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21 Años de manejo exitoso del Canal

Por Mariela Sagel, 4 de enero de 2021, El Siglo de Panamá

El 31 de diciembre pasado, además de poner fin a un año marcado por la pandemia más terrible que hayamos conocido a nivel mundial, se cumplieron 21 años del traspaso de la administración del Canal de Panamá a manos panameñas. Se cumplía así un proceso que duró 23 años, desde la firma de los Tratados Torrijos Carter, el 7 de septiembre de 1977 en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA). Un proceso que desmanteló toda una entelequia creada por los Estados Unidos para contar con una gigantesca base militar en la mitad del continente americano.

Panamá fue siempre el cruce entre dos mares y desde la visión bolivariana, Puente del Mundo, Corazón del Universo. El mayor recurso que tiene el país es, sin duda, su posición geográfica, y de allí las infraestructuras como el canal, el ferrocarril, los puertos, la conectividad aérea y de cables submarinos agregan valor al país.

En estos 21 años los panameños hemos demostrado no solo que somos capaces de manejar una obra de infraestructura tan importante como el canal, sino de hacerlo muy bien. Lo expandimos, lo hemos sistematizado y es el principal contribuyente al Tesoro Nacional. También es un símbolo de orgullo de todos los panameños donde estemos, pues para muchos lo único que saben de Panamá es que tiene un canal que une dos océanos.

Estos 21 años no han sido fáciles, los gobiernos que se opusieron a los tratados y también a la expansión, por el simple prurito que lo estaba gestionando el partido PRD han sido los más beneficiados, los que lo recibieron y los que inauguraron su expansión. Y aún así han sido tan mezquinos que el expresidente Varela, ante Naciones Unidas, se refirió a los tratados como eso, sin mencionar su nombre ni el de los que tuvieron el coraje de firmarlos. Ahora están pagando su karma.

Como dice Paul Auster en “La Trilogía de New York”, nada era real, excepto el azar.

‘Annus horribilis’

Ya el año 2020 está llegando a su fin, pero no por eso el azote del virus que ha puesto al mundo de rodillas ha ido bajando de intensidad, sino todo lo contrario.

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 27 de diciembre de 2020

  • Ya el año 2020 está llegando a su fin, pero no por eso el azote del virus que ha puesto al mundo de rodillas ha ido bajando de intensidad, sino todo lo contrario. ¿Quién nos iba a decir a inicios de marzo que llegaríamos a las fiestas de Navidad en iguales o peores circunstancias? El virus ha tocado a las puertas de casi todas las casas de los habitantes del planeta, de manera directa o indirecta. Y ha dejado su secuela, ha cambiado nuestros hábitos de consumo, de saludarnos, de vestir, en fin, ha sido un año horrible.

“Annus horribilis” es una expresión latina, que puede traducirse como “año terrible”. Creímos que el 2016 había sido terrible, por lo del Brexit, el referéndum en Colombia y el triunfo de Trump, que llevó a expresar al escritor colombiano Héctor Abad Faciolince que habíamos pasado “del realismo mágico al realismo trágico”, pero éste ha superado lo que ni siquiera el Gabo, con su prodigiosa imaginación, hubiera pensado. La Reina Isabel II de Inglaterra, la monarca que tiene más tiempo en el trono y ya rebasa los 94 años, acuñó esta expresión para describir su año 1992, cuando su familia se vino al piso por separaciones, escándalos y divorcios de sus hijos. Pero esos acontecimientos no le llegan ni a la rodilla a lo que hemos pasado.

Muchos hemos encontrado en esta nueva realidad, muchas cosas nuevas, como amigos que siempre han estado allí, y no lo sabíamos, mezquindades de los que creíamos leales, situaciones casi surreales que nunca hubiéramos pensado que viviríamos. Y aquí seguimos, dando las batallas. No pudimos celebrar como quisimos el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós o los 250 años de haber nacido del compositor alemán Ludwig van Beethoven.

Yo me quedo con las canciones de Luis Eduardo Aute, el cantante español cuya vida fue de las primeras que se cobró el COVID, con esa voz aterciopelada que seduce (con las que pinta acuarelas de Dalí, el puto filipino, como le dice en una canción Joaquín Sabina). Nunca había valorado tanto sus letras y la tersura de su voz.

También me quedo con los libros del chileno Luis Sepúlveda, el autor de “Un viejo que leía historias de amor” que batalló contra el virus y perdió, en Asturias, su tierra adoptiva. El año también se llevó, aunque no fue el virus, a los inolvidables Quino, autor de Mafalda (Joaquín Salvador Lavado), a Eusebio Leal Spengler, el historiador de la ciudad de La Habana, y al escritor catalán Carlos Ruiz Zafón, que creó todo un mundo en torno a “La sombra del viento” y la Barcelona que recreó en sus magníficos libros.

Estas divagaciones van en torno a lo duro que debe haber sido ver morir a sus parientes y no poder despedirlos como Dios manda. Tantos hijos que estaban ausentes al morir sus padres y no pudieron acompañarlos en sus últimos momentos, los sepelios limitados en cantidad de asistentes (aunque siempre he creído que mejor son los íntimos y familiares), la impotencia de no poder visitar a un familiar en el hospital por el aislamiento al que ha obligado el maldito virus.

No quiero terminar el año sin agradecer a todos los que, en la distancia, han resistido los embates de la pandemia, han guardado las medidas sanitarias que con bastante coherencia ha tenido que imponer el gobierno para contenerla, que han sido solidarios con los canillitas a los que nadie les compraba los diarios, con los que venden billetes de lotería, que no tenían qué vender, con los conductores de transporte selectivo, que no tenían a quién transportar.

Todas estas lecciones tienen que producir una mejor sociedad, menos materialista, más humana y consciente del valor de la vida, de los amores, los valores y lo que realmente importa. Vimos cómo el virus no tiene discriminación, mata a ricos y pobres, no hay dinero que valga a la hora de una emergencia, de la necesidad de una cama para un contagiado. Y aplaudimos cosas tan simples como los conciertos que daban los oficiales de la policía en diferentes barrios, para alegrar a los confinados irremediablemente. Nunca habíamos llegado a valorar cosas tan pequeñas e insignificantes, como el gesto de una serenata dominical en media calle y a plena luz.

Termino haciendo votos porque logremos superar este “annus horribilis”, por lo menos ya sabemos que habrá un nuevo ocupante de la Casa Blanca, aunque el actual se niegue a aceptarlo y eso no nos afecte gran cosa. Que todos tengamos unas fiestas tranquilas y esperanzadoras.