Por Mariela Sagel, Destino Panamá, 16 de julio de 2026
En Panamá, y posiblemente en otros países donde aún no se comprende plenamente el verdadero alcance de la cultura, suele estigmatizarse a quien lee, escribe o disfruta de las artes. Se le tilda de «culturoso», casi como un calificativo despectivo, como si complementar la vida profesional con intereses intelectuales y artísticos fuera un lujo innecesario o una extravagancia.
Hace un par de semanas participé en un foro internacional sobre emprendimiento, innovación y equidad de género. La presentación me describía como escritora, diplomática y arquitecta. Antes de iniciar mi intervención consideré necesario hacer una precisión: la cultura no se limita a leer, escribir o pintar; constituye una dimensión esencial del ser humano. Cultivar esos intereses junto con cualquier profesión no distrae de los objetivos de vida; por el contrario, amplía la mirada, enriquece el criterio y fortalece la capacidad para comprender un mundo cada vez más complejo.
La historia ofrece innumerables ejemplos de hombres y mujeres que combinaron carreras científicas, políticas, empresariales o financieras con una profunda vocación por las humanidades y las artes. A muchos se les ha identificado como «hombres del Renacimiento», evocando aquel extraordinario movimiento cultural, artístico y filosófico que floreció en Europa entre los siglos XV y XVI y marcó la transición de la Edad Media a la Edad Moderna.
El Renacimiento significó el redescubrimiento del legado clásico grecorromano y colocó nuevamente al ser humano en el centro del pensamiento. Impulsó el estudio de las letras, la filosofía, la anatomía y las ciencias; promovió la observación y la experimentación, y alentó la búsqueda de la belleza, la proporción y la armonía. Fue también la época en que la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico transformó la visión del universo y la imprenta multiplicó la difusión del conocimiento.
De ese período excepcional surgieron figuras universales como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael y Sandro Botticelli en las artes; Galileo Galilei, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y Erasmo de Róterdam en la ciencia y el pensamiento.
Sin embargo, en una sociedad dominada por la inmediatez de las redes sociales, no faltan quienes desprecian esa formación integral. Algunos afirman que lo suyo son exclusivamente los números o los negocios; otros aseguran que no leen porque no tienen tiempo o porque nunca adquirieron el hábito. Como si el gusto por los libros, el arte o la investigación fuera incompatible con el éxito profesional o empresarial.
Nuestra propia historia demuestra exactamente lo contrario. José Domingo Espinar, recientemente rescatado del olvido histórico, fue médico, militar, secretario de Simón Bolívar y político. Paradójicamente, su figura ha sido reivindicada por una matemática y científica apasionada por la investigación histórica y la escritura, la autora Dorita Ávila. Del mismo modo, Chuchú Martínez fue un brillante matemático, pero también filósofo, poeta y protagonista de la vida política panameña cuando comprendió la dimensión del proyecto nacional impulsado por Omar Torrijos.
Hasta hace algunas décadas era más frecuente encontrar personas cuyos intereses abarcaban simultáneamente las ciencias y las artes. Hoy pareciera que quienes disfrutamos de ambas disciplinas somos vistos como una rareza. La descalificación surge con demasiada facilidad: leer, escribir o interesarse por la cultura parecería ser incompatible con emprender, innovar, administrar empresas o gestionar proyectos. Nada más alejado de la realidad.
La verdadera educación es aquella que forma integralmente al individuo y le permite desarrollar las múltiples dimensiones de su inteligencia y de su sensibilidad. Cada persona tendrá, naturalmente, sus propias preferencias. A mí, por ejemplo, no me interesa el fútbol, aunque reconozco la pasión que despierta entre millones de personas, del mismo modo que otros no sienten interés por la literatura o la música. Ninguna de esas preferencias hace mejor o peor a nadie.
Durante aquel foro también destaqué que una de las herramientas más eficaces de la política exterior contemporánea es la diplomacia cultural, expresión del llamado soft power o poder blando. Hoy los países no se proyectan únicamente por su fortaleza económica, militar o estratégica. También lo hacen a través de su patrimonio histórico, su literatura, su música, su gastronomía, sus manifestaciones artísticas, su biodiversidad y su creatividad.
Ese capital cultural abre puertas que muchas veces no consiguen los discursos políticos ni las negociaciones comerciales. Facilita la apertura de mercados, fortalece los intercambios académicos, genera nuevas oportunidades de cooperación y contribuye incluso a modernizar instituciones tan importantes como nuestros Archivos Nacionales. En definitiva, permite construir relaciones duraderas sustentadas en el conocimiento mutuo, el respeto y la confianza.
Dejemos, pues, que ese poder blando que representa la diplomacia cultural impregne cada vez más nuestra vida pública. Porque una sociedad que lee, investiga, crea y valora su patrimonio es también una sociedad mejor preparada para innovar, emprender y enfrentar los desafíos del futuro.
Como bien afirma la ministra de Cultura, Maruja Herrera: «El arte nos une; la cultura nos enriquece.»

