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UNA EXPOSICIÓN DE DELACROIX EN EL LOUVRE

Por Mariela Sagel, Facetas, La Estrella de Panamá, 20 de mayo de 2018

      Desde el 29 de marzo y hasta el 23 de julio se muestra una magnífica retrospectiva del pintor francés Eugène Delacroix en el Museo del Louvre, que no es un asunto menor ya que la última que se organizó en torno a este genio pictórico fue en 1963, cuando se cumplía un siglo de su muerte.  La exposición, que tiene unos 180 cuadros, de lo más representativo de su obra y que se une con el hilo conductor de los momentos históricos que le tocó vivir al artista, se ha hecho en conjunto con el Metropolitan Museum of Art de la ciudad de New York.  Es un gran tributo a su carrera, que inició como exponente de los famosos salones que se realizaban en los años 1820 hasta las pinturas -menos conocidas- que estuvieron inspiradas en el misticismo religioso y paisajes.  Se puede apreciar en ellas la permanente tensión que siempre existió en su interior para mantener su individualidad y a la vez seguir los pasos de los maestros flamencos y venecianos de los siglos 16 y 17.

Durante el recorrido de la exhibición seguramente encontraremos respuestas a las preguntas que nos surgen por su larga y prolífica carrera y podremos apreciar facetas que atisbaban en sus cautivadoras manifestaciones artísticas: trotamundos e investigador, escritor culto y exquisito, dibujante meticuloso a la vez de curioso y crítico de las realidades que enfrentaba, y que estaba, hasta cierto punto, obnubilado con su fama, a la que se dedicaba por entero.

UNA REIVINDICACIÓN TARDÍA

      Leí en un artículo en El País, del crítico Alex Vicente, publicado en los días en que estuve visitando la exposición en el Louvre, que el director del departamento de pintura del museo parisino, Sébastian Allard y comisario de la exposición, declaró que a Delacroix se le conoce en forma fragmentaria, ya que pasada la primera década de su carrera artística, durante la cual produjo algunos de los cuadros que lo catapultaron a la gloria, el resto de su producción es desconocida y también incomprendida.

Faltaba un relato que diera unidad al conjunto de su producción”.

En el panel de bienvenida a esta gran muestra se lee “¿Qué queda por decir de uno de los artistas más aclamados de los últimos siglos, cuyos lienzos figuran entre los más visitados en esta misma pinacoteca, y cuya influencia parece extenderse de Monet a Van Gogh y de Cézanne a Picasso?”  Los esfuerzos por reunir estos 180 cuadros han valido la pena porque en su recorrido podemos apreciar el inmenso talento del francés que quedó fascinado con Tánger y que expresó del puerto marroquí al descubrirlo: “Vengo de recorrer la ciudad.  En este momento soy como ese hombre que sueña y ve cosas temiendo que se le escapen”.  Su obra, a partir de ese encuentro con el paisaje tangerino, sufrió una transformación innegable.  Hay una Galería Delacroix en la Rue La Liberté, que sube hacia el Gran Café de París, casi enfrente al mítico hotel El Minzah.  Estaba de paso en un viaje con el Conde de Mornay, entre enero y julio de 1832 y recalaron, entre otros lugares, en Sevilla y Argelia, además de Marruecos.  No llevaba un proyecto artístico definido, pero buscaba renovar su inspiración. En la cúspide de su fama, como solo lo pueden hacer los grandes genios, reinventa toda su experticia y se pone a pintar “cuadros de comedor”, —a juicio de uno de sus más fervientes admiradores, el poeta y ensayista Charles Baudelaire —bodegones y composiciones florales tan tétricas que nadie compra.  Pinta también duelos ecuestres que parecen traducir sus conflictos interiores, “pinturas religiosas repletas de figuras patéticas y cuadros a medio camino entre la realidad histórica y la ficción de la literatura más culta, denostados por el público de su tiempo”.

LA EXPOSICIÓN

En unos pocos metros cuadrados se pueden apreciar los gigantescos lienzos del pintor, que fue considerado genio antes de su muerte y que alcanzó la fama muy temprano:  La barca de Dante, La matanza de Quíos y la famosísima “La Libertad guiando al pueblo”, un gran fresco sobre la Revolución de 1830 que pintó solo unos meses después de que se produjeran los hechos, vinculando la actualidad política a la pintura histórica.  El gobierno burgués de esos años consideró el cuadro demasiado vehemente y lo destinó a los sótanos del Louvre y no fue hasta cuarenta años más tarde, durante la Tercera República, que el gobierno napoleónico lo convirtió, junto a los otros tres, en íconos, ya que estaban sedientos de nuevos talentos. “Durante los primeros años de la Restauración, de manera paradójica, se tomaron más riesgos que bajo el Imperio. Los museos franceses se quedaron sin los cuadros expropiados durante las campañas del ejército. Y ese hueco se llenó con el arte contemporáneo”, explica Allard.

En sus años de juventud, en los que participaba en los salones parisinos, Delacroix se impuso por encima de otros pintores como representante de la nueva pintura francesa.  Muchas veces la crítica se dividía en las opiniones sobre el artista: unos se escandalizaban, como lo hicieron ante el cuadro “La muerte de Sardanápolo” y las descripciones de objetos, telas, joyas y cuerpos mestizos, que se unen en un suicidio orgiástico.  Hasta uno de sus colegas envidiosos lo acusa de “masacrar la pintura” por el uso indiscriminado de los colores carnales y los exuberantes claroscuros.  Baudelaire, siempre avanzado en sus valoraciones artísticas, lo llamará, ante esos ataques, de “excelente dibujante, prodigioso colorista y compositor ardiente” capaz de producir “una mezcla admirable de solidez filosófica, ligereza espiritual y entusiasmo ardiente”.

Se definía a sí mismo como romántico y, según Allard, decía que “Si entendemos por romanticismo la libre manifestación de las impresiones personales y la repugnancia por las recetas académicas, entonces debo confesar que no solo soy romántico, sino que ya lo era a los 15 años”.

En la segunda mitad de la muestra, que es también la de su trayectoria, está lo más interesante y lo menos conocido.  Allí es donde están los “cuadros de comedor”, arreglos florales y escenas ecuestres que no fueron del total agrado del público.  Como cualquier genio que vive para contarlo, el artista francés se pasó el resto de su vida, que fue larga y productiva, haciendo todo lo contrario a lo que se esperaba de él.  Se dedica a la experimentación, y “reafirma su singularidad y su originalidad confiando en la fuerza expresiva de su pintura”.

Sus cuadernos, diarios y correspondencia de viaje son parte importante en esta retrospectiva, por ejemplo, la amistad que mantuvo a través de cartas con el compositor polaco Chopin.  Para los comisarios de la exposición ha sido el artista “que más escribió”.  Los bocetos de su gran pintura decorativa para edificios como el del Senado y la Asamblea también son parte de esta exhibición.

La exposición cruzará el Atlántico al finalizar su tiempo en el Louvre con algo menos que los 180 cuadros exquisitamente reunidos para ser vistos en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el otro brazo ejecutor de esta muestra. A Delacroix se le considera a la par de Picasso, el otro gran pintor elevado a la categoría de genio.  El propio artista resumiría su misión como en una que consistía en enfrentarse a “la infernal comodidad que proporciona la brocha”.

“LA FRÍA EXACTITUD NO ES ARTE”

En su etapa madura, el artista desdeñó la nueva moda surgida de la mano de una nueva generación de pintores realistas, a los que encabezó Courbet, a quien Delacroix llegó a acusar de crear obras “vulgares e inútiles”. Para Delacroix, copiar la realidad no servía estrictamente de nada. “Todo el mundo visible es solo un almacén de imágenes y signos a los que la imaginación concede un lugar y un valor relativos. Es una especie de alimento que uno debe digerir y luego transformar”, reza otra de las frases de su diario. “La fría exactitud no es arte. El ingenioso artificio es el arte en su conjunto”.