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NO NOS PARA NADIE

Por Mariela Sagel, 13 de febrero de 2017, El Siglo

A los dos años de estar en el gobierno, a inicios de julio de 2016, el Presidente Varela lanzó el slogan “no nos para nadie”, que fue utilizado por la confundida oficina de comunicaciones del estado por unos meses.  Tantas fueron las críticas que no duró ni el tiempo que por práctica de mercadeo debió, y se fue desvaneciendo en la anorexia política que permea a la mayoría de los ciudadanos.  Desde abril del año pasado en Panamá no para nadie los escándalos de corrupción, denuncias y malas prácticas de gobierno, al punto que cuando pensábamos que lo malo había quedado el año pasado, resulta que este año viene peor.

Ahora nos encontramos con un terremoto político con posibilidades de derrumbe económico, como pasó hace 30 años cuando otro lacerado y anteriormente poderoso se vengó de su jefe revelando las verdades del actuar de los que nos gobernaban.  No nos para nadie cayendo en un oscuro barranco.  Nuestro nombre está en boca de todos los medios del mundo y no para alabar nuestras bellezas sino para señalar los escándalos de corrupción y hasta los peligros de visitarnos, como pasó con la chica estadounidense que murió ahorcada en Bocas del Toro.

Para colmo de males, el nuevo presidente de Estados Unidos tiene al mundo de sobresalto en sobresalto y el ex presidente prófugo de Panamá se dá el lujo de erigirse, con el cinismo inescrupuloso que lo caracteriza, en el factor de aglutinamiento que el país necesita.

Debemos estar alerta y dar pasos firmes para que tomemos las mejores decisiones en los próximos días, que muchos apuestan a que se diluirán en el agua de las mojaderas del carnaval, como ha sido la tónica de nuestra vereda tropical.  Tomemos conciencia de que a la debacle en que ha entrado el gobierno no la para nadie, a menos que exijamos a los que aún nos gobiernan que tomen las acciones que deben y despojarse de sus conflictos de intereses y los compromisos con sus donantes.

IGNOMINIA Y VERGÜENZA

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 12 de febrero de 2017

Hace diez años el escritor alemán Günter Grass, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1999, –el mismo año que le dieron el Premio Príncipe de Asturias–, publicó un interesante libro que constituye un ejercicio de la memoria de quien vivió una época convulsionada, entre dos guerras mundiales e inclusive la caída del muro de Berlín.  Grass murió en abril de 2015.  En “Pelando la cebolla” revela, entre muchas vivencias, su breve participación –de apenas unos meses– como miembro de las Waffen SS, a los 17 años, cuerpo de combate élite del ejército nazi que participó en la Segunda Guerra Mundial. La alegoría de la cebolla es que “el recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella”.

En una de esas pieles de la cebolla, de las más superficiales pero siempre al alcance de la mano para refrescar la memoria, están la ignominia y la vergüenza. La ignominia es una ofensa grave que sufre el honor o la dignidad de una persona. Y la vergüenza, con varias acepciones, es un sentimiento de pérdida de la dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos.

Estas dos palabras o sentimientos me vienen a la mente al estudiar las declaraciones y señalamientos que el ex ministro consejero Fonseca Mora dio hace unos días, en donde han prevalecido más la rabia, el rencor y la venganza, que han venido a enredar más de lo que ya estaba, el panorama local, tan inmerso en escándalos de corrupción que nos han paralizado.

El año pasado, unos meses antes de que se conocieran en todo el mundo los Panama Papers, ya se había encendido la alarma de la operación Lava Jato, y la vinculación del bufete Mossack Fonseca en la misma, en el país del cual es originaria la constructora Odebrecht.  Por la vinculación del señor Fonseca con el gobierno actual (al que ahora acusa de recibir sobornos) las autoridades judiciales se la pasaron peloteando el año entero una investigación que nunca arrancó.  Una consternada procuradora anunció hace un par de semanas que no podría investigar ese caso porque el Primer Tribunal Superior de Justicia recibió un amparo de garantías constitucionales para que entregara los documentos originales de la investigación. Súbitamente, no se acogió el amparo y el “dossier” volvió sin pena ni gloria a la procuraduría.  El jueves, debido a que se allanaron las oficina del bufete en cuestión, un airado abogado pseudo escritor, embarró desde al presidente, su hermano, su más allegado diputado, al presidente de la Corte Suprema y mencionó los chanchullos que se hicieron en la construcción de la Cinta Costera III.

Los momentos vividos el jueves 9 de febrero nos recuerdan el año 1987, cuando el coronel Díaz Herrera, en represalia porque Noriega no le había cumplido su aspiración a ser nombrado como embajador en Japón, arremetió contra él y todas las maleanterías que todos sabíamos que ocurrían, pero que nadie investigaba.  En ese momento, el gobierno todavía tenía una estructura que era capaz de sostener un orden, aunque fuera represivo.  En los actuales momentos y analizando las lánguidas e inexplicables declaraciones tanto de la Procuradora como del mismo Presidente, estamos camino de una ingobernabilidad que puede ser explosiva y llevarnos por senderos de caos y completa frustración.

Este diario publicó un magnífico editorial el viernes 10 de febrero que decía: “Los acontecimientos que vive el país no se producen por generación espontánea, el deterioro de nuestra alma moral lleva años cultivándose, ha llegado el momento de las definiciones. Este país no solo hay que limpiarlo, hay que reconstruirlo y ese esfuerzo nacional exige para partir, saber toda la verdad y deslindar responsabilidades, la inmovilidad no es la respuesta. La historia, que es inmisericorde, exigirá cuentas a cada cual desde donde esté”.

¿Podremos empinarnos sobre las diferencias partidarias y los intereses comerciales, las antípodas sindicales, la efervescencia juvenil y lograr reconstruir este país, que clama y reclama que se realicen las investigaciones que señalen los responsables de este caos nacional? Si el señor Fonseca sintió ignominia por el allanamiento que sufrió su empresa, no ha tenido vergüenza en señalar a los que él alega están implicados en la trama de sobornos de la empresa Odebrecht.  El asunto es que él también debe rendir cuentas por haber empezado a pelar la cebolla que es este complejo acontecer actual.  Y la trascendencia que buscaba como escritor ya le pasó por encima como delator.