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Konya y los derviches

Vida y cultura, 25 de septiembre de 2020, La Estrella de Panamá

Por Mariela Sagel

Con el pasar de los siglos la ciudad ha pasado de un asentamiento agrícola a capital industrial, llegando a ser uno de los sitios más atractivos de Turquía. Tiene como atractivos principales la preservación de sus sitios históricos y la recreación que hacen los derviches giróvagos

Derviches danzantesCedida

La ciudad de Konya, en el centro de Anatolia, es la quinta ciudad más grande de Turquía y recibe visitas turísticas de aproximadamente 2 millones de personas al año. Su extensión es muy vasta y queda al sur de Ankara, la capital de la república. A ella llegamos por tren rápido tipo Ave, impecable y eficiente. También se llega por las magníficas carreteras con que cuenta el país. Desde Estambul se puede volar a Konya.

Fue capital del imperio selyúcida y clave desde el período neolítico, pero también jugó su papel en los períodos Calcolítico y de la antigua Edad de Bronce. Los hititas dejaron su huella y como resultado de estas investigaciones, se encontraron cerámicas y trozos de recipientes rescatados de excavaciones de Karahoyulk, que se exhiben en el Museo Arqueológico de Konya. Como en casi todos los asentamientos humanos de esa civilización, Alejandro Magno dejó su impronta en el año 323 a.C. y la convirtió en una ciudad importante del período romano. En los primeros años del cristianismo, el apóstol san Pablo vino a predicar en Lystra, Derbe, Kilistra y Sille. En el año 395, el emperador romano Teodosio, que ascendió después del imperio bizantino, repartió el territorio entre sus dos hijos y quedan restos de antiguas edificaciones en Sille como testimonio de la arquitectura de esa época. Allí se encuentra muy bien conservada una iglesia ortodoxa griega a la que bordea un escénico riachuelo.

Iglesia ortodoxa griega en SilleCedida

Konya volvió a ser reintegrada al islam en el año 704 para volver a ser parte del imperio bizantino hasta 1071, cuando todos los territorios de Anatolia pasaron a manos turcas. En 1076 Suleyman, hijo de Kutalmis, la declaró capital del imperio selyúcida. Fue un centro importante en los períodos hitita, frigián, romano, bizantino, selyúcida y otomano, que terminó al constituirse la república de Turquía.

De una ciudad agrícola a ser una capital industrial, Konya es uno de los sitios más atractivos del país euroasiático y tiene como atracciones principales la preservación de sus sitios históricos y la recreación que hacen los derviches danzantes.

Los derviches Y Mevlana

Hazrat Mevlana Jalaladdin Rumi fue un poeta místico que creó una cultura de pensamiento. Nació en lo que es hoy Afganistán en 1207. Su nombre real era Mohammed Jalaladdin y los de Mevlana y Rumi le fueron dados por otros pueblos. Mevlana significa “nuestro señor” y Rumi significa “anatolio”. Su madre era hija del soberano de Balkh y su padre el llamado “sultán de los estudiantes”, o Sultan-ul Ulema. La estirpe de Mevlana es impresionante.

Una mezquita en la moderna Konya. Frente a ella, los rieles del tranvía.Cedida

La familia abandonó la ciudad de Balkh en una caravana de 300 camellos en 1212, acompañada por amigos. Pasó por Bagdad y se estableció en Karaman, pero después de que fallecieran su mujer y su hijo mayor, el padre se fue a Konya, a la madraza que le fue asignada por el sultán Alaeddin Keykubab, del imperio selyúcida.

Hay una leyenda que dice que un día Mevlana pasaba frente al bazar de los joyeros y escuchó al jeque Salahaddin y su aprendiz batiendo oro con el martillo para hacer hojas. Él se sentó con éxtasis ante la armonía de aquella voz, perdió la conciencia y se entregó al amor divino y empezó a girar. El jeque lo vio y ordenó a su empleado que no dejara de batir.

Mevlana murió en diciembre de 1273 y se le erige un mausoleo llamado cúpula verde y su diseño es considerado una obra maestra de madera del período Selyúcido. Sus enseñanzas perduran porque se resumen en: “Después de nuestra muerte, no buscamos nuestras tumbas en la tierra, nuestras tumbas están en el corazón de la gente sabia”. Su última voluntad se resume como “os dejo con un deseo, oculta y obviamente tener miedo de Allah, de comer poco, de dormir poco, de hablar menos, de titubear de los pecados, de seguir orando y ayunando, de estar alejado de los deseos, de resistir a las torturas y a las penas de la sociedad, no mantener relaciones con personas disipadas y groseras, estar junto a personas buenas y llenas de gracia”.“Los derviches simbolizan místicamente la rotación de los planetas. Su nombre significa en persa ‘visitador de puertas’. Giran sobre sí mismos hasta conseguir el éxtasis”.

La obra más conocida del poeta místico Mevlana es el Mathnawi, que según se dice contó los versos mientras se paseaba por Meram, sentado, caminando, incluso mientras giraba, como lo hacen los derviches. El Mathnawi fue escrito en persa. La copia original consta de 25,618 versos que se exponen en el museo de Mevlana, en Konya, en seis volúmenes donde relata sus ideas místicas y sus pensamientos como cuentos entrelazados. Otra publicación, Diwan-e Kabir, resume todos los poemas sobre varios temas y, aunque escrito en persa, también los hay escritos en árabe, turco y griego. También se pueden consultar cartas, discursos y la colección de siete sermones. El poeta no consideraba la poesía como un objetivo, sino un instrumento para difundir sus ideas. Un ejemplar de ese libro nos fue obsequiado durante nuestra visita.

Museo y mausoleo de MevlanaCedida

En el mausoleo que se le dedicó, tres lados son abiertos, el techo es cortado en aguas hacia afuera y cubierto de azulejos. Adentro hay ornamentos de yeso con decoraciones dibujadas a mano. Hacia el sur del mausoleo hay una inscripción que explica cuándo y por quién fue construido.

Después de su muerte, los seguidores del poeta fundaron la orden sufí Mevlevi, que son mejor conocidos como los “derviches giróvagos” porque realizan su meditación en movimiento circular que se denomina semá, girando sobre sí mismos. Es una danza espiritual que se puede apreciar en varios países árabes. Mevlana Rumi creyó apasionadamente en el uso de la música, la poesía y el baile como medio de búsqueda para alcanzar a Dios. Para él, la música ayuda a los devotos a centrar su ser en lo divino, y a hacer esto tan intenso que el alma se destruya y resucite. Fue esta la idea que en la práctica desarrollaron los derviches giróvagos en una forma ritual. En la tradición de la orden Mevleví, la semá representa un viaje místico de desarrollo espiritual, permitiendo el perfeccionamiento de la mente y el amor. En este viaje el buscador da vueltas simbólicamente hacia la verdad, crece con amor, abandona el ego, encuentra la verdad, y llega a la “perfección”; luego regresa de este viaje espiritual con mayor madurez, para amar y estar al servicio del conjunto de la creación, sin discriminación hacia las creencias, razas, clases y naciones. Los derviches simbolizan místicamente la rotación de los planetas. Su nombre significa en persa “visitador de puertas”. Giran sobre sí mismos hasta conseguir el éxtasis. La danza es acompañada de flautas, atabales, tamboriles, esa especie de violines llamados kamanché, y laúdes de mástil largo como el saz turco. Un espectáculo único en su especie y que lo llena a uno de paz.

El mundo de Mevlana Rumi no es ni exclusivamente el mundo de un sufí, ni el mundo de un hindú ni un judío ni un cristiano; es el estado más alto de un ser humano, un ser humano completamente desarrollado, no encasillado por limitaciones culturales; en teoría él toca a cada uno de nosotros.

En el monumento a Mevlana Rumi se han ubicado recreaciones de cómo vivían los derviches con figuras de tamaño real y ambientes de sus entornos. Lamentablemente, por la pandemia, no los pude visitar en esta ocasión, pero hace dos años me recreé con esa bien puesta exhibición. El temperamento de los derviches se asocia a ser imperturbable o ascético, es decir, que tienen una actitud que es indiferente a los bienes materiales.

Visitar Konya, sus valiosos tesoros históricos y místicos, además de sus avances en el campo educativo es un privilegio. El ayuntamiento mantiene la ciudad como un tesoro, con los jardines perfectamente atendidos y la recolección de la basura para reciclarla. Una ciudad de progreso que tiene cinco universidades, algunas especializadas en el campo agropecuario y un tranvía modernísimo como opción de transporte público. Deberíamos buscar hermanar esta ciudad con la nuestra para girar, como centro del universo, buscando la paz.

Aniversario de la firma de los tratados

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 13 de septiembre de 2020

El pasado lunes 7 de septiembre se conmemoraron 43 años de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, que devolvieron a nuestro país su soberanía sobre la ignominiosa franja que, a ambos lados del paso transístmico, controlaba los Estados Unidos desde 1904, gracias a un tratado que ningún panameño firmó y que le permitió a esa potencia terminar de construir el canal que, con gran visión, inició el ingeniero francés Ferdinand de Lesseps, a fin de facilitar el tránsito entre los océanos Atlántico y Pacífico.

De Lesseps se había cubierto de gloria cuando culminó la construcción del Canal de Suez, en Egipto, pero las inclemencias del trópico y otros factores imponderables lo llevaron a la ruina y permitió a los Estados Unidos negociar, con uno de los más ambiciosos socios del francés, un tratado que representó una constante afrenta a nuestra soberanía, por la existencia de la Zona del Canal, que era el área que, a 8.1 km a cada lado de la vía, se atribuyó el país norteño y allí estableció bases militares en supuesta defensa del Canal, pero que resultó en una inmensa y potente maquinaria de espionaje a los países de América Latina.

Los tratados se firmaron en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA) el 7 de septiembre de 1977, ante la presencia de mandatarios de varios países y personalidades famosas, entre las que se encontraba el carismático actor estadounidense John Wayne, miembro del partido Republicano -partido que se oponía a los tratados-, y que desplegó un incansable cabildeo para conseguir los votos a favor del tratado dentro de su partido, y escritores como Gabriel García Márquez y Graham Greene. En Panamá, fueron ratificados en el mes de octubre de ese mismo año, y en Estados Unidos por un estrechísimo margen, para entrar en vigencia el 1 de octubre de 1979. El presidente Carter, a quien los votantes castigaron en las elecciones siguientes al no reelegirlo, estaba seguro, y lo sigue estando, de que con este tratado se corregía una gran justicia.

A partir de la entrada en vigencia de los tratados, se desarrolló una transición ordenada que duró 23 años, y que culminó con la transferencia del manejo del paso interoceánico a manos panameñas, que han demostrado al mundo su capacidad y eficiencia, produciendo sus ganancias el aporte más importante al fisco nacional.

Las negociaciones del tratado y su posterior ratificación representaron un triunfo de la diplomacia y fue la religión que unió a todo un pueblo en una causa común. No se disparó ni una bala, después de los aciagos días de enero de 1964, cuando estudiantes panameños quisieron izar la bandera en la escuela de Balboa, en estricto apego a un acuerdo suscrito en 1963 de que se izaran las dos banderas en los sitios públicos. El resultado de esta protesta pacífica fue un enfrentamiento brutal, en el cual murieron 22 panameños y el presidente de entonces, Roberto F. Chiari, rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

No fue una tarea fácil llevar a feliz destino esta transición. Hubo que desmantelar desde la figura del gobernador, los jueces, las leyes, el sistema institucional y estructural que regía esa pseudocolonia enclavada en el corazón de nuestro país, así como Migración, el control de los puertos, pero lo más importante fue que recuperamos el usufructo de nuestra mayor riqueza, la posición geográfica.

Fue una causa que unió a estudiantes, dirigentes campesinos, obreros, profesionales y todo un pueblo que clamaba justicia desde hacía décadas. Es posible que los estudiantes panameños no sepan de estos detalles de la religión que nos unió a todos en una sola causa, ahora que estamos viviendo la era de la inmediatez y de las redes, y que estamos sujetos a la agresión de los que se denominan vigilantes de la democracia, que no hacen nada más que añadir sensacionalismo a noticias irrelevantes que mantienen entretenida a la masa del pueblo, sin aportar ni un ápice de conocimiento o historia de lo que ha sucedido en Panamá y que nos ha hecho el país orgulloso que somos.

Este 7 de septiembre se verificaron varias conferencias en torno al tema, en forma virtual, en las que participaron los principales actores de ese triunfo de la diplomacia, como los negociadores Aristides Royo, Adolfo Ahumada y Omar Jaén Suárez, que aportaron anécdotas de ese proceso, además de la postura vertical que tuvo que adoptar Panamá para que se respetaran sus derechos.

No me queda más que exhortar a los profesores y estudiantes a que se introduzcan en esta parte tan importante de la historia de Panamá, que es un ejemplo a seguir por todas las naciones del mundo, el que un país liliputiense le ganara una batalla tan temeraria a la potencia más poderosa de la Tierra. Y agradecer a los negociadores que aún viven y nos comparten sus vivencias, para que no se nos olvide que, gracias a la visión y meta que se impuso el general Omar Torrijos, de conquistar esa frontera que nos partía en dos y vulneraba nuestros derechos soberanos, hoy podemos decirle al mundo que el canal es nuestro.