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LOS IMPERDONABLES

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 10 de abril de 2016

Después de los atentados en Bruselas, Bélgica, todo el mundo estaba a la espera de dónde sembrarían la próxima bomba, a pesar de que en otros lugares no dejan de ocurrir atentados.  No sospechábamos que la explosión se daría simultáneamente en todo el mundo teniendo como epicentro a Panamá, el estado que Colombia se dejó arrebatar a inicios del siglo XX, para después darse el lujo de no reconocerlo por 20 años.  Y ha seguido desestimándonos al punto de aplicar medidas comerciales contra nuestros servicios sin que nosotros hayamos sido capaces de devolverles, en reciprocidad, ni un mínimo porcentaje de todos los perjuicios que nos han causado, especialmente por los presos con los que cargamos en nuestras cárceles y los inmigrantes ilegales.

La bomba estalló el pasado domingo con una coordinación milimétrica que resonó en todos los medios internacionales –menos los más importantes de los Estados Unidos y otros países cómplices de la investigación que estaban dando a conocer por razones aún inexplicables – y no nos ha dado tiempo de sacar la cabeza del agua durante toda la semana.  Confieso que no me había sentido tan abrumada desde que ocurrió la invasión a Panamá, por el cruce de noticias, los diferentes argumentos que se esgrimen, y las reacciones que tuve que estudiar para formarme una opinión sin sesgos.

Los mal llamados “Panama Papers” han dado la vuelta a la bolita del mundo, y siguen resonando por todos lados.  Pero lo más interesante ha sido ver cómo unos se cuadran con el país, porque el nombre es injusto, –debieron haberse llamado “MossackFonseca Papers”— y otros quieren sacarle provecho político.

El gobierno ha sido lento en reaccionar y pusilánime en sus declaraciones.  Fue obligatorio estudiar el lenguaje corporal de los ministros a los que le cayó en bienaventuranza esta bomba, y que fueron a los medios sin siquiera mirar a su interlocutor, y decir una cosa para que el presidente, en una tardía y tibia declaración, los desautorizara.  La vice presidenta, cuando finalmente regresó al país, después que le pasaron la papa caliente, fue la más coherente en sus declaraciones y contundente en sus aseveraciones.  Los antiguos aliados del Presidente, los CD’s –en la hora tuitera de la ex primera dama – se fueron contra el gobierno por tener en su gabinete al señor Fonseca, cuando se olvidan que ellos también lo tuvieron durante los 26 meses que duró su romance con el gobierno anterior.  Hasta el prófugo cobarde de Miami le escribió una carta al Financial Times pintándose de víctima y diciendo que él había hecho todo lo posible por alejar a Panamá de las prácticas que la puritana OCDE considera inaceptables para el tratamiento de capitales, obviando mencionar que él también depositó su confianza en el abogado que quería trascender como lo había hecho Gabriel García Márquez, porque ya tenía todo lo material que cualquier mortal anhelara.

Lo que resulta imperdonable en todo este escándalo, independientemente de que los abogados defiendan su derecho a hacer su trabajo como lo han venido haciendo, y que los periodistas amparados bajo el llamado consorcio investiguen cuando hay un caso tan grave y sonado, es que hayan permitido que se use el nombre del país para seguir embarrándolo y que la firma Mossack Fonseca, que tuvo todos los indicios que esto venía desde hace meses, no haya previsto la gravedad de las consecuencias que le traería a Panamá.  Uno de los más conspicuos investigadores de ese grupo de investigadores vino a Panamá hace un mes y me contó en lo que estaba y la forma en que lo habían atendido en las oficinas del bufete.  Era un secreto a voces que bien puedo matizarse con una colaboración proactiva de parte de los involucrados y una acción oportuna por parte de los estamentos de seguridad.

También resulta imperdonable que haya sido la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) quien financiara parte de esta investigación, según se dice.  Recordemos que esa agencia fue la que en teoría vino a reconstruir nuestro país después de la invasión.