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Un buen español

En mi reciente peregrinar proselitista a favor de un pre candidato del partido que hoy celebra sus primarias, asistí al muy escuchado programa de radio del Prof. Edwin Cabrera. Yo trataba de describir la ciudad de Panamá y cómo se percibe a los ojos de quienes la vivimos y de quienes la visitan. Utilicé el término cosmopolita y una señora llamó y dijo que se notaba que yo no había viajado mucho y que cosmopolita quería decir que es una ciudad que se parece a otras, o que puede ser una ciudad para muchos extranjeros. En mi infinita ignorancia llegué a mi casa buscando la definición de esta palabra, utilizada a la ligera con un regaño de por medio, y me encuentro con esta definición en el DRAE: “Dicho de una persona: Que considera todos los lugares del mundo como patria suya. Que es común a todos los países o a los más de ellos. Dicho de un ser o de una especie animal o vegetal: Aclimatado a todos los países o que puede vivir en todos los climas. El hombre es cosmopolita”.

Más entendible encontré en la popular Wikipedia que cuando se refiere a costumbres o modales, concierne a una persona que ha vivido en muchos países y que conoce sus costumbres; para los gastrónomos, la paella es el plato más cosmopolita porque es común a todos o la mayoría de los
países y que el lugar en el que conviven personas de diferentes países se puede catalogar como una ciudad cosmopolita, como New York. Mejor dicho, yo no estaba totalmente errada al decir que Panamá es una ciudad cosmopolita.

Y yéndome en el gusto por la etimología, escuché de un apreciado amigo, comunicador reconocido, que el término atorrante, tan ligeramente escuchado, escrito y dicho, se refería, científicamente, a las alcantarillas que un industrial, me imagino que francés, instaló en la ciudad de Buenos Aires. El fabricante le ponía a sus enormes caños su firma “A. Torrans”. Allí dormían los sin techo, en una época de mucha pobreza y escasez de trabajo, en los años ’30. Nosotros la usamos para describir en forma
despectiva a un desvergonzado y desfachatado que hay muchos, en los medios, candidatos y personas comunes y corrientes. La atorrancia es casi como un común denominador en los panameños.

Dejaré para otra entrega la etimología de la palabra cretino, que me encanta, pero el nuevo formato de la Estrella no me deja extenderme mucho más que hasta aquí. Dentro de poco tendré que escribir telegramas.

El amor en los tiempos del cólera

En noviembre de 1985 hubo una erupción del Volcán Nevado del Ruiz, que mató a más de 25,000 personas y que es considerada la segunda actividad volcánica más devastadora del Siglo XX. Inmediatamente, el escritor colombiano, Gabriel García Márquez, Premio Nóbel
de Literatura, destinó una edición de lujo, de solamente 1,000 ejemplares, firmados y notariados vendidos a precios hoy día imponderables, cuyos beneficios serían destinados exclusivamente para los damnificados de esa tragedia.

La novela, ambientada en el corazón del Río Magdalena, caudaloso y cautivante, es la historia del amor de Florentino Ariza, quien nunca se casó, por Fermina Daza. En el camino llevaba un pormenorizado detalle de cuántas amantes tuvo, pero siempre le fue fiel. Mientras tanto, su amada
estuvo casada y enviudó, para finalmente casarse con su eterno enamorado en las postrimerías de la vida de ambos. Esta edición, que tiene 335 páginas, la leí con fruición y siempre tuve adoración por el tema, y lo mantenía en una especie de culto, en un mueble antiguo giratorio especialmente diseñado para libros, a la entrada de mi casa.

El año pasado, finalmente, llegó a Panamá la película, largamente postergada, de esa historia y basada en su novela, con la actuación magnífica de Javier Bardem (para comérselo) y Giovanna Mezzogiorno, junto a artistas hispanos y mayormente colombianos. Allí se desgranan los 51 años, 9 meses y 4 días desde que Florentino vio por primera vez a Fermina, en un escenario mágico de Cartagena de Indias, con una iluminación magnífica y con algunas estridencias de Shakira, a quien se le encomendó la banda sonora. Como se escenifica en las finales del siglo XIX y principios del XX, la epidemia de cólera era una realidad tan grande que los “síntomas del amor se confunden con los de esta enfermedad”.

Tengo entendido, y si no me corregirá mi muy admirado Jorge Eduardo Ritter, que García Márquez no afloja muy fácilmente sus elaborados libros, porque es difícil que una película supere la magnificencia de la literatura, y que él abandonó su intención de hacer cine cuando se dio cuenta de lo recursivo del
lenguaje, cuando es magistralmente manejado como lo hace él. De sus títulos pocos han sido llevados al cine, todavía estamos esperando su obra maestra, Cien Años de Soledad. El Amor en los Tiempos del Cólera fue, junto a La Fiesta del Chivo, de las mejores películas que se presentaron el año pasado.
Ojalá que el autor se haya sentido tan contento como nos sentimos los que degustamos esa película.
La historia tiene cierta relación con la conocida Ligia Elena, canción de nuestro orgullo artístico, Rubén Blades. Florentino se enamora de Fermina y la corteja desde su adolescencia, pero las diferencias sociales los separan, por eso la espera por tanto tiempo. Y como siempre la esperanza es lo último
que se pierde, y tal cual dice Joaquín Sabina, Amores que matan nunca mueren, aquellos que aman siempre tienen esperanzas.

Toda esta larga perorata intelectual me lleva a contarles, a los seguidores
de las actividades de Rocco, mi perrito Schnauzer, sus últimas travesuras.
Aún cuando se porta bien, a veces se desespera cuando no tiene a alguien
cerca o pendiente de él. Recientemente tuve que ausentarme por unos días al
interior de la República y lo dejé con su nanita querida. Sin embargo, en
represalia a mi “abandono”, un buen día me llamó mi fiel asistente doméstica
para contarme que cuando llegó a la casa, en la mañana, después que yo me
había marchado, Rocco había sacado de mi precioso mueble giratorio antiguo
el libro numerado y firmado por el Gabo, y lo había atacado, tal como lo
hizo anteriormente con Sin tetas no hay paraíso. El lomo del libro, arriba y
abajo estaba mordisqueado y la lámina que recubre la cubierta dura
totalmente destruida. Más todavía, dentro de los libros guardo comentarios y
referencias, especialmente al momento de su presentación, y tenía un recorte de La Estrella de Panamá en la fecha de su lanzamiento, en diciembre de 1985, que se degustó completamente. Ahora me toca irme a la Biblioteca Nacional a sacar una fotocopia de ese valioso texto para reemplazar lo agenciado por mi perrito.

Con esto no pretendo apabullar a nadie alardeando sobre mis lecturas o preferencias intelectuales, solamente dando un ejemplo de cómo hasta una mascota puede contagiarse de temas culturales y tener discreción en escoger lo que cree es mejor para leer, mirar y estudiar. También para darnos cuenta de que, los gustos, cuando son bien orientados, pueden hacer que el individuo se supere tremendamente y cada día vaya ascendiendo en la categoría de escoger entre leer basura a estupendas obras.