Una manera diferente de contar una historia

EL HOMBRE QUE AMABA LOS PERROS

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

Facetas, 13 de marzo de 2011

Estamos acostumbrados a leer la historia de una manera vertical y si se trata de una vida novelada, el escritor debe hacer uso de sus más creativos recursos para que la novela sea atractiva y sobre todo, muy leída. En este caso, el libro que hoy reseño es la vida de Ramón Mercader del Río, el asesino de León Trosky, líder soviético que fue desplazado del poder y tildado de renegado por Josef Stalin en 1929, creador de una corriente que hasta hoy se conoce como troskismo (que se define como la ‘revolución permanente’). Al ser deportado, Trosky y su esposa, Natalia Sedova, emprendieron un periplo que los llevó a varios países – después de pasar por las heladas estepas rusas— y finalmente, gracias a la aceptación del presidente mexicano Lázaro Cárdenas, acabó sus días en Coyoacán, barrio emblemático del distrito federal de México, primero en la Casa Azul de Frida Kahlo y su marido, el pintor Diego Rivera, y después en una fortaleza que hoy día sigue siendo visitada como el lugar donde lo asesinaron. 

Lev Davidovich Bronstein, que era su verdadero nombre, antagonizó al inicio de la revolución bolchevique con Lenin, pero al lograr el triunfo, en 1917, se alió al líder soviético hasta que éste se separó de la conducción del país debido a una enfermedad. Stalin le declaró la guerra y no solo lo mandó al exilio, sino que posteriormente armó todo un engranaje para asesinarlo, tan complejo que sumó en su empeño a varias personas de diferentes nacionalidades, entre ellas Ramón Mercader y su madre, Caridad del Río, que eran catalanes. Trosky llegó a México en 1937 y fue asesinado el 20 de agosto de 1940. Antes que Mercader lograra matarlo sufrió un atentado donde participaron unas 20 personas comandadas por el pintor David Alfaro Siqueiros. Trosky, además de sus teorías ideológicas, estaba muy al tanto de las pretensiones stalinistas de aliarse a los fascistas que dirigían Alemania e Italia.

EL AUTOR

El hombre que amaba los perros es una novela escrita por el cubano Leonardo Padura y publicada por la editorial Tusquet en 2009. Padura es un brillante y muy laureado escritor que tiene a su haber varias obras, especialmente de índole policíaca de la serie del detective Mario Conde, que suman unas cuatro. Ha publicado también otros libros y escrito guiones de películas y, a pesar de habérsele otorgado la ciudadanía española, prefiere seguir en el barrio habanero donde nació, Mantilla, porque alega que ‘La Habana es un lugar donde se puede siempre tener una conversación con un extranjero en una parada de guaguas’.

Para el autor, que lleva dentro ese espíritu detectivesco que distingue a su protagonista Mario Conde, El Hombre que amaba los perros ha sido «la más difícil de concebir, la más ambiciosa, la más compleja, la más profunda que he escrito hasta hoy».

EL LIBRO

La novela es fascinante, una de las mejores obras que he leído, y refleja los largos años de investigación que se tomó el autor para escribir tan cautivante historia. Gracias a la erudita descripción y al manejo de tres planos desde donde aborda el tema, cada página es un descubrimiento de los personajes que, siendo históricos, reflejan una compleja condición psicológica, con sus inquietudes, pasiones, debilidades y miedos. La base de la historia es la narración de un aspirante a escritor cubano a quien le heredan un manuscrito, que supuestamente es del propio Mercader, que pasó sus últimos años en Cuba, después de cumplir 20 años de cárcel en México (en la legendaria prisión de Lecumberri) y posteriormente su vida árida pero con algunas prebendas, otorgadas por la Rusia soviética por ser un héroe de la revolución.

Como El Quijote, ‘la narración viene a ser un tejido, una suma de testimonios, perspectivas y fuentes diversas y juega hasta con la noticia en el mismo libro de la obra que el autor está compilando’.

A pesar que el libro es una respetable edición de 570 páginas, uno no quiere que se acabe la historia, ansía que ocurra el anunciado golpe mortal mediante un ‘piolet’ en el cuello de Lev Davidovich, pero presiente que cuando éste se consume, se acabará la trama. Sin embargo, es tan extraordinario el libro que el desenlace sigue, con la posterior captura de Mercader, su juicio y encarcelamiento, su viaje a la Unión Soviética, su reencuentro con su mentor –el que lo reclutó para perpetrar el asesinato— y sus años finales en Cuba, donde acompañado de dos espléndidos borzois (galgos rusos) conoce a quien es depositario de sus confidencias. La novela está completamente redonda en su concepción y en su desarrollo. Es preciso leerla con fruición y disfrutarla con un diccionario a un lado porque el autor hace mano de tan buenos recursos lingüísticos que aprende uno no solo palabras que son exquisitas sino descripciones que te dejan sin aliento.

LA EDICIÓN

Tusquets es una afamada editorial que poca presencia tiene en Panamá. Siempre que hago una reseña de un libro trato de asegurarme que el mismo esté disponible en las librerías panameñas pero en este caso, apenas he podido sugerirle a un par que lo traigan porque el libro vale su peso en oro. Es muy lamentable que los vendedores de libros no estén pendientes de las novedades de gran valor literario y prefieran los best sellers de auto ayuda que sacian la curiosidad de los lectores. Las personas que conozco que han leído el libro lo adquirieron ya sea en el extranjero o lo pidieron en Amazon, como fue mi caso. Aún aquellas casas editoriales que tienen su sede en Panamá no se preocupan por tener los últimos títulos, como pasó en el caso de mi última reseña de los libros de Claudia Piñeiro, cuya obra premiada el año pasado, Las Grietas de Jara, no ha llegado todavía a nuestro país.

Se dice que en Panamá no se lee pero no es cierto, cada vez son más las personas que cultivan este hábito y la misión de todo librero o promotor de lectura responsable es, precisamente, orientar al lector ávido de buenos libros. En ese sentido, mi contribución es apenas un pequeño esfuerzo para ir combatiendo la inconsciencia por medio de la cultura que es, al final, la que nos sacará del marasmo en que nos encontramos.

 

Gol de carnaval

MARIELA SAGEL*

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 13 de marzo de 2011

Como la premura del gobierno de resolver la crisis que tenía en la Comarca Ngäbe era garantizar la celebración en un ambiente de aparente paz los carnavales, no se me quita de la mente la cara —cuya cabeza tenía entre las manos— de Monseñor Lacunza, como si pensara ‘con qué saldrá ahora este loco’. Y en su mejor estilo de birlibirloque el presidente dijo que derogaría la Ley. Lo dijo, y aún está pendiente, porque los diputados, como era de esperarse, se fueron a carnavalear.

Y en el mientras tanto, varios fueron los goles que quisieron meternos: el lunes de carnaval casi le dan una apurada salida del hospital a uno de los dos sobrevivientes de la masacre ocurrida en el Centro de Cumplimiento de Tocumen, salida que se había acordado previamente con los médicos que lo trataban en el Hospital Santo Tomás para después de los carnavales. Las razones eran de peso: sus padres no cuentan con las condiciones apropiadas para tratar un enfermo que necesita los cuidados extremos de un quemado, viven en una casa con piso de tierra y endebles paredes de zinc y la letrina está afuera y no tiene techo. Christian debe utilizar unas vendas especiales por más de un año para que la piel que le fue implantada le cicatrice sin que se le produzcan queloides. Lo más sospechoso del amago de salida fue que lo querían sacar por la puerta de atrás y llegó una tropa de policías que parecía iba a reprimir una manifestación, armados hasta los dientes. Entre los abogados, los padres y los que apoyamos a sus familiares logramos detener esa acción. Este joven era el único que no había declarado y la reconstrucción del caso se inicia el día de mañana 14 de marzo.

Pero así como nos quieren meter goles por todos lados, metimos uno que nos divirtió mucho. Hicimos una comparsa de protesta en el desfile del Carnaval de la City, el martes en la cinta costera. Remitimos a la Autoridad de Turismo una carta, con el nombre Ñagare (que quiere decir ¡no! en lengua Ngäbe) solicitando participar en el desfile. Todos pensaron que después de los graves acontecimientos del 26 de febrero y la brutal represión que detuvo a más de quince personas en la capital, varios en el interior y concluyó con la deportación de Paco Gómez y Pilar Chato, íbamos a desistir de la idea de hacer la comparsa de protesta. 

No fue así y pusimos más entusiasmo y empeño en llevarla a cabo. No puedo decir que no tuvimos miedo, tuvimos pavor. Algunos se bajaron en el camino, otros se sumaron, recibimos donaciones de telas, el vestido de la reina y el dinero que costeó toda la utilería que se usó. Los creativos muchachos hicieron tambores de los tanques de pintura y Espacio Común, el mítico lugar que creó Paco Gómez Nadal, se convirtió en un taller de sueños, de libertad y de justicia.

El día martes nos vestimos de negro y cada uno se colocó una máscara atrás que había sido pintada por uno de los talentosos artistas, que manifestaban el luto y la tristeza que queríamos expresar. Resaltábamos los recursos naturales, que se ven amenazados por las leyes que quieren beneficiar a empresas extranjeras y usamos las pancartas que hemos hecho para todas las marchas y vigilias que nos han unido en una causa común: los jóvenes quemados en Tocumen, el irrespeto a los pueblos indígenas y la preservación de nuestro territorio en contra de la minería.

A pesar de la tensión y desorganización, estando registrados, aprobados y cada uno con su brazalete, nos dispusimos a participar, y por el desorden reinante, fuimos los primeros en salir. No niego que a lo largo del trayecto hubo un par de voces agoreras que nos abuchearon, pero la gran mayoría expresó su admiración por la creatividad y la valentía que habíamos tenido.

¿Demuestra esto que hay libertad de expresión? Eso quisieran muchos que dijéramos. Lo que hicimos fue meterle un gol a la autoridad que organizó los carnavales en su propia cancha, al punto que el propio administrador quedó sorprendido y extrañado. Espero que no le dé por botar a la funcionaria que aprobó nuestra participación. La próxima protesta será aún más creativa.