Derroche y símbolos de estatus

A pesar de las quejas que se presentan a menudo sobre el alza de los productos de la canasta básica, el alto costo de los servicios de electricidad y teléfono, el aumento bimensual de la gasolina y los precios de todos los productos de consumo, los panameños seguimos felices consumiendo a manos llenas y persiguiendo los símbolos de estatus que se han convertido en íconos de una persona de éxito.

Las noticias señalan que los panameños derrochamos energía y que la capacidad instalada para suplir la misma está casi al tope, versus la demanda, que va en incremento. Pero no tomamos las medidas para bajar el consumo de electricidad: no apagamos ningún foco en la casa, no dejamos de usar el aire acondicionado si la noche está fresca y construimos para que cuando entremos a una oficina nos tengamos que abrigar, encerrando los espacios en gruesos vidrios que emiten más calor hacia las calles y demandan más capacidad de enfriamiento.

Otro dato del crecimiento que es motivo de orgullo para un sector de la población es el de la venta de autos. Se dice y repite que, en lo que va del año se han vendido casi 7% más de autos, sin embargo, los cachivaches no salen de circulación. La ciudad está inundada de vehículos que son despampanantes y los 4×4 abundan, aunque nunca se les fuerce a subir una loma. Se dice que es por los aguaceros, pero la verdad, estos carros de doble tracción se han convertido en símbolos de estatus. Hay familias en las que los autos cuentan igual que las bocas, y a la hora de trasladarse a algún lugar -peor aún, al interior- va cada uno en el suyo, gastando todo un tanque de gasolina en esos desplazamientos, además de sumar al parque vehicular.

Igual pasa con los celulares. Se prohíbe conducir hablando por ellos, pero a cuántas personas vemos a diario pegadas al suyo y manejando, al igual que nosotros mismos usamos el tiempo para contestar llamadas mientras estamos en el tranque. La verdad es que ahora no solamente hablamos más, sino que nos comunicamos menos. Todo el mundo se la pasa hablando aún cuando vayan cruzando una calle o caminando por una acera. Se estima que la telefonía celular tiene una penetración de arriba del 80% y de esa población, un 94% es prepago, o sea, que pagan hasta $0.40 por minuto. Y vemos a las personas de menos recursos ostentando dos y hasta tres aparatos celulares. Y nadie los obliga a usar ese medio de comunicación, así que no se quejen de que el INTEL se privatizó, porque de no haberlo hecho, no tendríamos celulares. Tener dos o más celulares también representa símbolo de estatus.

Otro derroche inconcebible es el del agua. El recurso más preciado que tenemos en Panamá, que nos hace vivir y por el cual nos hemos convertido en el punto de encuentro y tránsito más importante del mundo, lo abusamos, no arreglamos las llaves que gotean, los hidrantes dañados, las tuberías rotas y encima, los culecos y el desperdicio por doquier. ¿Cuántos países no quisieran tomar agua del grifo, como lo hacemos nosotros los panameños?, sin embargo, no pueden, les es escasa y además, mala. Ahora, para lucir fashion, hemos encontrado que tomar agua en botella es otro símbolo de estatus. Menos mal que se han patentado marcas como Panama Blue, Agua Cristalina o Purísima, porque eso de andar con una botella de Evian, Perrier, Dasani o cualquier otra agua de los Alpes cae mal, cuando podemos tomar agua del Chagres y además lucir fashion.

Hace unos veinte años el símbolo de estatus de los ejecutivos eran los Rolex, los BMW y Mercedes y los bolígrafos Mont Blanc. Los Rolex han sido desplazados por relojes más costosos, como el Hublot o los Breiling, Cartier o Patek Phillip y hasta los de cerámica de Chanel son más fashion. Los BMW y Mercedes ya casi los tiene todo el mundo, cualquiera con ganas de parecer importante, aunque use medias con sandalias, empeña lo que no tiene para manejar uno; ahora la moda son los Cayene, Lexus, Maserati y Lamborgini. Y las Mont Blanc, bueno, creo que siguen siendo fashion, pero la marca ha desarrollado nuevas versiones que son las que se constituyen símbolos de estatus.

Pero esto solamente pasa en la población que goza y disfruta del auge económico que experimenta Panamá. Los demás, que son una gran mayoría, que no llega a fin de mes, se hunde más en la aspiración que tiene de llegar a tener lo que otros pocos tienen u optan por posiciones radicales y de allí se generan los conflictos sociales.

Ojalá que llegue el día en que los símbolos de estatus sean leer libros, visitar museos, sostener conversaciones interesantes y no sentirse que uno es un ser extraño, porque le guste escuchar a Joaquín Sabina. Para eso debemos trabajar todos en conjunto y promover un cambio de actitud, primeramente, hacia lo que es y no es un símbolo de estatus, y lograr que las ganancias del boom panameño lleguen hasta los más pobres y olvidados de esta patria.

¿Yankees come home?

Inmediatamente que se culminó la transferencia total de las áreas enmarcadas en la Zona del Canal, proceso que había iniciado en 1977 cuando se firmaron los Tratados Torrijos-Carter, empezaron las quejas agoreras de que los gringos se habían ido y que el mercado inmobiliario se había caído irremediablemente. Aún cuando un Centro Multilateral Antidrogas, impulsado por el gobierno del Dr. Ernesto Pérez Balladares, fue el caballito de batalla que usó la oposición a falta de argumentos válidos para atacar su gestión, tras bastidores los comerciantes y dueños de inmuebles añoraban las épocas en que los gringos venían a vivir a Panamá por razones de trabajo.

Hoy día, a menos de 10 años de esa transferencia, con un Canal en manos panameñas mucho más eficiente y supremamente más rentable que durante la administración estadounidense, no se oye ni una queja sobre la “retirada de los americanos” sino que se cambian densidades, se inventan rbanizaciones y se venden íconos de arquitectura para erigir sendos esperpentos donde albergar a todos los gringos, canadienses, europeos y demás extranjeros que han volteado la mirada hacia Panamá, detrás de la “ruta por descubrir”.

Pero este boom inmobiliario no ha sido de gratis, ni consecuencia de una gestión orientada a hacer posible el destino manifiesto que tendría Panamá. Luego del retorno de la democracia a nuestro país, se empezaron a hacer ajustes estructurales en la economía, algunos más relevantes que otros, que
permitieron que el país se colocara en un sitial de competitividad como cualquier otro. Primeramente fueron las reestructuraciones impuestas por las instituciones financieras, luego la privatización de los servicios de electricidad, teléfono, puertos y otros más, que eran necesarias para competir en igualdad de condiciones en un mundo globalizado. También influyó el ingreso de Panamá a la Organización Mundial de Comercio, cuando las incipientes y casi manuales industrias locales tuvieron que actualizarse para poder competir. No hay que olvidar la construcción de la red vial, largamente postergada (corredores norte y sur, primera fase de la autopista Panamá-Colón y la continuación de la Interamericana, entre otros), la revisión y adecuación de muchas leyes que garantizarían las nversiones en la construcción y en el turismo y la equiparación de aranceles agropecuarios. “El atraso en el camino de la modernización lo hemos recortado y toca ahora apretar el paso. Los llamados riesgos políticos los tomamos porque los panameños no pueden quedarse con expectativas frustradas
ni mentirles con medidas cosméticas. De lo exhausto y lo agotado de un modelo insostenible hemos pasado a ser un país que puede sumar a su geografía y a su sistema monetario, la integración de las áreas revertidas, una renovada capacidad productiva, mayor competitividad y menos (muchísimo
menos) desconcierto económico”. (Del libro El País que estamos construyendo, de Ernesto Pérez Balladares, cita del 15/07/1997).

Ahora que vamos, como quien dice, viento en popa, hay que hacer ajustes. Primeramente tener una visión de país, no el desorden que ahora mismo experimentamos. Ubicar las prioridades en cuanto a la protección de lo que tenemos, en todo sentido, urbanístico, patrimonial, ambiental y de identidad. Exigir a nuestras autoridades coherencia en los que nos podría llevar a ser el Singapur de América. Y ser proactivos hacia esa meta, para que lo que se dijo en un momento, Yankee go home, ahora sea, foreigners come to Panama, donde las sonrisas son gratis y el país “se queda en ti”.