SALVEMOS LA BIBLIOTECA NACIONAL
Por Mariela Sagel, Destino Panamá, 19 de octubre de 2025
La Biblioteca Nacional de Panamá está a un tris de cerrar sus puertas por falta de fondos. Esta institución, regentada por una fundación constituida en 1996 bajo la premisa de que fuese independiente de los vaivenes políticos, se encuentra ahora envuelta en esos mismos tejemanejes debido a la ausencia de un refrendo que le permita recibir los recursos necesarios para su normal funcionamiento.
El convenio mediante el cual se creó la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero tenía una vigencia de veinte años y posteriormente se prorrogó por cinco años más. Con la aprobación de la Ley General de Cultura en 2020, la responsabilidad de las bibliotecas pasó al Ministerio de Cultura (MiCultura). La gestión de la fundación ha sido impecable, como lo demuestran los múltiples servicios que ofrece y la modernización que ha experimentado.
“El artículo 234 de la Ley General de Cultura trasladó la biblioteca del Meduca al Ministerio de Cultura, pero no dejó claros los procedimientos administrativos y financieros”, señaló el presidente de la fundación, Fernando Gómez Arbeláez. Y añadió: “Entendemos que el documento con la nueva adenda demoró meses en gestionarse y que el refrendo aún está pendiente en la Contraloría”. Una vez concluido el proceso en MiCultura, el tema pasó a la Contraloría General de la República, donde parece dormir el sueño eterno. Durante el año en curso, la Biblioteca solo ha recibido cien mil dólares, cuando su presupuesto de operaciones asciende a 1.8 millones anuales.
El presidente Mulino, en su rueda de prensa del jueves 15 de octubre, afirmó que la Biblioteca había estado en el abandono desde hace años. Nada más lejos de la verdad, y él, mejor que nadie, debería saberlo: vive cerca del Parque Omar, donde está ubicada la Biblioteca. El edificio y su estructura están en excelente estado gracias al buen hacer tanto de la fundación como del personal que allí labora. El abandono no es físico: es un abandono de apoyo e interés, tanto del sector público como del privado.
Si las puertas de la Biblioteca Nacional llegaran a cerrarse, se cometería un verdadero crimen contra la memoria histórica del país. Recordemos que las bibliotecas tienen una historia milenaria que se remonta a la antigua Mesopotamia, hacia el año 3000 a. C., cuando se conservaban tablillas de arcilla. Desde entonces han evolucionado hasta convertirse en instituciones públicas, especialmente a partir de la invención de la imprenta en el siglo XV y los hechos transformadores de los siglos XVIII y XIX.
En la Edad Media, los monasterios y los centros islámicos fueron cruciales para preservar el conocimiento, y la posterior digitalización de los siglos XX y XXI transformó las bibliotecas en centros comunitarios accesibles, tanto por medios físicos como digitales. En civilizaciones como Mesopotamia, Egipto y Grecia, las bibliotecas eran auténticos templos del saber. La célebre Biblioteca de Alejandría, fundada en el siglo III a. C., fue una de las más grandes e influyentes del mundo antiguo.
Los monasterios y catedrales europeas fueron depósitos de manuscritos que los monjes copiaban y preservaban, contribuyendo así a mantener viva la memoria histórica. En el mundo islámico, ciudades como Bagdad, Córdoba y El Cairo albergaron bibliotecas públicas que eran centros de investigación y traducción. La invención de la imprenta revolucionó definitivamente la producción y difusión de libros, impulsando la transformación de las bibliotecas. En las universidades surgieron importantes bibliotecas al servicio de investigadores y eruditos, mientras que la creación de bibliotecas públicas modernas buscaba hacer el conocimiento accesible a un público más amplio.
Durante el siglo pasado, las bibliotecas se adaptaron a nuevos medios y tecnologías, incorporando la automatización y la digitalización para ampliar sus servicios. En el presente, continúan evolucionando como centros comunitarios y digitales, ofreciendo desde acceso a la tecnología hasta espacios de convivencia.
Nuestra Biblioteca Nacional, además de coordinar el sistema de bibliotecas públicas del país, no puede cerrar sus puertas ni operar a media marcha. Tiene también la enorme responsabilidad de emitir el ISBN (International Standard Book Number), número de identificación único para libros que permite distinguir con precisión cada título, edición y formato publicados en el mundo. Esta asignación es vital para editoriales y autores independientes.
El país no solo debe apoyar su Biblioteca Nacional: debe luchar con todas sus fuerzas y recursos para preservarla, modernizarla y fortalecerla. El afirmar que ha estado en el abandono es un desacierto total y temerario; es desconocer la labor ejemplar que ha desarrollado desde 1996 gracias a la fundación que la regenta.
