el mes de abril no fue la más violenta del año, por lo menos está cerca de serlo.

Me refiero al Lic. Javier Justiniani, que vivió y murió entre contradicciones. Durante su vida enfrentó muchas coyunturas que lo llevaron hasta pasar algunos años tras las rejas y después de muerto, sigue dando de qué hablar, al punto que ahora pretenden “investigarle su pasado”. Como dice mi querido Domplín, “no hay muerto malo ni niño feo” -en realidad, eso dice él que decía su abuela, que debió ser una sabia porque tiene cada dicho- pero en este caso, hay indicios que nos llevan a conclusiones y nos dan la oportunidad de reflexionar sobre las causas que perseguía.

El trabajo de rehabilitación de la población penitenciaria es muy complejo y no deja de ser peligroso y arriesgado. Hay teorías que sostienen que los privados de libertad deben mantenerse ocupados porque el ocio lo que hace es darle oportunidad a la maldad para que invente formas de evadirse, de dañar al que comparte su celda, lo que no deja de ser cierto.

En este proceso juega en contra de la rehabilitación la alta mora judicial que existe y la misma se origina por la lentitud de los procesos que lleven a condenar o absolver un detenido en el tiempo preciso. Si es inocente, la sola contaminación con los demás presos ya lo daña durante el tiempo que permanece en las cárceles.

Hemos dado muestras fehacientes que sí se puede hacer productiva esa mano de obra ociosa que está privada de libertad. Durante mi gestión firmé con el grupo Bern, que construía en esa época el Hotel Gamboa, un acuerdo que permitió a un par de cientos de presos trabajar en su construcción, así como a los magníficos talladores que tiene El Renacer hacer hermosas piezas de madera que adornan ese exclusivo resort enclavado en el río Chagres.

También había un centro de reclusión femenina en Chiriquí que producía unos dulces y jaleas que eran muy sabrosas, y ambas actividades, la de los presos de El Renacer y la de las damas chiricanas, le daban la oportunidad a esos privados de libertad de enviar a sus desconsoladas familias algo de dinero para sus apremiantes necesidades.

Cuando Coiba era una isla penal, las extensiones eran tan vastas que las siembras de arroz servían para abastecer muchas cárceles del país, así como la gran cantidad de cabezas de ganado que habían, los recursos avícolas y las porquerizas que logramos instalar.

A la memoria de todos los que creen en la rehabilitación de los detenidos y los que siguen promoviéndola, les ofrezco una voz de aliento y esperanza.