¿LA TECNOLOGIA NOS RESUELVE O NO?

Perritos en la computadora

Por Mariela Sagel

En los últimos años, la dependencia que hemos desarrollado hacia la tecnología no solo ha ido en aumento sino que la velocidad con que vamos adoptando diferentes gadgets es exponencial a cualquier otro implemento que exista en nuestro entorno, como puede ser una plancha, una aspiradora o un aire acondicionado.

Ya no podemos vivir sin un ordenador o como decimos en el patio, una computadora.  Y no necesariamente para las labores más loables, como son el producir en nuestro trabajo, sino para “chatear”, para estar unidos a una red social y, en el peor de los casos, para meternos a ver páginas de contenido libidinoso.  Cuando yo me inicié en estos avatares del uso de computadoras era el año 1987 y utilizaba un procesador de palabras y la hoja electrónica popular de ese entonces, que solucionaba las proyecciones que se hacían en precios, cotizaciones y cálculos de impuestos.

Hoy en día existen pocos hogares urbanos donde no se encuentre un ordenador y si no existe, por lo menos se visita un café internet y casi todo el mundo, de cierta edad (jóvenes y no tan jóvenes) tienen una cuenta de correo electrónico y desde su propia computadora o utilizando los servicios de un sitio público, se está en contacto con personas y se hacen trámites a través de los servicios que se pueden acceder mediante la tecnología computacional.

Los jóvenes están seriamente involucrados en los temas de redes sociales y los usuarios de Facebook, Twitter y otras suman millones en todo el mundo y van en aumento.  No debería decir jóvenes porque otros, con espíritu joven pero con sus añitos (como mi madre, que va a cumplir 85 años) también han adoptado con mesura esta participación en las redes sociales y disfrutan de encontrar viejas amistades o compartir a través de su página aquellos temas que les parecen relevantes.  Hay que tener cuidado en el manejo de estos instrumentos.  En mi caso particular, la dedico a temas literarios, publicar mis artículos semanales y cualquier noticia que mi estrecho vínculo de amigos pueda disfrutar sin sobresaltos, especialmente buenas noticias, ya que los noticieros y los periódicos generalmente carecen de ellas.

Con el celular la historia es otra, y ese tema le he dedicado ya demasiado tiempo.  El uso de ese aparato epitomiza una sociedad sin rumbo y sin norte y la competencia es feroz para capturar clientes pero en mantenerlos es un desastre.  Y las instituciones que se crearon para velar por la protección del usuario, en una sociedad abierta de consumo, miran hacia otro lado cuando de ejercer su autoridad se trata –especialmente si es un pinche consumidor y no la empresa telefónica la que pone la queja— y no cumplen con su deber de informar cuáles son los derechos de esos mismos consumidores.

Lo peor de todo es que cuando una ya se familiariza con un nuevo lenguaje, un nuevo software, una nueva tecnología, sale otra que echa por tierra todo lo que uno cree que domina.  La tecnología está supuesta a hacernos más fácil la vida y hacia ella tenemos que adoptar un enfoque filosófico: uno diseña SU funcionalidad de acuerdo a una nueva tecnología y es muy perjudicial privarnos (o que se nos prive de ella por mal servicio) cuando un gran porcentaje de la eficacia familiar, profesional y social depende de la misma.

Pero, ¿nos imaginamos hacer nuestras labores sin hacer uso de la tecnología?  Pensemos estar sin teléfono celular –aunque no sea un Black Berry–, y un ordenador por una semana.  En mi caso, podría prescindir del teléfono celular porque todavía creo mucho más en las líneas fijas, pero no podría ni escribir una cuartilla a mano ni mucho menos prescindir de revisar mi correo electrónico, porque de él depende mi trabajo.

Vamos entonces dominando toda esta tecnología que nos debe resolver sin que nos esclavice y a la vez, permeando a los que nos rodean con el enfoque filosófico que señalé arriba, sin que nos estrangule ni nos lleve al despeñadero cuando no contamos en determinado momento con alguno de estos elementos tecnológicos.

Los derechos de los ciudadanos

MARIELA SAGEL
marielasagel@gmail.com

Para muchas personas es totalmente desconocido que, como clientes, consumidores y ciudadanos, tenemos derechos y en la mayoría de los casos, no sabemos dónde ir a reclamarlos. Es así como a pesar de que se dice que todos tenemos derecho al debido proceso (es decir, a que se presuma de la inocencia y se respeten las garantías de los panameños) se han tomado acciones que violentan esas garantías, como ha sido caso de las medidas cautelares contra el ex presidente Pérez Balladares y más recientemente, la forma rampante como se removió de su posición a la procuradora, Ana Matilde Gómez. Cuando analizamos la forma en que han sido tratados ellos nos ponemos a pensar, cómo nos tratarán a unos pinches hijos de la cocinera, que no tenemos los recursos ni el perfil de los medios para denunciar los atropellos.

Otros derechos que a diario se violan y que aunque sean menores no dejan de alterar la vida diaria, son los que conciernen a la prestación de los servicios públicos. El Ente Regulador estableció, cuando fue creado, metas estrictas de cumplimiento para que las transnacionales que obtuvieran las concesiones, con el fin de que los clientes de estos servicios no se quedaran eternamente esperando una solución ante un daño o queja. Por ejemplo, las transmisoras de electricidad tienen un tiempo perentorio para restablecer un servicio y de paso, darle el crédito correspondiente al cliente que se ha visto afectado por el daño en cuestión.

Las telefónicas igual, tienen unos días para instalar una nueva línea o para reparar una que se haya dañado, y quizás es por eso que así como tienen metas que cumplir, su meta es que ninguno de sus clientes se atrase en el pago, y para ello hacen uso de toda clase de presiones para recordarle a los clientes que deben apersonarse a pagar su cuenta a tiempo.

Las empresas que prestan el servicio de telefonía celular son otro cuento, y de horror. A pesar de que están en feroz competencia, una de ellas, Movistar, sigue con la misma mentalidad colonialista que trajo a los españoles al istmo y en sus centros de atención se viven a diario verdaderos dramas de personas que reclaman, con justa razón, el pésimo servicio que reciben.

Es hora que todos los panameños conozcan sus deberes y sus derechos. Las empresas de servicios públicos deben tener, a primera vista y al acceso de todos los que se acercan a sus oficinas, un folleto que en su momento exigía el Ente donde detallaba estos deberes y estos derechos. Para reclamos, ante la insensibilidad de los que dan la cara en los centros de atención siempre se puede ir a la ACODECO, que debe velar por la protección de los consumidores. Si no hacen esto, seguiremos siendo víctimas de los abusos de estos chupacabras y también, en cualquier momento, de la violación de los derechos elementales.