Sobre las leyes de seguridad

La semana pasada, cumpliendo el compromiso que había asumido el gobierno de consultar a todos los sectores de la sociedad sobre el proyecto de cinco decretos-leyes que pretende pasa el Ejecutivo en este tiempo donde goza de facultades especiales, fui invitada, junto al resto de los ex ministros de gobierno y jefes de la Policía y PTJ, a una reunión en Palacio, en la que sirvieron de gentiles anfitriones el ministro de la Presidencia, Lic. Dilio Arcia, y el ministro de Gobierno y Justicia, Lic. Daniel Delgado Diamante.

En una selecta reunión, donde brillaron por su ausencia los ex colaboradores de los gobiernos arnulfistas, con las honrosas excepciones del Dr. Ricardo Arias Calderón y el Lic. Jaime Abad, pasamos casi cuatro horas debatiendo el tenor de estas leyes y la repercusión de las mismas en la sociedad en general.

Nos fue presentado, como primer punto, al viceministro de Seguridad, Lic. Rodrigo Cigarruista, quien fungía como director del Servicio Marítimo Nacional, que ahora se quiere fusionar con el Aéreo, para crear una entidad llamada Servicio Nacional Aeronaval (SENAN). Para mí en lo particular fue
satisfactorio que se lograran crear dos viceministerios en el súper poderoso Ministerio de Gobierno. Fue un proyecto que yo elaboré en 1999 y aunque aprobado en el Consejo de Gabinete, no fue llevado al Legislativo por falta de tiempo.

En una sucinta y bien estructurada presentación, el nuevo viceministro nos señaló lo indefendible que son nuestras costas y nuestras fronteras para el enemigo más grande que tiene el país, que es el narcotráfico y sus secuelas.

El primer interlocutor, de entre los presentes, fue el Dr. Arias Calderón,quien recordó que en el año 2000 se logró llegar a un consenso en el llamado Fundamentos de la Política Panameña de Seguridad, donde tanto el ministro Delgado como él participaron (ambos pertenecientes a partidos opositores al gobierno de entonces), y que no tenía ninguna duda de las prístinas intenciones del gobierno actual en cuanto a cumplir una promesa de campaña cual fue la de más seguridad.

Por mi parte, y habiendo hecho mi tarea (estudiar los proyectos de decretos-leyes), expuse que consideraba innecesario insistir en nombrar un uniformado al frente de la institución policial, sobre todo con una descripción de funciones tan ambigua como “un profesional con título universitario”. Sería terrible que se cometiera el error de escoger a un diseñador de interiores o experto en arreglos florales para ese puesto.

También dejé sentado mi planteamiento de que todos esos almibarados temas de inteligencia y seguridad, adscritos al Consejo y que muchos han señalado como una vuelta al G-2 eran totalmente violatorios a la Constitución. Sin embargo, ya los ministros anfitriones habían adelantado que dichos textos deberían sufrir una transformación, porque se había demostrado que su redacción y planteamientos no eran comprendidos a cabalidad.

Por otro lado, reforcé la idea, largamente expuesta desde hace diez años, de que en las fronteras con los países vecinos no sólo hace falta un pie de fuerza, sino la presencia de todas las dependencias del Estado que tienen un control sobre lo que ingresa y lo que sale: Migración, Aduanas, Salud, etc. Es decir, la defensa de las fronteras debe ser concebida como un tema diplomático, donde los gobiernos de los países vecinos se comprometan a reforzarlas de la misma manera que lo estaría haciendo Panamá, no como un área aislada o como una zona de guerra.

Fueron muchas y abundantes los aportes de los presentes, algunas con carácter más interpretativo que práctico, ya que casi todos los presentes eran abogados. Allí podríamos aplicar muy bien aquello de “cuando entre abogado te veas”. Muy importantes fueron la participación del Lic. Ramó Lima, señalando que la seguridad y la defensa son bienes públicos y, por tanto, son responsabilidad del Órgano Legislativo; y la del Lic. Jaime Abad, apuntando a que el gobierno de Martín Torrijos debe pasar estas reformas en su período.

En lo que a mí respecta, creo de manera contundente que no se trata de una vuelta al militarismo, tal como se ha hecho ver por los eternos opositores del PRD, que posiblemente ni siquiera han leído los proyectos; pero que no es el momento de hacerlas, aprovechando las facultades extraordinarias que
tiene el Ejecutivo y que revisando los temas de inteligencia y seguridad nacional y replanteándolos pueden legalizarse las acciones que está haciendo un estamento que fue creado por el gobierno de Guillermo Endara y cuyas funciones no están bajo ninguna legislación.

Es importante tener en mente que las escuchas telefónicas o la pinchadura de teléfonos ya casi son obsoletas, por cuanto la tecnología ha evolucionado mucho más rápido que las leyes que las rigen por lo que cualquier acción que se tome para salvaguarda los valores estratégicos del Estado se deben enfocar de manera preventiva.

Finalmente, reitero, y así lo dejé sentado en la reunión, que la percepción es más importante que la información. Pasar estas reformas a tambor batiente y con facultades especiales crea suspicacia y sobre todo, en medio de la vorágine de unas primarias del partido gobernante. Yo sigo creyendo aquello de “vísteme despacio que tengo prisa”, frase atribuida Napoleón Bonaparte, pero que resume claramente que las prisas no son buenas consejeras.

El gobierno de Martín Torrijos debe cumplir con su promesa de más seguridad y la verdad es que, desde 1999, la inseguridad se ha ido tomando las calles y áreas de todo el país. Estamos diez años tarde en aplicar nuevos criterios, antes estábamos bajo el paraguas de los gringos, ahora nos toca a
nosotros ser responsables de la tranquilidad y el bienestar de los millones de panameños que se sienten inseguros en sus bienes y en su diario vivir.

Pensemos entonces con la cabeza fría y aportemos a lograr un verdadero plan de seguridad integral sin aspavientos, marchas ni proclamas. Estoy segura de que dejándole la pelota al próximo gobierno, el que sea, no lo vamos a hacer mejor.

El edificio de la Biblioteca Nacional

Mi artículo de la semana pasada causó tal revuelo que me toca hacer este segundo para enmendar algunos entuertos creados por mi infinita ignorancia, por la falta de espacio que ofrecen las páginas de opinión (y eso que aquí en La Estrella puedo escribir largo, como me gusta) y porque mi intención era preparar el terreno para que la Fundación Biblioteca Nacional lance su campaña para recaudar fondos para una muy necesitada expansión. Es pertinente, entonces, referirme al espacio que alberga a esa valiosa institución.

Lo primero que quiero resaltar es que la idea de hacer ese edificio en donde está actualmente surgió en la época del gobierno militar de Omar Torrijos. Siendo presidente de la República el Dr. Aristides Royo, después del repliegue del general, se iniciaron las gestiones para mudar el patrimonio de la biblioteca a un edificio cónsono con las necesidades de una institución moderna. Mi muy recordado profesor y arquitecto, Raúl R. Rodríguez Porcell, donó los planos para el edificio. Me señaló el Ing. Luis H. Moreno, que el interés del Dr. Royo en la función y la importancia de la biblioteca se manifestó desde que el primero era ministro de Educación, (1976-1978) y de su propia vinculación (la de Moreno) cuando apenas era un estudiante de secundaria y luego de salir de sus clases en La Salle se iba a la biblioteca, que aparentemente estaba donde hoy funciona la Presidencia. El decreto que establece el nombre de Ernesto J. Castillero para la biblioteca, que entonces funcionaba enfrente de la Asamblea Nacional, fue firmado siendo presidente Aristides Royo y su ministra de Educación, Susana Richa de Torrijos.

Luego de la forzada salida del Dr. Royo de la Presidencia, el proyecto fue abandonado por un tiempo, con planos donados incluidos, y tocó al entonces presidente Manuel Solís Palma inaugurarlo en 1987, otorgándole a doña Vilma Sánchez de Royo el reconocimiento que merecía su hijo por haber iniciado esta cruzada. Pero el esquema no funcionaba como estaba planteado, siendo una dependencia más del gobierno, expuesta a los vaivenes de la política, que a fines de la década del 80 se puso color de hormiga.

Cuando se crea la fundación, como resultado de la recomendación de una comisión que estudió la infraestructura y patrimonio que esta contenía, los arquitectos Marcelo Narbona y Ricardo J. Bermúdez hicieron adecuaciones al diseño original del Arq. Rodríguez Porcell y recibieron incluso la consultoría de una arquitecta especialista en diseño de bibliotecas, Elvira Muñoz, quien vino de Venezuela con este propósito. Al igual que mi insigne profesor, ya fallecido, los arquitectos Narbona y Bermúdez donaron su trabajo intelectual para adecuar las instalaciones a lo que gozamos hoy: un edificio moderno, en medio de un solaz y un verdor único, con colores y facilidades especialmente pensados para la labor que lleva a cabo. Aquella concepción de que quedaba apartada ha sido totalmente desvirtuada por el incremento mes a mes y año a año de visitantes que tiene la Biblioteca Nacional. Entiendo que el nombre que se le dio a la biblioteca también ha creado algún escozor, porque fue la decisión de un presidente de tránsito, como los tantos que tuvimos en los 80, pero lo que sí me consta es que la fundación se llama solo Biblioteca Nacional, que es lo que importa. En todo caso, y como lo he mencionado en muchos artículos y discursos, lo importante no es quién lo hace, sino qué queda.

Como la vida te da sorpresas, como dice la canción, le tocó a Mireya Moscoso inaugurar la nueva infraestructura de la Biblioteca Nacional y, por supuesto, no invitó a quien tuvo la iniciativa de dejársela a una fundación para que la administrara admirablemente y mucho menos hizo mención de todos los actores que participaron en la gestación de esta ejemplar institución del saber. Pero nunca es tarde para reconocerles su aporte y valor.

Uno de los tantos correos que recibí como comentario a mi artículo fue la de un amigo de Los Angeles, que me mencionó al arquitecto Christoph Kapeller, austríaco, quien diseñó la Biblioteca de Alejandría, en Egipto. Ese solo ícono le dio mucha fama, ya que obtuvo el encargo gracias a un concurso que organizó la ONU. Me sugiere mi amigo que ahora que tendremos un museo como el anunciado de la Biodiversidad (con todos sus secretismos y misterios), que lleva la rúbrica de Frank Ghery, sería extraordinario que un arquitecto de la estatura de Kapeller aportara al engrandecimiento de la urbe capitalina, que además brinde oportunidades de aprendizaje y no más malls donde los hombres van a echarle un ojo a las chicas extranjeras que pasean sus traseros impunemente y sin comprar nada, sus mujeres se empeñan para tener el último grito de la moda y los niños compiten para tener el Gadget que les dará una ubicación privilegiada en su grupo de amigos.

Como honrar honra, hago un reconocimiento especial a los gestores iniciales de la biblioteca, a los ejecutores y sobre todo, a los que llevan ejemplarmente la Fundación actualmente, empezando por la Junta Directiva y que ahora, más que nunca, van a necesitar del apoyo de todos los panameños, especialmente de los políticos. Podrían empezar todos sus protagonistas con firmar un cheque para iniciar la ampliación de la Biblioteca Nacional.