Reality Show

Opinión, 4 de Octubre de 2009, La Estrella de Panamá
El alcalde reclamando su nacionalidad, el colmo del reality
Casi a diario —los más que puedo— escucho el programa “El Cañonero de Domplín”, que siempre tiene los bochinchitos calientes, con mucha sal y pimienta y con esa sapiencia que colocan a Andrés Vega (“Domplín”) como uno de los más beligerantes periodistas radiales —o el más— y una voz autorizada especialmente en la política. En la semana que recién terminó, después de los saludos a Perla y Calitín, entre otros, (yo creo que ni ellos saben quiénes son), estaba “Domplín” analizando las diferentes instancias que sucedieron en el funeral del presidente Endara. Y destacaba, como la más retorcida y un verdadero exabrupto, las declaraciones que hizo el alcalde a su salida de la Catedral Metropolitana: cambiarle el nombre a la Cinta Costera por Guillermo Endara Galimany.

Le atribuía el periodista al burgomaestre que, por su más reciente pasado mediático al frente de un “ reality show “, sus reacciones y apariciones están todas revestidas de mucha emoción. Sin embargo, me picó la curiosidad y me puse a buscar los significados de la expresión tan alegremente utilizada. Es así como me encuentro que en el Diccionario de la lengua española Espasa-Calpe la definen como “ un programa televisivo que muestra como espectáculo los aspectos más morbosos o marginales de la realidad ”. Otro, del diario El País , como “ un programa de televisión que trata sucesos reales como un espectáculo “. La expresión la españolizan como “ telerrealidad ”, y señalan los programas que la practican como de “ un género televisivo en el cual se muestra lo que le ocurre a personas reales, en contraposición con las emisiones de ficción donde se muestra lo que le ocurre a personajes ficticios “ (personajes interpretados por actores, de ahí, su efecto de realidad). Entre las categorías hay una que encajaría perfecto para el “ show ” diario que vivimos y a un concurso de telerrealidad donde un grupo de personas en un ambiente cerrado compiten por un premio, mientras son observados de forma continua por las cámaras.

Profundizando en la vívida recreación que hacían en “ El Cañonero ”, encuentro acertadísimo el señalamiento puesto que, primero, el alcalde ganó fama en “ Bailando por un Sueño “ y segundo, tiene reacciones que lo enmarcan dentro de la descripción que hacen los diccionarios de lo que es un “ show ” de telerrealidad. Pero lamento tener que confirmar que se acerca más a la primera definición, la que dice que “ muestra como espectáculo los aspectos más morbosos o marginales de la realidad ”.

Es patético que nuestros destinos como ciudadanos estén en manos de personas viscerales, que reaccionan al primer impulso y con la primera de las ocurrencias. Es así como no sé si la Cinta Costera tiene otro nombre que no sea Avenida Balboa. Con la falta de nomenclatura en este país, sería un desastre estar poniéndole a las obras nombres de figuras que, sin desmeritarlas, causarían más enredo en los orientadores geográficos y los turistas, que cada día se quejan más de esta ciudad, cuyas direcciones se dan en virtud de las cercanías que hay o ha habido en determinado barrio. Por ejemplo, la calle F de El Cangrejo no se señala así, sino como “ la calle donde vive Durán (el boxeador) ”.

Por otro lado, es lamentable que se quiera ganar indulgencias con Avemarías ajenas, y este es el caso de la figura de Guillermo Endara, que aún no había sido cremado y ya le estaban esparciendo sus cenizas por la Cinta Costera. El presidente Endara recibió el reconocimiento y sus familiares el cariño y respeto que se merecían y no había que excederse al punto de hacernos quedar en ridículo.

Ya tenemos la experiencia del Parque Omar, que por más de una décadas se llamó así, a principios de los 90 se le cambió el nombre a Héctor Gallego y volvió a los cinco años a llamarse Parque Omar, como hasta la fecha sirve de obligada referencia. Bien dijo “ Domplín “ que espera que el alcalde nos dure en el puesto el término por el que ganó, porque si algo le pasa, hasta a la sede de la Embajada de los Estados Unidos le cambian el nombre por el del alcalde o a la sala de masajes de la Vía Cincuentenario.

Culpable por titulares

Opinión, 27 de Septiembre de 2009, La Estrella de Panamá

Es costumbre en Panamá que cualquier caso donde se señale a un político –o a alguien cercano a uno, no importa de qué partido— primero se denuncia en un medio impreso, se juzga y se condena y posteriormente se averigua si es cierto o tiene asidero el caso que se discute. Hemos creado, por esta malsana costumbre, un culto a la Corte Suprema de la Prensa Escrita.

Esto ha sido mucho más evidente en forma reciente, por los “ sonados ” casos de ensañamiento contra candidatos y figuras políticas, gracias a la “ acuciosidad ” de las pseudo llamadas unidades investigativas. Un ejemplo elocuente es el del candidato a alcalde de la ciudad de Panamá que, ahora dicen, lo van a sobreseer de las acusaciones que se le hicieron en cuanto a que tuvo tratos con un apresado narcolavador. Fue tan abrumador el cambio de simpatías y efecto que tuvo esa campaña que ahora tendremos que vivir por los próximos cinco años con un burgomaestre que no solo mete a diario la pata, sino la mano y todas sus extremidades, de forma estrepitosa y lamentable y, que encima, cierra salas de cine a su antojo para su uso privado y anda con el doble de escoltas que un jefe de la Policía.

Esta cultura de ser culpable por titulares está tan arraigada que los lectores de los medios impresos acusan el conocimiento o siquiera la comprensión de un tema con solo leer el titular. De este sensacionalismo, generalmente cultivado por los tabloides de mucha circulación y con fotos pecaminosas en sus portadas, no han escapado los más conspicuos diarios de “ prestigio ” en este país.

Y precisamente sobre la comprensión de lo que se lee, mi artículo anterior tuvo muchos comentarios que no se ven reflejados en la página web, sino en correos que mis lectores me mandan. Uno de ellos fue el uso que dí a la palabra “ comprehensivo ”, que en el DRAE significa lo mismo que comprensivo, pero que para mí tiene mayor peso por el hecho de entender y comprender lo que se está leyendo. Tal fue el productivo debate que sostuve con una lectora y amiga que llegué a consultar con un par de filólogos, uno de los cuales, mi querido Pedro Altamiranda, me absolvió de una posible falta en la que pude haber incurrido.

También mi definición de “ segundo mundo ” produjo el comentario de un distinguido abogado que me señaló, acertadamente que los países que se consideraban de ese mundo eran aquellos que, en teoría, eran afectos al bloque comunista, y en términos conceptuales, los que tienen una economía estatizada o de planificación central, con una participación mayoritaria del Estado.

Todos esos aportes son ampliamente bienvenidos, especialmente porque en mi infinita ignorancia lo que trato es de opinar sobre los signos de deterioro que muestra nuestra sociedad y la vorágine que hemos caído en esta carrera interminable por ser los más modernos de la Región, pero no los más cultos. Una connotada periodista y con un libro recién publicado me externó que cómo hace uno para vender la idea de que la cultura y la educación son importantes en un país en donde ha quedado ampliamente demostrado que el progreso — económico — se puede dar sin éstas. Y adicionó que Panamá es uno de esos países donde se puede alcanzar el “ éxito ” sin tener cultura y educación. Es más, diría que hay cierto desprecio hacia ambas. Para muestra, un botón: tenemos funcionarios de alto nivel que ni diploma tienen y su “ éxito ” es totalmente mediático, al igual que el del alcalde.

Pero los medios televisivos no ofrecen mejores panoramas. En un noticiero recientemente escuché a un periodista diciendo, textualmente, que la Policía, en contubernio con la comunidad, estaba haciendo un operativo tal. La definición de esta palabra es “ cohabitación ilícita o alianza o liga vituperable ”. Yo supongo que el periodista no quería decir esto, sino que la acción se había tomado en coordinación con la comunidad. En manos de estos usurpadores de la palabra estamos.